martes, 10 de marzo de 2009

Introducción a Roncesvalles

Prólogo
Este libro es la obra de varios años de trabajo, fiel y entusiasta, recorriendo montes y barrancos de Roncesvalles, desde 1993 en que se instauraron los Xacobeos desde Galicia, que salvaron a las peregrinaciones a Santiago de una desaparición segura desde el siglo XVII con la implantación de la Reforma Protestante en varios países europeos; una muy mala situación que también había arrastrado al propio enclave de Roncesvalles, que ya llevaba tiempo languideciendo, convertido en un pueblecito rural más del norte de Navarra, lo que no podía ser por la trascendencia histórica del lugar, vía de paso ineludible de entrada y de salida de los celtas, los godos, los romanos, los ejércitos de Carlomagno, del Duque de Alba y de Napoleón. 

Pero Roncesvalles, por su propio peso, ya había salvado a las peregrinaciones de una muerte segura desde el siglo XIII, en un tiempo en que los caminos eran malos, casi inexistentes, expuestos en ellos a asaltos de malvados, sin apenas iglesias y capillas en que acogerse, y sobre todo, con la inmensa pesadumbre de tener que cruzar los Pirineos axiales, de los que emanaban temores y miedos ancestrales del tiempo de los celtas. Muchos peregrinos, alentados hasta el paroxismo por el “Liber Peregrinationis” del clérigo de la región de Poitou, Aymeric Picaud, que les hablaba de milagros en el camino, de la muerte de Roldán y los Doce Pares y de montañas tan altas que casi tocaban el cielo en Roncesvalles, se animaron a salvar el Pirineo y postrarse de rodillas en el alto de Ibañeta en señal de agradecimiento, convirtiéndose el collado en primer “monxoi”, monte de la alegría, tras el cual venía el descenso a  la península ibérica, a cuyo pie se topaban con el enclave de Roncesvalles. Lo peor ya lo había pasado y la siguiente meta era la final a las puertas de Santiago.

Este relato que titulo “Roncesvalles en el Camino de Santiago” lo he trazado entre las observaciones del montañero que no ha dejado nada sin visitar y la perspectiva profunda del erudito que se ha esforzado por desentrañar la historia, la leyenda, la toponimia, la geología de lugar tan trascendente de la historia y la cultura europeas. Hay infinidad de datos, citas y explicaciones toponímicas eusquéricas, pero eran imprescindibles para esclarecer los muchos errores y tergiversaciones habidos desde antiguo. La emboscada tendida por los vascones al ejército carolingio al mando de Roldán, el 15 de agosto del 778, es materia primordial de Roncesvalles, difundida universalmente por la Chanson de Roland y el Codex Calixtinus, que convirtieron el entorno y el paisaje en escenarios muy emotivos a los ojos de cualquier observador atento.

El autor, Carlos Viñas-Valle



I
Roncesvalles, visión global

Claudio Sánchez Albornoz, maestro de medievalistas, profundo estudioso de los oscuros orígenes del Reino de Pamplona, confesó ignorar "que misteriosa y emponzoñada atracción ejerce la historia primitiva de Navarra que ha arrastrado a sus despeñaderos a historiadores de todos los tiempos". Buena parte de aquella misteriosa atracción se formó en la ruta tendida por Valcarlos, a Ibañeta y a Roncesvalles, abierta desde el Cuaternario, que permitió el paso de pueblos y ejércitos: los celtas, los romanos, los godos, los bárbaros, los musulmanes, los carolingios, y sobre todo, el primigenio Camino de Santiago.

Los primeros en acceder desde el continente fueron los centroeuropeos que huían del glaciarismo en el Cuaternario, a los que siguieron los pastores trashumantes introductores del megalitismo originario de las regiones orientales del Mediterráneo. En dirección contraria, las comunicaciones tardaron tiempo; nadie cruzó el Pirineo hasta el siglo III a.d.C. en que lo hacen los ejércitos cartagineses que partieron a la conquista de Roma, los de Aníbal Barca por algún puerto del alto Segre y los de su hermano Asdrúbal, vadeando el Bidasoa o directamente por Roncesvalles, guiados por vascones aliados. Les siguió en el año 24 a.d.C. el emperador Augustus, escoltado por la Legión V Alauda, desde tierras burgalesas con destino a algún lugar de Aquitania en el que recuperarse de sus graves dolencias. Pero se trataba de ejércitos y de extranjeros. Fueron los cántabros en el siglo I a.d.C. los primeros nativos peninsulares en cruzar el Pirineo, dispuestos a ayudar a los aquitanos a punto de ser sometidos por el general romano Publio Craso. Les siguieron siglos después, en el VII, las tribus vasconas acosadas desde el sur por los godos, que los llevó a establecerse en las tierras norpirenaicas.

Las partidas por Roncesvalles fueron menos que las entradas. A grandes rasgos hay que destacar la penetración de los celtas con la cultura del hierro; los godos empujados por los francos, que se instalaron en las riberas del Duero hasta la «pérdida de España», como decía Sánchez Albornoz, a raíz del desembarco por Tarifa de los musulmanes; los bárbaros propiamente dichos -suevos, vándalos y alanos- en el invierno del 409, aunque retenidos casi dos años en tierras aquitanas, cerrado el Puerto de Ibañeta por los hermanos hispanorromanos de Pamplona, Dídimo y Veriniano. Era el «primer roncesvalles» de la historia. Pero las invasiones unidireccionales norte-sur iban a cambiar en el siglo VIII desde Pamplona cuando en el verano del 732 se formó en la Cuenca de Pamplona un poderoso ejército musulmán al mando del emir Abd al-Rahman al Gafiqi, dispuesto a adentrarse en la «Tierra Grande» -el continente-, pero lo aplastó en Poitiers, Carlos Martel.

Cuarenta años después, Roncesvalles alcanzó el summum de su trascendencia con el aniquilamiento de la retaguardia carolingia al mando del Conde Roldán, Prefecto de la Marca de Bretaña, héroe de las gestas francesas y el mejor hombre de Carlomagno, que había muerto en el desfiladero de Valcarlos, al poco de la partida del collado de Ibañeta, situado a menos de dos kilómetros por encima del enclave de Roncesvalles. Aquel descalabro de francos volvió a repetirse transcurridos otros 40 años, esta vez al paso de un ejército mandado por los condes Eblo y Aznar. Entre uno y otro pudo acaecer el tercero con el emperador Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, de no haber ahorcado a varios cabecillas vascones. Tres fueron aquellas fechas históricas de Roncesvalles: 778, 812 y 824, constatadas  por los cronistas carolingios Eghinard, el Astrónomo Lemosín y el Poeta Sajón, tras recoger relatos de gentes que los oyeron contar a los propios supervivientes de las emboscadas. Nada se supo por boca de los vascones, que callaron temerosos de las previsibles represalias de los francos, que hubieran llevado al aniquilamiento de la población  de por los valles cispirenaicos navarros de Aézcoa, Salazar, Arce, etc.

En el siglo XI llega la luz a Roncesvalles con la primera noticia de la rota carolingia del 778, que trajo al monasterio riojano de San Millán de la Cogolla algún monje-juglar, siguiendo el recién abierto Camino de Santiago. El relato se centraba en la muerte de Roldán, no a manos de vascones ni en una emboscada, sino en un combate abierto en el llano de Roncesvalles contra un ejército sarraceno muy superior. La alteración de los hechos fue casi total. Pero los acontecimientos descritos no  parece que hubiesen impresionado a los monjes riojanos, a tenor de la brevedad con que los plasmaron en la llamada «Nota Emilianense» que descubrió Dámaso Alonso, acaso por no dar crédito a un relato que se veía insólito. Hubo que esperar al siglo XII de la la «Chanson de Roland», de la «Historia Turpini» y del «Liber Peregrinationis» del clérigo poitevino Aymeric Picaud y, posteriormente, al «Viaggio in Ponente» de Doménico Laffi, para que los hechos en los altos puertos de Roncesvalles alcanzasen las cotas más elevadas de la leyenda y la fantasía; la clase de relatos que hizo de Roncesvalles lugar que guarda silencio al cabo de los siglos, convertido en gigantesca fosa de cuerpos insepultos, entre ellos, el de Roldán, que no fue enterrado en ninguna parte, pese a que seis lugares de Francia se disputen su tumba; tampoco en Roncesvalles, y no obstante, la tradición legendaria hizo que la capilla-cripta del Sancti Spiritus, además de carnario de peregrinos pobres, fuese «Silo de Carlomagno» a donde fueron a parar los francos.

El legendarismo inmisericorde había aparecido; y porque nunca se alejó, arrastró a los ilustres peregrinos Picaud y Laffi. El tiempo fue transcurriendo, pero el fervor de las peregrinaciones fue difuminándose conforme se alejaba el espíritu medieval. Lo legendario, lo numinoso y lo monxoi habían perdido su razón de ser. Aquella clase de impresiones ya no cabe percibirlas. Los caminantes de Santiago se mueven por motivos diferentes, pero aun así cómo negar que existe gente capaz de cavilar quien sabe qué cosas relacionadas acaso con el halo melancólico por el ayer histórico, en expresión que solía repetir Sánchez Albornoz. Tal vez ocurre en el ámbito propicio de Roncesvalles, que bascula entre las dos vertientes, la atlántica y la mediterránea; entre los dos climas, las dos vegetaciones, las dos Navarras, la alta y la baja; en el collado de Ibañeta con la capilla de San Salvador rodeada de cientos de cruces de palo que siguen hincando los peregrinos, tal y como contaba Picaud en el siglo XII.

Roncesvalles representa mucho más que iglesias, mausoleos reales y hospitales de peregrinos, y mucho más que la primera etapa del Camino de Santiago por España desde que en el 814 en Padrón de Galicia se descubre milagrosamente el cuerpo del Apóstol y en el que acaece la muerte del emperador Carlomagno. Aquel Roncesvalles insólito creó un halo paroxístico en el siglo IX con el llamado Astrónomo Lemosín  y en el siglo XII con Aymeric Picaud, cuando la revelación del primero la copia literalmente el segundo: la existencia en Roncesvalles de un monte cuya "altura es tanta que parece que toca el cielo", cuyo triunfo fue haber arrastrado a escritores románticos, que caminaron por los montes en su búsqueda, sin percatarse de que aquella referencia no era topográfica, sino legendaria, producto de la exacerbación del collado de Ibañeta, el genuino "Mons Rencesvals" del cantar de gesta, que los peregrinos alcanzaban al cabo de la jornada entre penurias e incertidumbres.

Todo empezó entre Ibañeta y Valcarlos. La historia de Roncesvalles empezó en la línea axial pirenaica de Ibañeta, el lugar más histórico, sublime y legendario, y prosiguió por la hondonada de Valcarlos y por la meridional, primer descenso a tierras peninsulares, a cuyo pie surgió la iglesia de Santa María de Roncesvalles. Los ecos de Valcarlos se formaron en los cantares de gesta y en los cronicones medievales, como lugar de acampada del ejército al mando de Carlomagno, una vez que cruzó los puertos camino de Francia. Aquel paraje se localiza en el “Portiello de Mont Conseill que se clama Arrataqua"; el Mocossalia que fue pórtico del Pays de Cise, uno de los siete países o comarcas de la Tierra de Ultrapuertos desde la perspectiva de Navarra, que cuando pasó a dominio francés se llamó Basse-Navarre. “Hacia el norte está el Vallis Caroli”, escribió Aymeric Picaud; el valle en el que “Carlomagno permaneció con su ejército mientras morían sus guerreros en Roncesvalles”, puntualizó el Pseudo Turpín. Fue aquel el ámbito propicio para una emboscada; su definición la aportó nítidamente el investigador artajonés José María Jimeno Jurío: “El formidable paisaje de La Reclusa, con las imponentes moles de pizarra gris del Mirachilota, al norte de Gañecoleta, combinadas con las praderas y los bosques verdes por Olaberri y los acantilados rocosos que parecen acechar peligrosamente al caminante desde lo alto de Chirrisquin, hasta salir a la fosa de Gorosgaray, desde donde se contempla la hondonada cubierta de boscaje de hayas y la cima de Ibañeta señoreando desde el portillo el fabuloso paisaje."

Nada ha cambiado en Valcarlos, salvo la carretera NA-135 que desciende entre curvas y precipicios a Arnéguy, primer pueblecito francés, que se abre a las tierras llanas, intensamente verdes entre prados y sotos por los que discurre apacible el Nive d’Arnéguy, que con otros torrentes de origen pirenaico forma el “Grand Nive” en el entorno de “Les Trois Eaux”, que desemboca en el Adour, río más caudaloso del suroeste francés. Valcarlos no es valle propiamente dicho, sino angosto barranco, profundo desfiladero entre arroyos, cascadas y hayedos que conforman una “basaburua” en euskera antiguo. Valcarlos apareció citado por primera vez en el poema épico alemán del siglo XII “Kaiserchronik” como “Karlestal”, que menciona la presencia de 56.000 doncellas que acudieron en ayuda de Carlomagno. Ejército legendario de mujeres, que clavaron sus lanzas en la tierra y amanecieron floridas. El valle carece de nombre en Francia, y sólo es conocido por los términos municipales o «communes» que lo enmarcan. El vocablo pasó al latín como “Vallis Caroli” y de ahí a “Baill Karles” hasta el definitivo Valcarlos que arranca desde Arnéguy, que hasta el siglo XVII aún dependía eclesiásticamente de la parroquia de San Juan de Irauzqueta. El topónimo alemán tuvo que ser introducido en Navarra por los propios peregrinos, como creía el romanista francés Joseph Bedier, que acabaron recogiendo los monjes que residían en Roncesvalles.

El escritor pamplonés Arturo Campión -que dedicó parte de su tiempo a la historia y al paisaje histórico de Roncesvalles-, sostenía que aunque “el nombre de Valcarlos no suene hasta el siglo XII, el silencio nada prueba de su existencia anterior. Valcarlos se difundió a lo lejos en alas de la fama poética, pero comenzó siendo un nombre local muy humilde”. No es acertada esa apreciación, tratándose de tierras completamente inhóspitas y deshabitadas hasta avanzado el siglo XIV, en tanto que nadie deseaba establecerse, ni constituir un vecindario con casas y posesiones, en una tierra expuesta a saqueos y campañas depredadoras en una de las rutas más transitadas del continente europeo. Los relatos del siglo IX -primeros en hablar del entorno- constataron un ámbito tenebroso a modo de justificación del desastre carolingio, que identificaron como “Pyrenaei saltum” (despeñadero pirenaico) y “Pyrenaei wasconum" (Pirineo vascón), en el que había “angustus locus" (lugares angostos), “opacitas silvarum” (tupidos bosques) y “angustiae viae” (estrechos caminos). Aquel escenario se localiza entre el collado de Ibañeta y el desfiladero de La Reclusa, único posible para aniquilar a una fuerza militar como la que componía la retaguardia al mando de Roldán. La operación no debió de requerir mucho más de 300 emboscados. Los relatos antiguos no cesaron de mencionar hondonadas y alturas, ceñidas a los topónimos más antiguos: Sizera (Nota Emilianense), Sizer (Chanson de Roland) y Ciserei (Crónica Turpini). El ataque se inició con grandes peñascos arrojados  por la empinada ladera del Guirizu, además de lanzamiento de "azconas" (dardos) y piedras proyectadas con gran fuerza y destreza con las ancestrales “cestas”. El ataque se desencadenó primero sobre la cola de la retaguardia, extendiéndose el pánico enseguida al resto, lo que motivó el despeñamiento de hombres y caballos. Los francos, atrapados, no tuvieron opción de retroceder y encaramarse al collado de Ibañeta, donde el terreno les habría sido más favorable. El aniquilamiento de la mayoría debió de producirse pronto. La huida de los atacantes fue rápida ante el riesgo que entrañaba el regreso de Carlomagno.

Los Anales del siglo IX no eran crónicas, sino una ordenada compilación de hechos acaecidos año a año, catalogados y estudiados por Ramón Menéndez Pidal. Los "Anales Mettenses Priores” (hasta el 805), anónimos, escritos en Metz a los 25 años de la masacre carolingia, son los más cercanos en el tiempo, y aunque “silencian el desastre, son valiosísimos por cuanto anotan expresamente la ruta seguida por Carlomagno entre Aquitania y Pamplona”, puntualizaba Jimeno Jurío. Era la primera vez además en que se constataba que los francos habían cruzado el "Yugo de los montes Pirineos"  en Ibañeta, formado entre los montes Astobizcar y Guirizu. Los “Anales Mettenses Posteriores” (hasta el 903) también dan cuenta del retorno del monarca: “Arrojados de Pamplona los sarracenos y derruidos los muros de la ciudad, subyugados los vascones hispanos y los navarros, regresó a Francia" (in Franciam reuertitur). Los "Anales Regios", anónimos, aunque falsamente atribuidos a Eginhardo, fueron escritos a los 50 años de los hechos: "Habiendo decidido volverse (a Francia), entró en los bosques del Pirineo (Pyrenei saltum ingressus est), desde cuyas cimas los vascones habían tendido una emboscada. Al atacar a la retaguardia (extremun agmen) se extiende el tumulto por todo el ejército."

Los cronistas propiamente dichos arrancan con la figura principal de Eghinardo, el biógrafo de Carlomagno, cuyo relato “Vita Karoli Magni”, realizado 50 años después, es el más preciso y documentado: “Marchó a Hispania. Al regreso, en la misma cima de los Pirineos, tuvo que experimentar la perfidia de los vascones cuando el ejército desfilaba en larga columna, como lo exigían las angosturas del lugar. Los vascones empujaron al barranco a la columna que escoltaba la impedimenta que cerraba la marcha, provocando que los hombres se precipitasen al valle situado más abajo, y trabando la lucha los mataron hasta el último". El Astrónomo Lemosín, biógrafo de Ludovico Pío (hijo de Carlomagno), se alejó un poco más, 60 años. Fue impreciso con los motivos de la expedición a Zaragoza, pero exacto con los escenarios de la hondonada a su entrada en España. “Decidió atravesar los escarpados Pirineos. Había una montaña muy alta de escarpadas peñas, sombría por los tupidos bosques, tenebrosos y oscuros, y con estrechos senderos que entorpecen el paso tanto de un gran ejército como de un pequeño grupo. Los hombres de la retaguardia fueron degollados en la montaña.”  El llamado Poeta Sajón es el que más se apartó de los hechos, un siglo, limitándose a dar un resumen de lo que se conocía, aunque excepcionalmente había revelado lo que nadie había hecho: que el rey iba por delante y que había pasado los puertos cuando se produjo el asalto: "Habiendo penetrado (el rey) a su regreso en la profunda hondonada del Pirineo, cuando el ejército cansado atravesaba por los estrechos senderos, los vascones osaron poner asechanzas bajo el sumo vértice del monte. Arrebatan el inmenso botín, matando a varios ministros palatinos encargados de custodiar las riquezas".

Se ha repetido muchas veces que la causa de la celada fue la venganza por haber derribado Carlomagno las endebles murallas de Pamplona a su regreso de la frustrada campaña de Zaragoza, pero historiadores de peso como José María Lacarra lo pusieron en duda. Las razones nunca se sabrán, porque los vascones callaron para siempre y porque los grandes relatos del siglo XII que se centraron en el Roncesvalles carolingio y jacobeo alteraron la realidad con otros escenarios y atacantes, enalteciendo heroísmos inexistentes dando la vida contra el Islam que asolaba a la península. El Conde Roldán, a los ojos de monjes y juglares, apareció como el gran sacrificado de Roncesvalles. Así lo presentó Taillefer, el poeta-guerrero cuasi legendario, enardeciendo a las tropas normandas que iban a entrar en combate en la decisiva batalla de Hastings en 1066, la trascendental batalla que cambió el curso de la historia de Inglaterra.

La evidencia de que la tragedia sólo pudo acontecer en Valcarlos -reforzada por la tradición navarra- no impidió que algunos eruditos franceses y españoles de la primera mitad del siglo XX se mostrasen partidarios de que el asalto había sido en el camino que se enmarca entre Ibañeta y el alto puerto de Lepoeder, por lo que no tuvieron inconveniente en apostar a los vascones en el Astobizcar, a la espera de que los francos cruzasen el camino bajo la cima y desencadenar de ese modo el ataque que acabaría en despeñamiento al barranco Otezulo, cabecera del vallecito de Arrañosin, que discurre por el lugar de Roncesvalles. Ese escenario es muy peligroso, qué duda cabe, pero precisamente era la estrechez y largura del camino lo que impedía acabar con tantos hombres a la vez. Mil a lo sumo, pero nunca una columna de varios miles, porque mientras la cabeza doblaba el puerto, la cola ni siquiera se habría movido de los campamentos de la llanada de pie de puerto.

Peregrinos por Roncesvalles

Peregrinos eran los que llegaban a Roma y otros entornos desde regiones periféricas y remotas, tras recorrer distancias de varias semanas con el propósito de presenciar actos solemnes y fastuosos, que en algunos casos sólo se veían una vez en la vida. El enaltecimiento de un emperador o de un general victorioso, las carreras de cuadrigas y la lucha de afamados gladiadores, podían ser motivos que explicaran su presencia en la capital del imperio. La crucifixión de Jesucristo, que para una mayoría social no dejó de ser un espectáculo insólito que no alcanzaron a entender nunca, tuvo que atraer a muchos peregrinos paganos. Los primeros peregrinos cristianos fueron en verdad aquellos que seguían a Jesús de Nazaret a todas partes. Los Evangelios dan viva muestra de ello y de las complicaciones que originaba su manutención. El primer peregrinaje continental en el sentido que se conoce hoy tuvo como destino la visita a la tumba de San Pedro. A Roma llegaba la gente por la Vía Francígena que partía de Canterbury, al sureste de Inglaterra, y que desde el siglo X se cruzaba en varios puntos del norte de Francia con las nuevas vías que se dirigían hacia Santiago de Compostela. La frecuentación de los destinos determinó las denominaciones que diferenciaban a unos de otros. Romeros eran los que iban a Roma, palmeros a Jerusalén y peregrinos a Santiago, nueva especie de caminantes que emergía de la oscura noche medieval, atenazados sus espíritus por las penas que se atribuían o que otros les imponían, en unos tiempos marcados por la pesadumbre milenarista.

El primer camino jacobeo lo trazó el Apóstol Santiago en el año 44. Los estudiosos que se han esforzado por averiguar el trazado de la vía romana que remontaba el curso del Ebro, son muchos y notorios, pero no parece que hayan prestado la debida atención a que fuese ésa la genuina entre las vías jacobeas: la que recorrió el Apóstol desde que desembarcó en Hispania por Tarraco. A los cuarenta días de la Crucifixión vino Pentecostés y la revelación del Espíritu Santo a los Apóstoles de las misiones encomendadas a cada uno para llevar el Evangelio a las tierras más apartadas.Todos se pusieron en marcha acompañados de sus discípulos, pero las persecuciones y delaciones motivaron que fuesen apresados, encarcelados y condenados a muerte. El primero en ser ejecutado fue Santiago, decapitado en Jerusalén por orden del rey Herodes el año 44. Ese mismo año había llegado a Tarraco (Tarragona), el puerto de la histórica arribada de los romanos el 218 a.d.C. No hay testimonios de la presencia apostólica, pero tampoco hay razones para negarla por cuanto la península ibérica ejercía una especial atracción por ser uno de los confines del mundo ya desde el tiempo de los griegos, y que los celtas habían fijado en las costas gallegas y portuguesas. Hacia el finisterre gallego marcharía Santiago Zebedeo para empezar su misión evangelizadora, que habría de llevarlo, tarde o temprano al continente, cruzando el Pirineo por Roncesvalles, principal paso expedito desde el 24 a.d.C. Santiago tomó el camino del Ebro en dirección a Zaragoza, y en esa ciudad se sabe por tradición que se le apareció la Virgen María para encomendarle alguna misión nueva y urgente, que podría explicar el regreso precipitado a Jerusalén. No es factible que llegase nunca a pisar las tierras gallegas en que habría de ser enterrado, traído en barco por sus discípulos, después de que rescatasen el cuerpo. Arribó a la costa padronense, y en un monte de Iria Flavia permaneció ocho siglos, hasta que un eremita de nombre Pelayo vio un día como de la tierra salían luces. Avisado el obispo Teodomiro, acudió al lugar para dar testimonio del hallazgo. Era el 814, el año de la muerte del emperador Carlomagno, cuando sólo habían transcurrido 103 años de la presencia musulmana peninsular.

La noticia del hallazgo del Apóstol corrió por todos los monasterios. Las peregrinaciones acababan de germinar, pero no será hasta un siglo después, el siglo X, cuando algunos en algún lugar de la futura Francia tuvieron la idea de ponerse en marcha hacia Galicia. Las peregrinaciones xacobeas se descubrieron en Francia. Probablemente, clérigos, animados por la proximidad y por comprender  que la gran marcha se podía hacer siguiendo el trazado de las seguras vías romanas, que apuntaban hacia los pasos pirenaicos centrales y occidentales. Los habitantes de las tierras por encima del Duero y Ebro se limitaban a verlos pasar y a ayudarlos como buenos cristianos. La presencia mayoritaria de gente francesa hizo que se denominase a la ruta “Camino Francés”. Hasta el siglo XIII, los conocimientos geográficos y topográficos que tenían los peregrinos acerca de la península ibérica eran escasos, confusos y erróneos, sin apenas cambios desde el tiempo del historiador griego Estrabón, en el siglo II adC. El Pirineo axial nunca fue comprendido, desdibujado por la interposición de una serie de elevadas cadenas serranas que se cruzan y entrecruzan. Los contrafuertes que se desgajan hacia el sur o hacia el norte crean un paisaje de apariencia caótica; un Pirineo ignoto que arrastró a confusión a ejércitos y a peregrinos. Hubo viajeros que llegaron a concederle anchuras desmedidas de hasta 90 kilómetros y a fijar su conclusión en la Cuenca de Pamplona. Pero la ignorancia no impidió que la gente fuera consciente de que la plana de Roncesvalles-Burguete-Espinal que divisaban desde el alto puerto de Lepoeder correspondía a las primeras tierras de la península ibérica, razón de que se convirtiese en claro “monxoi” o “monte de alegría”.

Mucho más realistas que aquellos peregrinos extranjeros que sólo ansiaban postrarse ante la tumba apostólica, fueron las gentes que vivían entre Aragón y Galicia, que porque su existencia vital dependía tras año de las aceifas musulmanas de tan trágicas consecuencias, peregrinar tenía que ser propósito inconcebible. Hubieron de esperar a tener conciencia de que se empezaba a ganar terreno a Al-Ándalus y de que villas y villares de nueva fundación podían establecerse con ciertas garantías de estabilidad a ambos lados del Duero, para que lo jacobeo fuese más allá de los propósitos que traía a los peregrinos europeos. Crearon así la figura de un Apóstol transformado en Santiago Matamoros que iba montado en un caballo blanco, blandiendo su espada a diestro y siniestro, y al que se encomendaban con profundo fervor en los combates. Muchas batallas constatan las crónicas que se ganaron de aquel modo. Santiago pasó a ser protector de los pequeños reinos y de la España unificada, hasta el siglo XVII en que patronazgo y fe popular empiezan a decaer y a perder arraigo. Surge la figura y la obra de Santa Teresa de Jesús y la encendida reacción de Francisco de Quevedo-Villegas en defensa del Apóstol.

Las vías romanas, artífices de la consolidación de las peregrinaciones. Las viejas vías romanas y la nutrida red de caminos medievales permitieron la pronta consolidación de los desplazamientos jacobeos. De las vías que cruzaban la Galia en sentido noreste-suroeste, la más importante venía de París, Orleans y Tours, de ahí el nombre Vía Turonensis, cuyo trazado se prolongó hasta Lieja, en Bélgica, y Hamburgo, al norte de Alemania. Ese itinerario, mucho antes de ser romano, fue frecuentado por los celtas que se dirigían al paso pirenaico de Roncesvalles, camino de las costas gallegas. También fue la ruta histórica que siguieron los pueblos bárbaros –suevos, alanos y vándalos- tras vadear en el 407 el Rhin congelado y cruzar por Roncesvalles a finales del 409, una vez que había quedado expedito el puerto valcarlino con la detención traidora de los pamploneses que les impedían el paso. Naturalmente, fue ese también el camino del ejército que convocó Carlomagno en la primavera del 778 para la toma de la Zaragoza que le habían prometido. No menos concurridas resultaron las otras tres vías. Así la Podensis, que debe su nombre a la población de Le-Puy-en-Velay, cuyo recorrido acabó remontándose en plena Edad Media hasta Geneve, Ulm y Berlín. La Lemovicensis, que pasaba por Vezelay y que encauzaba a la gente procedente de Luxembourg, Marburg y también de Berlín. La Vía Tolosana, que debe su nombre a Toulouse, venía desde Turín y Arlés con trazado Este-Oeste, para cruzar el Pirineo por el paso del Somport oscense. Por ella accedían a España los peregrinos italianos, entre ellos San Francisco de Asís (1214). Pero la vía natural de Valcarlos conoció una excepción, que establecieron los militares romanos una vez sofocados los últimos focos de resistencia de la región aquitana. El afán por abrir un paso con el alto Ebro y la Meseta no les impidió descartar la ruta habitual, acaso por la desconfianza que ofrecían los estrechos pasajes, que porque no atisbaron otros a tiempo, pagaron las consecuencias. En su lugar eligieron los montes al Este de Valcarlos, cúmulo de parajes inhóspitos, colmados de belleza y silencio abrumador, en los que no cabían ataques emboscados. No los hubiera habido tampoco para el ejército de retaguardia que mandaba el conde Roldán de haber elegido la travesía que comenzaba en la mansión del "Imus Pyreneus" (Pirineo bajo), entre los pueblos jacobeos de St-Jean-Le-Vieux y St-Michel, desde donde acometían la ascensión de los sucesivos puertos, aprovechando viejos senderos que frecuentaban los pastores aquitanos desde el neolítico y abriendo otros entre Bentartea -hoy confín de Navarra- y Lepoeder, el collado más alto de Roncesvalles, tras el cual venía el descenso al "summus pyreneus" de Ibañeta. La inauguración de la vía, nunca empedrada, de la que se conservan algunos tramos enyerbados parcialmente desdibujados por la erosión de lluvias y vientos al cabo de dos mil años, coincidió con la salida de Hispania de Augusto, escoltado por la Legión V Alauda, que partía hacia el inseguro limes del Rin.

Ostabat, lugar en el que se juntaban las tres vías jacobeas. Las tres primeras se fundían pasada la villa de St-Palais, en un paraje entre colinas y verdes campos llamado Gibraltar, que conmemora una estela de piedra, ya muy cerca de Ostabat, el pueblecito en el que los peregrinos permanecían dos o tres días, más que recuperándose del cansancio físico, armándose de valor para acometer la travesía de los Pirineos en dirección a Roncesvalles. Era lo que más temían tratándose de montes casi desconocidos, nimbados por sensaciones numinosas que se formaron con las leyendas que los navegantes griegos difundieron entre los celtas y estos entre los pueblos prerromanos acerca de los montes encendidos y la ciudad fantástica de Pyrene. La pequeña localidad de Ostabat, en un extremo de Basse-Navarre, era el lugar apropiado en el que escuchar historias de santos y mártires que, aun en medio de las mayores adversidades de la vida, no se doblegaron ante sus verdugos. El papel que le cupo al “Liber Peregrinationis” fue primordial, no sólo porque daba cuenta de los casos más ejemplares, sino porque recomendaba además la visita a sus tumbas, que oportunamente jalonaban la ruta jacobea. Si solemnes fueron los actos de St-Jean d’Angély –enclave en plena vía turonense- con motivo de la presentación de la cabeza de San Juan Bautista, a los que asistieron varios reyes, entre ellos el de Navarra, allí estaban las estimulantes recomendaciones de Aimeric Picaud a los peregrinos: “Hay que ir a ver la venerable cabeza de San Juan Bautista, traída de manos de unos religiosos desde Jerusalén hasta un lugar que se llama Angély, en tierras de Poitou”.

Ostabat fue enclave decisivo en los momentos de mayor incertidumbre jacobea a la vista del Pirineo. De la aldea francesa partían los peregrinos hacia Roncesvalles; lo hacían en grupos mayores, apoyándose entre sí unos y otros ante los riesgos que entrañaba la travesía de la montaña. Los despeñamientos, extravíos, asaltos de ladrones y ataques de lobos; el hambre, la sed y las enfermedades, debieron de hacer estragos durante un tiempo. Muchos de los fallecimientos acaecidos en la casa-hospital de Roncesvalles serían consecuencia de la montaña. El acta de fundación del primitivo hospital del collado de Ibañeta (1127) constata con visos legendaristas que eran muchos los peregrinos que fallecían a causa de las intensas nevadas, la aspereza de los caminos y los ataques de las alimañas. Los arrojaban al carnario sobre el que se edificó la capilla del Sancti Spiritus (s. XII), cuyo origen puede estar en las fosas excavadas ahí mismo para los soldados carolingios caídos en las emboscadas de Roncesvalles...

La ascensión del Port de Sicere, Montes de Roncesvalles o Route de Napoleón, arrancaba del pueblecito de St-Michel, a orillas del Nive de Behérobie, siempre vigilado por portazgueros desalmados que denunció Picaud. Ahí empezaban los 25 kilómetros de ascensión constante, primero superando los puertos de la Vierge d’Orisson y Leizar-Bentartea, y a la caída de la tarde, muy mermadas las fuerzas, el más arduo, que empezaba en el collado axial de Itzandorre y que concluía en el fastigio del Lepoeder, el más elevado de cuantos pueden encontrarse en un camino jacobeo, salvo el Somport oscense que lo supera en unos 200 metros. Lepoeder fue “monxoi” durante los siglos X y XI, hasta que se clausuró la ruta y se abrió la de Valcarlos al collado de Ibañeta, situado 400 metros por debajo. Los accesos cambiaron y cambiaron las perspectivas, y con ellas, ansias y temores, aunque no falta gente francesa hoy de la comarca de St-Jean-Pied-de-Port que sube a los puertos pirenaicos en sus coches, y luego a pie recorren los cinco kilómetros hasta el balcón de Lepoeder, sólo para recrearse ante la misma escena de hace más de mil años. Dormida la alta travesía hasta la llegada de los Xacobeos en 1993, vuelve a recuperar la lejana actividad, no solo con peregrinos europeos, sino también con españoles que emprenden la larga marcha desde el sur de Francia, las antiguas tierras de la Merindad de Ultrapuertos de Navarra.

En los siglos X y XI se desconocían los hechos bélicos de Roncesvalles. Ignoraban los peregrinos de entonces que hubiese habido dos cruentas emboscadas, una vascona y otra con la concurrencia de los Banu Qasi del Ebro. Ignoraban asimismo que en la primera cayó derrotada la retaguardia carolingia al mando de Roldán, y en la segunda las fuerzas de los condes Eblo y Aznar (824), dos personajes enviados a Pamplona por el emperador Ludovico Pío. Se ignoraba todo y casi todo faltaba. No había hospitales ni ermitas, y a las peregrinaciones les faltaba bastante para consolidarse. Tuvo que llegar el siglo XII para que reyes y órdenes monásticas se ocupasen de su protección y asistencia, y los comerciantes francos diesen auge y prosperidad a las poblaciones del camino. La primera medida adoptada afectó directamente a Roncesvalles, repercutiendo de forma decisiva en el ánimo de los peregrinos futuros, más confiados por el camino de Valcarlos a Ibañeta. Todo discurrió con normalidad hasta el XVII en que las nuevas corrientes religiosas reformistas centroeuropeas desalentaron a los caminantes. Fue aquella la época en que pudo dejarse de peregrinar. La gente tenía miedo de confesar que iba a Galicia a redimir pecados o a ofrecerse en penitencia por favores recibidos en la vida. Aquel estado de decadencia general alcanzó cotas mayores desde que en París rodó la cabeza del rey Luis XVI, se declaró la Guerra de la Convención contra España, y Europa se vio inmersa en las guerras napoleónicas. La caída sin freno prosiguió durante todo el siglo XX, y no se detuvo hasta la llegada del Xacobeo 1993, primero de los promovidos desde Galicia con el reconocimiento oficial del Consejo de Europa.

San Salvador de Ibañeta, primer lugar de veneración xacobea. Desde que empezaron a entrar peregrinos, en un paraje como el collado de Ibañeta no podían faltar las fábricas religiosas y asistenciales, que esperaban a la gente que llegaba exhausta. Se tiene constancia en el lugar de un monasteriolo en 1071, pero fue el instituido en 1127 el que realmente sentó las bases del enclave roncesvaliano de pie de puerto. Era aquel el año en que se erigía la catedral de Santiago. Se había alzado en el arranque de la bajada al llano, y allí se mantuvo activo durante cinco años, pero los monjes que estaban a su cuidado no fueron capaces de resistir ventiscas, soledad e incomunicación en lo más crudo de los inviernos, lo que los determinó a trasladarse al abrigo del pie de puerto, donde habrían de permanecer unos cien años, hasta que en su solar se construyó la Colegiata de Santa María, la espléndida iglesia gótica que costeó personalmente el rey Sancho VII el Fuerte, el mayor protector que tuvo Roncesvalles. Pero porque desde el primer momento alguien debió de esforzarse para que el lujoso templo no acabase destinado a mugrientos peregrinos, es por lo que pudo construirse la cercana y modesta iglesia de Santiago (s. XIII), que seguramente costeó también el héroe de la batalla de las Navas de Tolosa. El misterio y el enigma rodearon a aquel rey gigante de 2,25 metros que, enfermo y acomplejado por su obesidad, decidió pasar los últimos 25 años de su vida enclaustrado entre los muros de su castillo de Tudela, a orillas del Ebro. Mucho fue el amor del rey por Roncesvalles y mucho el empeño que puso en la colegiata y en el hospital de peregrinos, y sin embargo es casi seguro que no asistiese a los actos solemnes de consagración del templo. Murió en Tudela y allí fue enterrado un tiempo, hasta que su sobrino el rey Teobaldo I, desobedeciendo prohibiciones eclesiásticas, exhumó los restos de su tío y los llevó a Roncesvalles.

En sitio destacado de la colegiata permaneció su tumba, pero el incendio del recinto y un desgraciado traslado motivaron su extravío durante casi tres siglos. Desde comienzos del siglo XX descansa en el centro de la capilla de San Agustín. Si el esplendor alcanzado por el recinto hospitalario de Roncesvalles obligó a que una población cercana cambiase su nombre, también fue motivo de que Ibañeta se convirtiese en un mero collado, último para descender a Francia, y de que el pequeño monasterio pasase a ser ermita. Pero tanta era la excelsitud del lugar que la campana que tañía al anochecer el ermitaño para orientación de peregrinos extraviados o que a punto estaban de perder la fe en el camino a Santiago, ya fuera subiendo por Valcarlos o descendiendo de Lepoeder, pudo transformarse en efecto en la campana más escuchada de Europa, como llegó a decirse, hoy enmudecida definitivamente en la espadaña de la iglesia de Santiago.

La casa-hospital de Roncesvalles tenía fama por la generosidad y buenos cuidados de los peregrinos. Lo constata un poema latino anónimo del siglo XIII, “La Preciosa”. Allí la gente sentía las cosas de otro modo, en un entorno ensalzado por los relatos medievales. Arroyos, prados y laderas encarnaban el luces del alba, caminando entre campos y bosques hasta el Burgo de la Plana de Roncesvalles, primer poblado al pie del Pirineo, que el auge vertiginoso que había cobrado el enclave hospitalario en torno a la colegiata lo obligó a llamarse Burguete, topónimo que hoy comparte con el euskérico Auritz. Muy cerca está Espinal, pueblo trazado a un lado y a otro de la ruta jacobea, fundado por el rey Teobaldo II en 1269 en las inmediaciones de la mansión romana de Iturissa. De ahí, los caminantes pasaban a Mezquíriz, Viscarret y Linzoáin, tres poblaciones del valle de Erro, de cuya jurisdicción dependieron en un tiempo todas las tierras y montes hasta cerca de la localidad francesa de Uhart-Cize. Viene a continuación el último de los puertos, el de Erro, por el recuerdo permanente de la agonía y muerte del conde Roldán.

Roncesvalles en el Codex Calixtinus

Liber Peregrinationis. El libro quinto del “Codex Calixtinus”, el “Liber Peregrinationis”, comprende 21 folios que van del 163 al 184, lo que se consideró un relato corto. Desde 1610 pasó a ocupar el cuarto lugar al desgajarse la “Historia Turpini”, figurando con las denominaciones “Liber IIII us” y “Codex quart us”. Fue escrito por un clérigo de la región de Poitou del que nada se sabe, que decía llamarse Aymeric Picaud (Aimericus Picaudus), peregrino jacobeo en dos ocasiones, entre 1127 y 1140. Al margen de las anécdotas, extravagancias e ingenuidades que plasmó aquel hombre, son más los méritos y aciertos por haber puesto orden y concierto en las peregrinaciones jacobeas que se vislumbraban en el siglo XII. Las trece jornadas que trazó hasta Santiago, pensadas más para marchas a caballo que a pie, contribuyeron a que las gentes que ansiaban postrarse a los pies del Apóstol en Galicia, se esforzasen por superar la incertidumbre que se cernía sobre viaje tan largo como insólito y peligroso. Aquel clérigo, además de hacer constar las primeras palabras en vascuence que se conocían, ensalzó montes, pueblos y comarcas y denigró cuanto quiso a gentes y costumbres. Su empeño por fomentar las peregrinaciones lo llevaron a recomendar la visita de tumbas y reliquias de santos y mártires, que oportunamente jalonaban la ruta a Santiago. Todas las regiones geográficas por encima del Ebro y Duero aparecen citadas; de las francesas sólo se ocupó de las tierras en que moraban los “bascli” de “bárbara lengua” y los portazgueros que abusaban de los peregrinos.

Corresponden a Roncesvalles las claves centrales de la narración, que aunque confusas e imprecisas las más de las veces, resultan reveladoras para desentrañar el primigenio entorno pirenaico que cruzaba la entonces “Vía Iacobitana”, posteriormente conocida en España por “Camino Francés” por la abrumadora mayoría de caminantes franceses que la frecuentaban. A aquella oscuridad de perspectivas topográficas del clérigo poitevino pudieron contribuir no sólo la ignorancia general que había en torno al Pirineo –que duró toda la Edad Media-, sino las adiciones del autor, producto de averiguaciones y deducciones posteriores, que no siempre resultaron el mejor remedio para despejar lo que él consideraría tal vez que no había explicado suficientemente. Los relatos de viajes siempre son difíciles, porque los escenarios y los lugares se repiten y el narrador encuentra enormes dificultades para hacer ver a los demás la belleza o grandiosidad del paisaje que contempla. Hay conceptos en el relato de Picaud que desde ningún punto de vista nadie admite por estrafalarios o desatinados, pero otros, los más, son perfectamente válidos, aunque requieren un esfuerzo mayor de comprensión para no ser malinterpretados, lo que no se hizo en todos los casos. La causa está en la compleja visión medieval de hechos y situaciones, que a menudo aparecen distorsionados por el legendarismo, una forma de ver las cosas mal asimilada desde la perspectiva actual. Aquel espíritu equiparable a lo mágico, le venía bien a un Picaud para alentar los decaídos ánimos de los peregrinos, temerosos ya no sólo por cómo afrontar la larga marcha, sino por lo que representaba el Pirineo y un Roncesvalles que formaba parte de él. Tenía que ser aquélla una forma de sentir análoga a la que generan las impresiones numinosas paleocerebrales ante determinados ámbitos que ejercieron profunda influencia en nuestros antepasados. El Pirineo es espacio numinoso por excelencia que sigue manifestando los efectos desde cuando era un mundo infranqueable para los pueblos prerromanos de una y otra vertiente. Cruzarlo suponía un misterioso desafío, que podría ser el mismo que mostraron las tropas de voluntarios navarros reclutados cuando la Guerra de la Convención, en 1793, negándose a obedecer la orden del general Ventura Caro de combatir en la batalla del Château-Pignon, porque les suponía tener que rebasar el eje pirenaico y adentrarse en la Baja Navarra.

A aquel Pirineo perdido, un personaje como Picaud unió el peso que ejercieron desde el siglo IX las rotas carolingias del 778 y 824. Tamaños descalabros acontecieron en Roncesvalles desde los montes y en el fondo de los desfiladeros. Los primeros adquirieron alturas inusitadas y los segundos profundidades abismales. No importaba que conforme avanzaba la Edad Media la tendencia fuese dar preponderancia a otras causas, otros atacantes y otros escenarios. La gran tragedia requería el más tenebroso de los paisajes y la magnificación de Roncesvalles, y porque eso fue así, Picaud no pudo evitar ponerlo claramente de manifiesto con la más polémica y confusa de sus apreciaciones: “El camino de Santiago pasa por un monte muy alto denominado Puerto de Císere. Su altura es tanta que a quien lo sube le parece que puede palpar el cielo con su propia mano”. (Sublimitas namque ejus tanta est quod visa est usque ad celum tangere). Desde su cima se divisa el Mar Británico y Occidental –Mare Brittannicum et Occidentale, en el original latino; es decir, -el Cantábrico -, así como los confines de los reinos de Castilla, Aragón y Francia.” [Navarra a la sazón formaba parte de Aragón]. Lo asombroso de lo que dijo es que fue copiado literalmente del Astrónomo Lemosín, cronista del emperador Ludovico Pío que relató la emboscada de los condes Eblo y Aznar en el 824, también acaecida en el desfiladero de Valcarlos. “Qui mons cum altitudine celum pene contingat”. La descripción de Picaud fue tomada al pie de la letra por algunos estudiosos que no se esforzaron en comprender al clérigo poitevino, lo que les hizo pensar que aquel monte tenía que ser el más elevado. Todas las miradas se dirigieron al Astobizcar que se alza majestuoso sobre Ibañeta y Valcarlos, pero Aymeric nunca podía pensar en alturas de aquella magnitud porque no existían a lo largo del viaje a Santiago. Sus montes eran parajes pirenaicos idealizados por las circunstancias en que se desarrollaron los hechos de la rota carolingia. Aquella idealización desmesurada lo llevó a ensalzar sin proponérselo el collado de Ibañeta, el lugar que se conocía entonces por “Monte de Roncesvalles” –Runciavalle en el original latino-, sublimizado desde antiguo por constituir la frontera que separaba Hispania de la Galia.

Aymeric Picaud partió a caballo hacia Santiago desde algún lugar de Poitou, en el norte de Francia. Lo acompañaba una mujer, Gilberta Flandrensis, y probablemente algunas personas más. La ruta elegida fue la Turonensis, que lo llevó a la encrucijada del entorno de Ostabat (Hostavalle), ya muy cerca del Pirineo, de donde pasa a la villa de St-Jean-Le-Vieux (San Juan el Viejo), a unos 20 kms., en cuyas inmediaciones la vía romana que unía Burdeos con Astorga cruzaba la mansión militar del “Imus Pyreneus” (Pirineo Bajo). Desde ahí pasó a la aldea de Saint Michel Pede Montis en la misma raíz del Pirineo, por donde cruza el río Nive de Beherobie, que vigilaban día y noche los portazgueros que cobraban derecho de paso a España, cuyos abusos denunció: “Los recaudadores del portazgo son tan malvados que merecen la más absoluta condena, porque armados con garrotes salen al paso de los peregrinos, arrancándoles por la fuerza injustos tributos.”

Emprendía en ese punto la ascensión de la montaña pirenaica, siguiendo el trazado de la vía romana de Roncesvalles, que culminaba en Lepoeder, el puerto no axial más elevado tras el cual viene el descenso al collado de Ibañeta, unos 400 metros más bajo. El parecer general es de esa opinión, pero yo tengo serias dudas de que accediese por lo más arduo de los puertos, y que aunque parecía que describía ese itinerario, en realidad pudo acceder por Valcarlos, como hacía todos los peregrinos desde el siglo XII. No menciona en ningún momento los Pirineos y sí en cambio montes de Sícere, que era el nombre con el que se conocía la comarca más meridional de la vieja Aquitania, así denominada por sus manzanedos y la extracción de sidra. Aquel topónimo arraigó como “Sizer” en la “Chanson de Roland” y como “Sícera” en la “Nota Emilianense”, grafías que dieron lugar a otras menos conocidas, como Cirsia, Cirsa, Cisia..., hasta llegar al definitivo Cize de donde surgió “Pays de Cize”, topónimo arrumbado tiempo ha, que sólo perdura en algún compuesto rural y en un sindicato ganadero-pastoril del sur francés. “Al pie mismo del Puerto de Císere, en la vertiente de Gascuña, en la villa de Saint-Michel, empiezan las jornadas a Santiago de Galicia (Dietis Ytineris). Hay trece, la primera, que es una jornada pequeña, va de Saint-Michel hasta la villa de Viscarret”.

St-Michel está sólo a 9 kms. de la capital de Basse-Navarre, St-Jean-Pied-de-Port, población que surgió y prosperó al amparo de las peregrinaciones jacobeas, cuando éstas habían desechado el acceso romano por el definitivo que se adentraba por los valles de Arnéguy y Valcarlos hasta culminar el ascenso pirenaico en San Salvador de Ibañeta. La nueva ruta iba a gozar muy pronto de la protección de reyes y monasterios, razón primordial de que resulte incomprensible que un personaje como Aymeric Picaud hubiese pasado a tierras navarras por la alta vía romana y que fijase su primera jornada de viaje entre St-Michel y Viscarret, con el Pirineo por medio y saltándose la actual villa de Burguete.

Picaud partió supuestamente entonces de St-Michel hacia Roncesvalles. Nada en particular mencionó de la travesía, salvo lo del monte desde el que se divisaban el Cantábrico y tres reinos, un modo de ensalzar en verdad el único lugar posible: Ibañeta, en tanto que “sumopirineo”. Así parece entenderse cuando escribe: “El camino de Santiago pasa por un monte muy alto denominado Puerto de Císere, bien por ser la puerta de España o porque por ese monte se transportan las mercancías de un país al otro. Tiene ocho millas de subida y otras ocho de bajada”. La “Crónica Turpini” también constata idéntica medición, suerte de lugar común, que nadie ha podido determinar entre que puntos se tomaron las referencias. La confirmación de que aquel monte era magnificación literaria encuentra nueva respuesta cuando desde él contempla lo que desde ningún otro lugar podría contemplar: “Junto a este monte, en dirección norte, está el valle llamado Valcarlos, en el que acampó el mismo Carlomagno con sus ejércitos cuando sus guerreros murieron en Roncesvalles”. En aquel paraje encumbrado que no nombra había gente desalmada esperando el paso de los peregrinos: “Antes de que el cristianismo se extendiese por todo el territorio español, los impíos de los navarros y de los vascos tenían por costumbre con los peregrinos que se dirigían a Santiago, no sólo asaltarlos, sino montarlos como asnos y matarlos.” Los asaltos proliferaron durante toda la Edad Media en muchos lugares: puentes, encrucijadas y bosques, pero es muy dudoso que se diesen en un lugar como Ibañeta, situado en medio de tierras despobladas hasta muy entrado el siglo XIII. Mucho más significativo es lo que señaló acerca de las cruces que hincaba la gente en ese lugar cimero al que tanto espacio dedica. “Los peregrinos tienen por costumbre hincarse allí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago, dejando cada uno clavada una cruz, estandarte del Señor. Hasta mil se pueden encontrar allí. De ahí que se tenga a éste por el primer lugar de oración a Santiago en el camino.” Aquel gesto, que hoy han recuperado los xacobeos desde 1993, pudo deberse en efecto a lo que expresa, pero es más probable que tenga que ver con el homenaje permanente de los peregrinos franceses a los soldados muertos en las emboscadas de los siglos VIII y IX, a los que se recordaba con la costumbre cristiana de depositar cruces o ramos de flores. Esta al menos fue la inteligente deducción del erudito navarro Jimeno Jurío.

“En la cima de este monte hay un lugar llamado la Cruz de Carlos, porque en él, en tiempos pasados, Carlomagno se abrió camino con hachas, piquetas, azadas y otras herramientas cuando al frente de sus ejércitos se dirigía a España, y a continuación alzó figuradamente en alto la cruz del Señor, y doblando las rodillas en dirección a Galicia, elevó sus preces a Dios y a Santiago.” Que el rey se abriese paso con gran esfuerzo, al margen de ser cita extraída también del Astrónomo Lemosín, parece confirmar que el ejército carolingio había accedido a Ibañeta por un Valcarlos casi inaccesible que lo obligó a realizar arduos trabajos en el desenmarañamiento de los caminos. Todo cuanto desvelaba aquel personaje era objeto de controversia; lo fue, y mucho, que localizase en el collado un “lugar llamado la Cruz de Carlos” en el que hincó una cruz el rey en su venida a tierras peninsulares. La cruz acabó convirtiéndose en “Crux Caroli” al margen de la tradición, que nunca la tuvo en cuenta. Pero la cruz es legendaria; tiene que serlo, y pese a ello hubo eruditos de renombre que se empecinaron en ubicarla en Ibañeta y también en otros parajes, como el puerto de Lepoeder, la cima del Orzanzurieta y los montes intrapirenaicos de la parte francesa, sin percatarse de que la cruz no era una, sino muchas, tantas como hizo falta para señalizar los límites meridionales y orientales de la diócesis de Bayona, que hasta el siglo XVI seguía el trazado axial pirenaico desde el confín guipuzcoano.

Todavía en San Salvador de Ibañeta y a punto de emprender el camino de Pamplona, el poitevino dejó constancia de otra de sus anotaciones más confusas y polémicas: la existencia en las inmediaciones del Hospital de Roldán, que otras fuentes atribuyeron al propio Carlomagno. No parece factible que el futuro emperador erigiese nada en conmemoración de los muertos en la emboscada, pero no hay que descartar que lo hiciese años después su hijo Ludovico, que mandaba en la región de Aquitania, cuya muga meridional hubo especial empeño de que quedase clara en el collado de Roncesvalles. Que Picaud se topase con alguna edificación es posible; seguramente un rudimentario monasteriolo perteneciente a la abadía de Leyre, ya documentado en el siglo XI, que venía prestando alguna suerte de asistencia a los primeros peregrinos que accedían a Navarra por la vía romana, antes incluso de que se hubiese abierto el acceso jacobeo por Valcarlos. “Pasada la cima del monte se encuentra el hospital de Roldán y luego la villa de Roncesvalles” . Esa confusa constatación de planos altitudinales es sólo aparente, y no haberlo tenido en cuenta contribuyó a nuevos errores de perspectiva. La fábrica que vio Picaud estaba en el collado, casi con seguridad en el arranque de la vertiente meridional, único modo de protegerla de las fuertes ventiscas de Valcarlos, que luego se demostró que tampoco fue la solución. Aún perduran restos de cimentaciones en ese punto, aunque nada tengan que ver con vestigios medievales. Quien no ve así la referencia de Picaud, sitúa aquella fábrica erróneamente al cabo del barranco que desciende de Ibañeta, pero es lo cierto que antes de 1132 nada había sido levantado en el solar del futuro enclave universal que presidirá la colegiata de Santa María.

A la misma ubicación vuelve a referirse en otro pasaje del relato para alcanzar otra de sus cotas legendaristas: la mención de la roca que partió el héroe de las canciones de gesta. “En la bajada está el hospital y la iglesia en la que se encuentra el peñasco que el poderosísimo héroe Roldán, con su espada partió por medio de arriba debajo de tres golpes... El olifante de marfil rajado está en la iglesia de San Severino de Burdeos, y sobre el peñasco de Roncesvalles se levanta una iglesia.” Nadie nunca debió de haber visto esa roca. Los que dicen haberla visto, como el ilustre peregrino italiano Doménico Laffi en el siglo XVII, o se dejaron llevar por la imaginación o en efecto algún astuto prior de la colegiata determinó exhibir oportunamente algún peñasco esquistoso de los muchos que abundan, dándolo por genuino, el tipo de material que se parte con cualquier golpe contundente, dada su fragilidad. Roncesvalles está a punto de cerrarse en el itinerario de Aymeric Picaud. El hombre y sus acompañantes se alejan del puerto por la llanada en dirección a la Villa de Roncesvalles, Burguete, que considera que son los escenarios elegidos para la batalla entre moros y carolingios: “ Viene luego Roncesvalles, donde tuvo lugar el gran combate en el que perecieron el rey Marsilio, Roldán y Oliveros con otros cuarenta mil combatientes cristianos y sarracenos. ”Ya sólo le queda dejar el llano y remontar el suave puerto de Mezquíriz, donde anotará finalmente: “Pasado este valle viene la tierra de los navarros, rica en pan, vino, leche y ganados.”

Historia Turpini
 
Originariamente, el libro cuarto del Codex Calixtinus se titulaba “Historia de Carlomagno y Roldán” (Historia Karoli Magni et Rotholandi”, pero se conoce desde antiguo por “Crónica Turpini” y “Crónica del Pseudo Turpín” por atribuirse al arzobispo Turpín, personaje que eligieron sus autores, copistas o compiladores entre los siglos XI y XII para prestigiar un relato que de otro modo no habría podido introducirse en monasterios, sedes episcopales y cortes reales. Fue ese un recurso muy propio de los siglos medievales, en que nadie firmaba nada y todo eran interesadas atribuciones. Los autores no contaban; contaban los propósitos, alentar las cruzadas a Tierra Santa, la exaltación de un emperador como Carlomagno o el propio Camino de Santiago. En la “Chanson de Roland” uno de los personajes destacados es el obispo Turpín. Nada puede demostrar que hubo un Turpín obispo combatiendo en Roncesvalles en el 778. Existió realmente en Francia un personaje con el nombre Turpín o Tilpín, monje de la abadía de St-Denis que en el 748 fue llamado para ocupar la sede episcopal de Reims y que falleció en septiembre del 800, meses antes de la coronación de Carlomagno en Roma. Lo poco que se conoce de su vida son algunas alusiones del arzobispo Hincmar de Reims, que ocupó la sede episcopal desde el 845, y de Flodoard (894-966), historiador y cronista remense, por quien se tiene noticia de que Turpín sucedió a Milo o Milon, obispo entre los años 743 al 748 por expreso deseo de Charles Martel, padre de quien habría de ser Carlomagno, que se aseguraba de ese modo el control de la Iglesia y sus extensas posesiones. Según Flodoard, el indigno Milo tenía fama de guerrero, lo que le llevó en alguna ocasión a combatir con los vascones aquitanos, de ahí que algún erudito sostuviese que, por alguna razón que se desconoce, la personalidad combativa de aquel obispo fue la que se entrometió en la vida de Turpín, personaje seguramente ajeno a las acciones guerreras que se le atribuyen.

“Turpín, por la gracia de Dios Arzobispo de Reims y constante compañero del emperador Carlomagno en España, así empieza la “Crónica Turpini”, un relato muy distinto al “Liber Peregrinationis” de Aimeric Picaud, cuyo objetivo era ensalzar el nuevo espíritu que surgía en las cortes europeas del siglo XI, las Cruzadas. Pero no era propósito de la crónica animar a las campañas guerreras en Tierra Santa, sino la extravagante cruzada de Carlomagno contra los musulmanes en la península ibérica, que acudía además a liberar la tumba del Apóstol tras pedírselo en un milagroso sueño el propio Santiago. No hubo tal petición por anacrónica la relación que se quiso establecer entre Carlomagno y el Apóstol Santiago. El mismo año en que murió el emperador de occidente (814), el obispo Teodomiro de Iria Flavia (Padrón) anunciaba el hallazgo milagroso de los restos apostólicos enterrados en un monte. Al margen de los motivos que le otorgó el relato, es histórica la entrada de Carlomagno por los pasos de Roncesvalles en la primavera del 778 y la marcha por Pamplona y el Ebro hasta Zaragoza, la ciudad que le había prometido el gobernador muladí y que no pudo tomar al final. Es histórico también que de Zaragoza regresó a sus dominios europeos por el mismo camino, no sin antes destruir las endebles murallas pamplonesas. Era el mes de agosto. En Roncesvalles debieron de acampar algún tiempo antes de cruzar los puertos; tal vez algunos días, los suficientes para que los vascones fuesen concentrándose para la emboscada. Está confirmado que en la mañana del día 15 el rey abandona el collado de Ibañeta; horas después habría de hacerlo la retaguardia al mando de Roldán. No hubo otra realidad histórica, y lo que figura en la “Crónica Turpini” y en la “Chanson de Roland” son las grandes deformaciones que surgieron desde alguna sede episcopal o influyente monasterio francés, como admitió repetidas veces Ramón Menéndez Pidal.

La copia del cronicón que figura en el Codex Calixtinus es del siglo XII, pero tratándose de lo más probable, una compilación, hay que remontarse al relato o relatos originales del siglo anterior. Una de las primeras redacciones más elaboradas debió de salir de algún instruido monje de la abadía francesa de St-André-Le-Bas de Vienne, a unos 30 kms de la ciudad de Lyon, quien a su vez tuvo que recabar datos de otro, probablemente de Robert le Moine, monje que había alcanzado cierta notoriedad como cronista del Papa Urbano II en el concilio de Clermont en 1095. Aquel papa, que se ocupó de fomentar el espíritu de las Cruzadas, hablaba ya. entonces a través del Monje de “la grandeur du roi Charlemagne et de son fils Louis”. Algún erudito supuso que los cinco primeros capítulos del cronicón pudieron ser redactados en la misma ciudad de Santiago de Compostela hacia mediados del siglo XI, y el resto entre 1109 y 1119 en la citada abadía de St-André-Le-Bas, inspirados en la tradición épica francesa que dio lugar a la redacción de las canciones de gesta. Navarra aparece en el Pseudo Turpín, al igual que en Aymeric Picaud, con especial atención a la derrota, agonía y muerte del conde Roldán en el entorno roncesvaliano. El relato se inicia con los preparativos militares en las Landas aquitanas, el lugar elegido para la concentración de los ejércitos de pares y condes, que habrán de someterse a lar órdenes del propio Carlomagno. “Se reúnen todos los ejércitos en las Landas de Burdeos. Cubrían toda aquella tierra en dos jornadas a la redonda. Su estruendo se oía a doce millas de distancia. Arnaldo de Belanda atravesó el primero los Puertos Ciséreos, y llegó a Pamplona. Le siguió el conde Estulto con su ejército… Por último llegó Carlomagno con todos los otros ejércitos”.

El desplazamiento de ejércitos comenzó en tierras aquitanas y no concluirá hasta reunirse todos en la Cuenca de Pamplona al cabo de ocho días según la crónica, lo cual es perfectamente verosímil tratándose de expedición tan numerosa, teniendo además que superar tres puertos de montaña e ir abriéndose paso por caminos casi borrados por la vegetación y la acción pertinaz de las aguas de escorrentía; históricos accesos a la península ibérica, pero intransitados desde las últimas invasiones de bárbaros y godos. La vieja vía romana de Roncesvalles, nunca empedrada, malamente podía hallarla Carlomagno en buen estado. “Cubrían toda la tierra desde el río Runa hasta el monte que por el camino de Santiago dista de la ciudad tres leguas”, es la referencia a la estancia en tierras de Pamplona. Runa era el hidrónimo con que se conocía el Arga a su paso por la capital navarra, y el monte innominado hay acuerdo en que se trataba de la sierra del Perdón o Reniega... No hay más referencias a las jornadas de la entrada peninsular de los carolingios. Es el accidentado regreso lo que centra en adelante la atención de la “Historia Turpini”. Abundan las indicaciones de índole militar, pero con escasas concretaciones topográficas, que evidencian una escasa documentación de Roncesvalles en comparación con los mismos escenarios descritos en el “Liber Peregrinationis”. La primera escena ha de desarrollarse en el collado de Ibañeta con la solemne partida de Carlomagno, al que acompañan 20.000 hombres. Durante unas horas habrán de permanecer en Roncesvalles, Roldán y los Pares con sus respectivas fuerzas. La decisión sigue siendo incomprensible desde cualquier punto de vista. “Carlomagno, dando crédito a las palabras de Ganelón, determinó atravesar el Puerto Ciséreo y volver a la Galia. Entonces mandó a sus preferidos, a su sobrino Roldán, conde de Le Mans y de Blaye, y a Oliveros, conde de Gennes, que con los más nobles caballeros y veinte mil cristianos formasen la retaguardia en Roncesvalles, mientras el mismo Carlomagno atravesaba con los otros ejércitos los puertos.” Transcurrido el tiempo acordado, la retaguardia se dispone a entrar en el desfiladero de Valcarlos, y sobreviene el ataque emboscado que la crónica cifra en varios miles de musulmanes. “Cincuenta mil sarracenos salieron al amanecer de bosques y collados, donde habían estado escondidos dos días y dos noches.”

Ese primer asalto lo concibe como estrepitosa derrota sarracena. “Una fuerza de veinte mil comenzó a atacar de pronto a los nuestros por la espalda. Los nuestros se volvieron contra ellos, combatiéndolos desde la madrugada hasta la noche. Todos cayeron. Ni tan solo uno de los veinte mil escapó.” Pero la victoria fue flor de unas horas tras la intervención emboscada del segundo ejército musulmán. “Inmediatamente, los otros treinta mil atacaron a los nuestros, que fatigados y rendidos por tan gran batalla, los mataron a todos desde el primero al último. Ni uno tan solo se salvó.” El escenario bélico que construye, que ni siquiera coincide con el ya irreal del poema épico, que sólo admite una gran batalla alejada de los puertos y en plena llanada, resulta aún más inverosímil por el hecho de sostener que la primera de las acometidas “duró de la madrugada hasta la noche ”, con lo cual hay que colegir que la segunda y definitiva tuvo que librarse en la oscuridad de la noche hasta las primeras luces del amanecer, lo cual es inaudito en una batalla. En este punto, los combates pasan a segundo término para ocuparse de las últimas horas de Roldán, conde de Blaye, al que reserva gestos heroicos en flagrante contradicción con los puntos de vista iniciales de la batalla, que parecen evidenciar un desajustado engarce de los compiladores ante las diferentes versiones que pudieron manejar de los hechos, o malinventar.

Si en un principio los sarracenos se lanzaron al asalto desde las cumbres y bosques –que tampoco es histórico-, ahora aparecen en la crónica cabalgando por la llanada de Burguete en dirección a los puertos. Alguien se percata y traslada la mala noticia a Roldán, que ve el peligro que se cierne, ya sin la presencia del rey. Alarmado, se encarama a algún paraje por encima del collado y comprueba por sí mismo el alcance de la amenaza. “Roldán subió a un monte y vio que eran muchos los sarracenos”. Si aquel hombre se hallaba a la sazón en Ibañeta, donde no hacía tanto que se había despedido del monarca, por la razón de que ese collado carece de visión hacia el sur, hacia Navarra, al interponerse la mole del Guirizu, no tenía otra opción que ir en busca de un paraje más elevado, que sólo pudo encontrar en el camino romano de subida a Lepoeder, desde donde efectivamente se divisa tanto Valcarlos como la explanada de bosques que recorre el río Urrobi. Una vez que comprueba la magnitud del enemigo, “regresó por el camino de Roncesvalles, por donde iban los que deseaban atravesar el puerto”. La anotación es clara alusión a la ruta que siguió Picaud. Ya de vuelva a la cima del puerto es cuando decide “tocar su trompa de marfil, a cuyo toque se le reunieron unos cien cristianos con los que regresó a través del bosque hacia los sarracenos.” La “chanson” refiere que el héroe tocó el olifante una vez, pero sólo para llamar desesperadamente al rey, ya muy alejado. Con la exigua fuerza que logra reunir Roldán a los sones del cuerno, monta a caballo y se lanza por el barranco entre hayas en busca del cuerpo a cuerpo. Es herido gravemente, pero ello no le impide volver a Ibañeta, donde cae del caballo muy cerca del raso que lo corona, que en el relato lo constata con la acotación “al pie del puerto Ciséreo”, que veladamente es lo mismo que “en el descenso del monte” de Aymeric Picaud.

“Rolando, fatigado por tan gran batalla, lamentando la muerte de los cristianos y de tantos héroes, angustiado por las grandes heridas y golpes recibidos, solo, a través del bosque, llegó al pie del puerto Ciséreo. Allí, bajo un árbol y junto a un peñasco de mármol que se alzaba en un ameno prado sobre Roncesvalles, descendió del caballo”. Si Roncesvalles era entonces un lugar encumbrado y no un recinto de iglesias y hospitales jacobeos, “el ameno prado” tenía que ser algún paraje ligeramente más elevado, probablemente el cerro de Ibañeta que hoy preside el monolito granítico en memoria del héroe, ubicado en la misma división de vertientes de aguas. Las escenas críticas que vienen a continuación son invariables desde cualquier perspectiva. Primero intenta partir la espada contra una roca o contra los peldaños o gradas de algún monumento conmemorativo de origen desconocido. “Todavía tenía consigo su espada Durandarte, que por temor a que cayese en manos sarracenas, dio tres golpes con ella a un peñón de mármol con la intención de destruirla, y en dos trozos, de arriba a abajo se partió la roca, mientras que la espada quedó intacta”. Vuelve a hacer sonar el olifante en un intento desesperado por reagrupar a la gente que se hubiese dispersado por los bosques, y viendo que nadie acudía es cuando decide avisar al rey. “Comenzó a atronar el espacio con los fuertes sonidos de su trompa, por si se le reunían algunos de los cristianos, que por temor a los sarracenos se escondieron en los bosques, o por si regresaban a su lado los que ya habían pasado los puertos”. El dato es significativo porque pone de manifiesto lo que era obvio, la existencia de supervivientes, caballeros y soldados que lograron huir y salvarse de la matanza, y el único modo de hacerlo sólo cabía por el único espacio expedito en aquellas circunstancias, la alta vía romana, una vez que los emboscados habían huido, sin tiempo de comprobar si había perecido todo el mundo, temiendo la pronta represalia de Carlomagno, como constataron en el siglo IX los cronistas carolingios.

El rey estaba muy lejos y nada podía saber de la matanza. Después de cruzar el desfiladero de La Reclusa y proseguir el lento descenso hasta alcanzar el llano del valle de Arnéguy, debió de levantar el campamento en un paraje conocido desde antiguo por Mocossalia, a una distancia hoy de algo más de 20 kilómetros, demasiada para que pudiese oír el olifante de Roldán desde el puerto. La crónica hubo de recurrir entonces a la intercesión milagrosa. “Tocó su trompa de marfil con tal ardor y tanta fuerza, que se cuenta que la trompa se rajó por la mitad con la violencia de su soplido y se le rompieron las venas y los nervios del cuello. Su sonido llegó, conducido por los ángeles, hasta los oídos de Carlomagno, que con su ejército se había detenido en Valcarlos, lugar que distaba de Rolando ocho millas hacia Gascuña”. Pero la realidad se impone de nuevo. La noticia del descalabro de su retaguardia llegó a sus oídos porque alguien que logró huir se la transmitió personalmente; alguien que tomó el camino de Lepoeder, el caballero Balduino, del que cuenta la crónica: “Balduino, temiendo caer en manos de los sarracenos, montó en su caballo y, abandonándolo (a Roldán), marchó tras el ejército de Carlomagno. Al marcharse Balduino llegó enseguida Tedrico, y comenzó a llorarle mucho, diciéndole que fortaleciese su alma con la fe en la confesión. ”Fue también Balduino quien hubo de asistir a Roldán en los últimos momentos, cuando éste, ya moribundo, le pide un poco de agua. “Y como yaciese Roldán sobre la hierba de un prado y desease de modo indecible del agua de un arroyuelo donde aplacar su sed, al llegar Balduino le indicó que le trajese. Y éste, como la buscase por todas partes y no la encontrase, viéndole próximo a la muerte, le bendijo. ”La escena es esclarecedora por revelar que no se pudo desarrollar en el llano, en el solar de Roncesvalles, donde abunda el agua de fuentes y arroyos, sino en un lugar como Ibañeta que siempre debió de carecer de ella, máxime en aquel estío del 778.

La jornada llegaba a su fin. Los atacantes se habían dispersado a sus valles, los supervivientes consiguieron cruzar el Pirineo y los heridos más graves agonizaban entre los muertos. Amanece el 16 de agosto y la vanguardia emprende el regreso a los puertos con el ánimo de llegar a tiempo a la lucha. La acción la describe el Pseudo Turpín con acertado dramatismo: “Volviendo todos con enorme griterío, fue Carlomagno el primero en descubrir a Roldán exánime, echado boca arriba, con los brazos en cruz sobre el pecho. Enseguida, en el mismo sitio en que yacía Roldán muerto, fijó aquella noche Carlomagno sus reales con su ejército. Ungió el cuerpo exánime con bálsamo, mirra y áloe, y todos celebraron honrosamente grandes exequias con cánticos, lloros y rezos, a su alrededor, encendidas luces y fuegos por los bosques durante toda aquella noche. Al amanecer del día siguiente se dirigieron armados a lugar en que se había dado la batalla y en que yacían muertos los combatientes de Roncesvalles, y cada uno encontró a sus respectivos amigos, a unos completamente exánimes, a otros todavía vivos, pero heridos de muerte.”