
Historia ordenada, completa y veraz de Roncesvalles desde las primeras entradas de gentes en la prehistoria, a los relatos carolingios y a los peregrinos jacobeos. Montes, caminos, ríos, poblaciones y edificaciones religiosas y civiles. Los personajes relacionados con el auge y caída de Roncesvalles...

Todo empezó en una ruta transpirenaica
hacia la península ibérica
La vía natural para acceder a Navarra desde la prehistoria era Valcarlos, el valle que conoció el paso de cazadores nómadas, pastores constructores de dólmenes, pueblos, ejércitos, peregrinos jacobeos y comitivas reales. Ese fue el origen de todo lo que vendría luego con el nombre universal de Roncesvalles. Aquel Valcarlos de la leyenda carolingia existió entre la villa de St-Jean Pied de Port y la aldea de Arnéguy, aunque nunca fue conocido con ese nombre. Ese es el Valcarlos genuino de los cantares de gesta y cronicones; el lugar en el que acampaba el rey cuando tuvo noticia de la tragedia de Roldán. “Hacia el norte está el Vallis Caroli” (Aymeric Picaud); el valle en el que “Carlomagno permaneció con su ejército mientras morían sus guerreros en Roncesvalles” (Pseudo Turpín). Ese escenario, que existió y fue real, se ha pensado que tenía que estar muy cerca del “portiello de Mont Conseill que se clama Arrataqua"; el Mocossalia pórtico del antiguo Pays de Cise, uno de los siete de la Tierra de Ultrapuertos que pertenecía a Navarra y que ya en manos de Francia se llamó y se llama Basse-Navarre.

Aquel espacio es el valle que recorre entre prados y sotos ribereños el Nive d’Arneguy, nombre singular de tres torrentes de origen pirenaico que se funden en el “Grand Nive” en el paraje “Les Trois Eaux” para desembocar finalmente en el Adour. El valle ha carecido y sigue careciendo de nombre en Francia, y sólo es conocido por sus términos municipales (communes). El nombre Valcarlos apareció citado por primera vez en el poema épico alemán del siglo XII “Kaiserchronik”, como “Karlestal”, que menciona la presencia legendaria de 56.000 doncellas que acudían en ayuda de Carlomagno. Las doncellas clavaron sus lanzas en la tierra y amanecieron floridas, señala la crónica. El vocablo pasó al latín como “Vallis Caroli” y de ahí a “Baill Karles” y al definitivo Valcarlos. El topónimo alemán tuvo que ser introducido en Navarra por los propios peregrinos, como creía el romanista francés Joseph Bedier, y que acabaron recogiendo los monjes que habitaban en Roncesvalles. El escritor pamplonés Arturo Campión -que dedicó parte de su tiempo a la historia y al paisaje histórico de Roncesvalles-, sostenía que aunque “el nombre de Valcarlos no suene hasta el siglo XII, el silencio nada prueba de su existencia anterior. Valcarlos se difundió a lo lejos en alas de la fama poética, pero comenzó siendo un nombre local muy humilde”. No es acertada esa apreciación, tratándose de tierras completamente inhóspitas y deshabitadas hasta avanzado el siglo XIV, en tanto que nadie deseaba establecerse, ni constituir un vecindario con casas y posesiones, en una tierra expuesta a saqueos y campañas depredadoras en una de las rutas más transitadas del continente europeo.
Valcarlos perduró y perdura en el actual municipio de clara transposición toponímica, lo normal en un tiempo en que los elementos locales más insignificantes podían hacerse extensibles a los nombres de las comarcas. El Valcarlos de hoy arranca en Arnéguy, la recoleta aldea fronteriza que hasta el siglo XVII aún dependía eclesiásticamente de la parroquia valcarlina. Valcarlos no es valle propiamente dicho, sino angosto barranco, profundo desfiladero y tierras altas entre arroyos, cascadas y hayedos que conforman una “basaburua” en euskera antiguo. Hay parajes en lo más hondo en los que las dos laderas descienden en cuña hasta casi tocarse.

Los relatos del siglo IX vieron en ese ámbito el escenario tenebroso del desastre carolingio, que englobaban en un ambiguo “Pyrenaei saltum” o “Pyrenaei wasconum" de "lugares angostos" (angustus locus), "tupidos bosques" (opacitas silvarum) y "estrechos caminos" (angustiae viae). El entorno lo describió del mismo modo, ilustrado con topónimos, José María Jimeno Jurío: “El formidable paisaje de La Reclusa, con las imponentes moles de pizarra gris del Mirachilota, al norte de Gañecoleta, combinadas con las praderas y los bosques verdes por Olaberri y los acantilados rocosos que parecen acechar peligrosamente al caminante desde lo alto de Chirrisquin, hasta salir a la fosa de Gorosgaray, desde donde se contempla la hondonada cubierta de boscaje de hayas y la cima de Ibañeta señoreando desde el portillo el fabuloso paisaje." Nada ha cambiado al parecer. Las apreciaciones siguen siendo las mismas a los ojos de los peregrinos, que durante varias horas de ascensión tienen tiempo para observar y reflexionar en la trascendencia que tuvo que tener el Pirineo. Los cantares de gesta y los cronicones del siglo XII seguían mencionando angosturas y alturas circundantes, que ceñían a un topónimo que correspondía a toda la comarca francesa: Sizera (Nota Emilianense), Sizer (Chanson de Roland) y Ciserei (Crónica Turpini). En ese espacio entre montañas donde “quiebra el Pirineo”, en expresión de José de Moret (s. XVII), sobrevino la tragedia para mucha gente. El escenario exacto estaba entre Ibañeta y el desfiladero de la Reclusa, únicos parajes posibles para aniquilar a una fuerza militar de aquella magnitud. Los atacantes fueron vascones de los valles más recónditos de ambas vertientes pirenaicas, no muy apartados. La rapidez con que discurrían los acontecimientos desde que los francos derribaron las murallas de Pamplona, no permitía mayores dilaciones, por lo que no es factible que hubiesen podido concentrarse más de 300 hombres, suficientes en un entorno absolutamente favorable.
Arremetieron desde la cara norte del monte Guirizu lanzando dardos o "azconas" y piedras proyectadas con cestas, y sobre todo, echando a rodar monte abajo peñascos como los que cabe ver entre los hayedos. El ataque se desencadenó primero sobre la cola, extendiendo el pánico al resto de la retaguardia, lo que motivó el despeñamiento por el hondo barranco que bordea el camino milenario que de Ibañeta sale al caserío Guardiano. Los francos ni podían pasar a las tierras bajas de Arneguy por impedírselo el desfiladero que es de suponer que tenían cortado los vascones, ni encaramarse al collado con el propósito de buscar el campo de lucha en el llano de Roncesvalles, que les hubiera dado la victoria. El aniquilamiento de la mayor parte del ejército debió de producirse pronto. Tampoco disponían de mucho tiempo ante el riesgo de un repentino regreso de Carlomagno y su vanguardia, como así fue, por lo que la huida debió de ser rápida, casi con seguridad habiendo recurrido al camino de Palomeras que de Ibañeta conduce al collado de Lindux, que les habría permitido alcanzar los intrincados montes de Quinto Real.
La emboscada a Roldán según Anales
y Crónicas de los siglos IX y X.
Los Anales no eran crónicas, sino una ordenada compilación de hechos acaecidos al cabo de los años. Los más notorios fueron catalogados y estudiados por Ramón Menéndez Pidal. Los "Anales Mettenses Priores” (hasta el 805), anónimos, escritos en Metz a los 25 años de la masacre, son los más cercanos en el tiempo y aunque “silencian el desastre son valiosísimos por cuanto anotan expresamente la ruta seguida por Carlomagno entre Aquitania y Pamplona”, puntualizaba Jimeno Jurío. Era la primera vez en que se constataba que los francos habían cruzado el "Yugo de los montes Pirineos", otra de las maneras con que identificar Ibañeta.
Los “Anales Mettenses Posteriores” (hasta el 903) también dan cuenta del retorno del monarca: “Arrojados de Pamplona los sarracenos y derruidos los muros de la ciudad, subyugados los vascones hispanos y los navarros, regresó a Francia" (in Franciam reuertitur). Los "Anales Regios", anónimos, aunque falsamente atribuidos a Eginhardo, fueron escritos a los 50 años de los hechos: "Habiendo decidido volverse (a Francia), entró en los bosques del Pirineo (Pyrenei saltum ingressus est), desde cuyas cimas los vascones habían tendido una emboscada. Al atacar a la retaguardia (extremun agmen) se extiende el tumulto por todo el ejército."

Los cronistas propiamente dichos arrancan con la figura principal de Eghinardo, el biógrafo de Carlomagno, cuyo relato “Vita Karoli Magni”, realizado 50 años después, es el más preciso y documentado: “Marchó a Hispania... Al regreso, en la misma cima de los Pirineos, tuvo que experimentar la perfidia de los vascones cuando el ejército desfilaba en larga columna, como lo exigían las angosturas del lugar. Los vascones empujaron al barranco a la columna que escoltaba la impedimenta que cerraba la marcha, provocando que los hombres se precipitasen al valle situado más abajo, y trabando la lucha los mataron hasta el último".
El llamado Astrónomo Lemosín, biógrafo de Ludovico Pío, se alejó un poco más, 60 años. Fue impreciso con los motivos de la expedición a Zaragoza, pero exacto con los escenarios de la hondonada a su entrada en España. “Decidió atravesar los escarpados Pirineos. Había una montaña muy alta de escarpadas peñas, sombría por los tupidos bosques, tenebrosos y oscuros, y con estrechos senderos que entorpecen el paso tanto de un gran ejército como de un pequeño grupo. Los hombres de la retaguardia fueron degollados en la montaña.” El llamado Poeta Sajón es el que más se alejó de los hechos, un siglo, limitándose a dar un resumen de lo que se conocía, y aunque excepcionalmente reveló lo que nadie había hecho, que el rey iba por delante y que había pasado los puertos cuando se produjo el asalto, hay que convenir que se trata de una referencia personal. "Habiendo penetrado (el rey) a su regreso en la profunda hondonada del Pirineo, cuando el ejército cansado atravesaba por los estrechos senderos, los vascones osaron poner asechanzas bajo el sumo vértice del monte. Arrebatan el inmenso botín, matando a varios ministros palatinos encargados de custodiar las riquezas".
Los Bárbaros fueron retenidos en Valcarlos
entre el 407 y 409
El desfiladero siempre estuvo presente. En el siglo V fue posible gracias a él contener durante casi dos años la invasión peninsular de los Bárbaros -suevos, alanos y vándalos- que en el invierno del 406 habían logrado romper el limes romano cruzando el Rin helado. Aquellos hechos merecen atención para comprender la trascendencia del desfiladero. Se ha calculado que pudieron ser unos 300.000 entre hombres, mujeres y niños, la mayor parte suevos, que conducidos por unos 80.000 guerreros, arrasaron la Galia y avanzaron hacia los Pirineos que tenían intención de cruzar a finales del 407 por el único lugar posible, Valcarlos, pero lo impidieron los hermanos pamploneses Dídimus y Verinianus. San Isidoro de Sevilla fue el primero en dar cuenta de aquellos hechos: "Irrumpieron con ímpetu directamente hacia los Pirineos, donde los esperaban Didymum et Veranianum, romanos nobilísimos”. Joaquín Arbeloa, medievalista navarro, conocedor del terreno, no vaciló en determinar que el éxito radicó en Ibañeta: "Apostados en las cumbres de Ibañeta, les cierran el paso con una hueste particular de siervos y colonos vascones”.
Se repitió muchas veces que los bárbaros cruzaron por la vía romana transpirenaica, lo cual resulta muy difícil de creer tratándose de miles de personas desplazándose por parajes abruptos, expuestas a vientos gélidos y a extravíos, sin manantiales, sin leña que cortar de bosques inexistentes y sin pastos para los animales. Tampoco en aquel caso los hermanos pamploneses habrían podido apostarse en ningún lugar alto para contener dos años a tanta gente. Lo mismo cabe aplicar en las emboscadas a los ejércitos carolingios en el 778 y 824, que de haber partido por la vía romana, nunca los vascones hubieran osado atacar. Hubo más casos y hubo más situaciones iguales en la historia. Los carolingios salieron por las angosturas de Valcarlos. Tránsito lento y pesado el que llevó la retaguardia atacada en estiradas columnas. Los cálculos de Ramón Menéndez Pidal los reprodujo José María Lacarra, y dan idea de que tanta gente es imposible absolutamente coparla de golpe en cualquier paraje de la travesía romana: “Los cuatro mil caballeros de la vanguardia y grueso del ejército, en fila de tres o de dos de frente con sus peones, ocuparían unos siete kilómetros de camino. La retaguardia, con sus mil caballeros y los mulos y carros de la impedimenta, ocuparían de dos a tres kilómetros”…
El último "roncesvalles", a punto de llegar en el siglo XVII
Valcarlos siempre ha sido la difícil travesía pirenaica que culminaba en Ibañeta. El collado fue relacionado al cabo del tiempo como sublime lugar de llegada de los peregrinos, como pórtico de acceso peninsular y como “cerradura de los peligrosos pasos pirenaicos”. Quien controlaba el collado impedía que nadie entrase por Valcarlos. Sólo en una ocasión gente foránea se había hecho con el collado por sorpresa. Los hechos, rigurosamente históricos, apenas se conocen y merece la pena recordarlos. Todo sucedió un 21 de marzo de 1684 que pudo ser de consecuencias nefastas para Navarra. Aquella mañana subía por Valcarlos un ejército de 10.000 hombres -6.000 de infantería y 4.000 de caballería, más otros 900 de repuesto en San Juan de Luz-, que mandaba el mariscal de Francia Bernardin Gigault, marqués de Bellefonds (1630-1694), uno de los militares favoritos del rey de Francia Luis XIV, el Rey Sol, que acababa de declarar la guerra a España por las posesiones de Luxemburgo y los Países Bajos.
Florencio Idoate, en "Rincones de la historia de Navarra" (1979), dio cuenta de aquella expedición, que aunque definió como "pequeño zarpazo" y "ligero amago", pudo convertirse en el último "roncesvalles" de la historia de haberse presentado a tiempo en el collado de Ibañeta los 800 paisanos navarros a los que a la sazón se les encomendó la misión de contención del francés. Insólito fue todo lo que ocurrió aquel día. Insólito que nadie en Navarra se percatase de que desde hora muy temprana subiese aquel ejército por Valcarlos y que lo hiciese a duras penas y con gran retardo debido a una intensa nevada caída durante la noche anterior. Insólito también que permaneciesen en Ibañeta y que, transcurridas 24 horas cabales a la espera de recibir órdenes, se retirasen hacia Francia.

Ya con el mariscal Bellefonds en Ibañeta, el Virrey de Navarra, Iñigo de Velandia, informó a la Diputación: "La última noticia que acabo de recibir es de estar ocupado el puesto principal dentro de los límites del Reyno, en la ermita de San Salvador de Ybañeta." Inmediatamente se procedió a ordenar lo acostumbrado en esos casos: la "llamada a fuero " que tanto temían oír los habitantes de los valles pirenaicos de Esteríbar, Erro y Arce, los más cercanos, obligados a acudir a la taponadura de los pasos fronterizos siempre que amenazaba el francés, cuya amarga queja oficial dirigida a las autoridades llegó días después: "Con la brevedad que pide tan peligroso accidente, sin tener tiempo para llevar provisión ninguna, habiendo sido los primeros que acudieron a la defensa de los pasos, no se les había socorrido con cosa alguna".
Valcarlos, la tierra yerma transpirenaica
Valcarlos conoció tarde la presencia humana estable hasta tanto peligros y temores de invasiones no se disiparon con la consolidación del Camino de Santiago y el establecimiento de un oportuno rosario de hospitales y monasteriolos, dependientes en un principio del monasterio de Leyre y posteriormente de Roncesvalles, que facilitaban el tránsito al puerto de Ibañeta. Así, el Capeyron Roge, el Caballo Blanco, La Reclusa, o el último, ya cercano a la cima, acaso donde se ubica el caserío Guardiano: "Cierta casa u hospital situada y puesta en el lugar llamado Gorosgaray", que los monjes de Roncesvalles compraron a los de Leyre en 1279. La primera comunidad vecinal se formó con el nombre de Irauzqueta a mediados del siglo XIII, que quiere decir, “lugar de reunión vecinal”, que pasando luego a ser parroquia de San Juan de Irauzqueta (posteriormente, de Santiago), en cuyo entorno se creó la villa de Valcarlos: el barrio de Elizalde, “al lado de la iglesia”, que aún existe. No hay que dudar que los primeros pobladores tuvieron que ser mayoritariamente franceses por razones obvias de proximidad. Los navarros tardaron en llegar, acaso porque primero urgía establecerse en los valles entre el pie cispirenaico y Pamplona. “Los habitantes de Valcarlos vivían en un estadio económico primitivo, dedicados a la ganadería y cosechando frutos naturales hasta principios del siglo XIV”, anotó Jimeno Jurío. La primera obligación fue pagar los diezmos del ganado a la recién fundada parroquia. Luego llegaron los cultivos, con los que también contribuían. “Las tierras recién roturadas y por otros predios sitos en el valle, que de poco tiempo acá han sido puestos en cultivo”, acreditaba un documento de 1333.
Luzaide, el otro nombre de Valcarlos
Desde 1998 Valcarlos no está solo. Luzaide, un topónimo local, encabeza hoy la denominación oficial, pese a que no haya estado nunca relacionado con ninguna población. Se conoce su existencia desde 1313, y debió de empezar como nombre del gran desfiladero de La Reclusa, relacionado directamente con el típico fenómeno de las turbulencias del aire que generan los espacios angostos intramontañosos. La traducción correcta es “aire angosto o viento de angosturas” que corre por las “ateas” (puertas, literalmente), que José María Iribarren definió como "gargantas o estrechuras de un valle". Hay algunas interpretaciones que pretenden derivarlo de "camino largo", concibiendo que de "aide" procede "bide", lo cual es una solución muy forzada. La distinción de territorios en esta parte norteña pirenaica debe quedar clara: El genuino Valcarlos es la parte comprendida en el llano francés de Arnéguy a las inmediaciones de St-Jean Pied de Port. El actual municipio navarro situado entre la frontera de Arnéguy-Pecocheta y el collado axial de Ibañeta sería el espacio del Luzaide local, que nunca estuvo relacionado con población alguna, insistimos.
Los montes del "Iter XXXIV"
en el Itinerario de Antonino
Pero la ruta natural de siempre por Valcarlos desde el llano de St-Jean Pied de Port conoció otra de carácter excepcional en el trazado de la vía romana XXXIV, según denominación posterior del “Itinerario de Antonino”, que arrancaba del “Imus Pyreneus” o Pirineo Bajo, ubicado en las inmediaciones del pueblo de St-Jean le Vieux y que por la aldea de St-Michel, atravesaba perpendicularmente el Pirineo en dirección a los pasos, a cada cual más alto, de Orisson, Leizar-Atheka, Itzandorre y Lepoeder, el más elevado, desde el que se divisaba Roncesvalles y desde el que se descendía a Ibañeta, unos 400 metros más bajo. A que tiempo corresponde la "Iter XXXIV", quienes la concibieron y quienes recurrieron a ella, se presta a imprecisiones y anacronismos. Lo es sostener que el invierno del 74 al 75 a.d.C. lo pasó el general Pompeyo, fundador de Pamplona, en el campamento militar levantado en terrenos de la futura Navarrería, donde el solar de la catedral, con el fin de mantenerse cerca de los pasos de Roncesvalles y recibir desde Aquitania los suministros que requería para proseguir las campañas guerreras contra el general Sertorio, sublevado en Osca, Huesca. Julio César aún no había concluido la conquista de las Galias. Faltaba Aquitania, lo que no ocurriría hasta el 55 a.d.C. tras someter Publio Craso a los últimos pueblos de la región, obligándolos a retroceder a las montañas pirenaicas. Malamente había posibilidad de trasportar mercancías. El acceso vendría muy pronto, constituyéndose en el primer paso transpirenaico que no existía tan a occidente, según opinión del historiador de Roma, Theodor Mommsen. Los primeros trabajos de medición debieron iniciarse bajo la dirección del general Marcus Vipsanius Agripa (63-12 a.d.C.), íntimo colaborador del emperador Augusto, famoso en Hispania por someter con toda crueldad e inmisericordia a los pueblos del Norte que se sublevaron enérgicamente mediante la táctica guerrillera entre los años comprendidos entre el 29 y el 19 a.d.C. Su prestigio en Roma le venía del entusiasmo que mostró siempre por las grandes obras públicas, no en vano estaba considerado el artífice de las vías que recorrían las Galias con centro en Lyon. Es revelador en ese sentido que Agripa, poco antes de guerrear en Hispania, estuviese destinado un año en Aquitania, entre el 39 y el 38 a.d.C., con la misión de sofocar los últimos coletazos rebeldes, periodo que coincide con el inicio de los trabajos de construcción de la vía interpirenaica. Trasladado precipitadamente a Roma, fue sustituido por el general Valerio Mesala Corvino en año 27 a.d.C., que también alcanzó renombre por haber sofocado los últimos alzamientos del lado norte del Pirineo, a las que acorraló finalmente en los barrancos del País de Soule o Zuberoa, una de las tres provincias vascofrancesas. Pero en aquella ocasión ya no se trataba de los últimos aquitanos insumisos, sino de vascones no romanizados, que llevaron a cabo asaltos rápidos y emboscados, presumiblemente sobre la legión que trabajaba en la apertura de la vía, en previsible oposición al trazado del camino militar que, en cualquier caso, iba a trastornar sus vidas cruzando los pastizales que frecuentaban desde la prehistoria.
Salvo aquellos incidentes, la vía tuvo que concluirse en tres años, entre el 27 a.d.C. en que toma la dirección Mesala Corvino, y el 24 a.d.C. de su inauguración, que coincide con la partida de Hispania para Aquitania de Augusto, el emperador de Roma durante cuyo mandato nació Jesucristo. César Augusto había entrado por el puerto marítimo de Tarragona con el propósito de dirigir personalmente desde tierras burgalesas las campañas del Norte peninsular, pero su hígado enfermo lo obligó a abandonar la guerra, y por Roncesvalles se cree que se trasladó a algún balneario, tal vez Dax o a algún otro de la comarca del Verán. El porqué de aquella decisión romana de alterar la ruta milenaria, pudo deberse al temor natural de las emboscadas en el desfiladero de Valcarlos a cargo de los indómitos aquitanos que tanto les costó someter. El camino por Lepoeder fue siempre arduo, difícil e inhóspito para el tránsito de grandes pueblos invasores. Lo fue también para la consolidación futura de las peregrinaciones, que nunca habría llegado de haberse mantenido activa la ruta alta. Aymeric Picaud se supone que fue de los últimos en hacer esa travesía, aunque por lo mismo que se sospecha pudo perfectamente acceder por Valcarlos como los demás en el siglo XII. He a continuación algunos apuntes de los parajes m ás relevantes de la alta travesía pirenaica.
La ardua travesía transpirenaica
La Vierge d’Orisson
El Pic Hostateguy (1.142) es un pico herboso, aledaño a la carretera, desde el que contemplar la imponente planta del macizo del Úrculu, el arco del collado Arnosteguy y las cimas del Bentarte y Leizar-Atheka, que constituyeron una clara barrera pirenaica respetada y temida antiguamente. El caminante atento a lo que hay en derredor, no tardará en distinguir un tramo de camino viejo, muy desdibujado por la incidencia de las aguas de escorrentía, que avanza cuesta arriba paralelo a la carretera. No es raro encontrarlos, aunque para ello suele necesitarse cierta perspectica aérea. Sobre un promontorio rocoso que se asoma al barranco destaca la figura de la Virgen con el Niño, vuelta de cara a Santiago, siempre rodeada de flores que depositan pastores y peregrinos y que tanto impresiona verla cercada por la niebla que sube por la hondonada hasta detenerse a sus pies. Ese lugar es el primer gran puerto que ha de acometer el peregrino para situarse plenamente en los pastizales neolíticos de Cize. Aún queda un trecho que recorrer hasta entrar en Navarra.
Elhursaro, donde una cruenta batalla
En las inmediaciones del Pic Château-Pignon (1.166), por donde pasa la estrecha carretera que sube de St-Jean Pied de Port y hoy camino jacobeo, se halla un paraje denominado Elhursaro -“suelo nevado”-, salpicado de dolinas e isleos rocosos, que debieron servir de parapetos de las tropas españolas que se enfrentaban con las francesas. El caminante de hoy debe al menos tener conocimiento de lo que significó el lugar y los muchos muertos que supuso. Era junio de 1793 cuando las fuerzas del general Ventura Caro iban a librar una cruenta batalla con las de la Convención Francesa al mando del general Moncey, que sufrió la peor parte: 4.000 bajas entre muertos y heridos. Las pérdidas españolas debieron ser mínimas. No hubo matanza general porque los invasores pudieron refugiarse en el antiguo reducto militar del Chaâteau-Pignon, atribuido al Duque de Alba del que quedan en pie sillares desperdigados y amontonados. Aquella invasión de 1793 sembró muerte y desolación por el norte de Navarra. A su paso por Roncesvalles perpetraron irracionales actos vandálicos, considerados acciones de desagravio por lo acaecido en el siglo VIII: “Destruyeron la Cruz de Roldán y comunican a su gobierno que han vengado una afrenta hecha antaño a la nación francesa”, había anotado Jaime del Burgo.
Todo había empezado a desquiciarse en el Pirineo cuatro años antes, en 1789, cuando triunfa la Revolución Francesa y los poderes del estado en Madrid y Pamplona deciden poner en marcha un “cordón militar en las fronteras por si llegaba la ocasión de intervenir”, señaló Florencio Idoate. Aquel plan preventivo consistió en abrir trincheras y caminos, cuando no clausurar otros. Todavía se ven parajes con huellas de aquellas medidas. Se llevó a cabo el atrincheramiento de las cimas desde el Lindux al Bentartea, pasando por Orzanzurieta y Astobizcar, que representaban “los pasos normales para toda ofensiva procedente de Francia” (Idoate). Y llegó el día en que la amenaza se hizo realidad. 20.000 españoles cerraron el Pirineo navarro. Otros tanto lo hicieron por Aragón y Cataluña. Los franceses eludieron la entrada por Valcarlos, conscientes de su peligrosidad. “El general Ventura Caro, después de ganar la batalla de Bentartea con la toma de Château-Pignon, debió de haber ocupado lógicamente San Juan de Pie de Puerto, pero no lo hizo" (Idoate).
El peñón de Urdanasburu
El Urdanasburu (1.233) es un "rocher", un peñón que emerge entre pastizales. En su amplia gruta suelen cobijarse caballos y ovejas los días de tormenta. Ahí sestean también en las horas más calurosas del verano hasta que el sol es menos implacable. El silencio apenas se interrumpe con el monótono murmullo de los rebaños. Al pie, la carretera se arquea para salvar un barranco que vierte a Valcarlos. El camino viejo, el romano, puede observarse como cruza ese espacio hundido, que cuelga como una cuerda destensada. Otro caso claro de retroceso de la cabecera del barranco por hundimiento uniforme del terreno.
El paso por Leizar-Atheka
La ladera herbosa del monte Leizar-Atheka (1.409) invita a su ascensión, fácil y cómoda, aunque malamente dispondrá de tiempo el peregrino que ha de llegar a Roncesvalles. Hay entornos históricos y paisajísticos que requieren su contemplación desde otras perspectivas. La cima es un afilado espinazo en el que se amontonan las rocas, que parecen depositadas una a una, pacientemente. El paisaje encara el norte. Es extenso y variado, confuso y caótico, tratándose de un macizo paleozoico. Valcarlos sigue siendo omnipresente, enmarcado por las cumbres de perfiles conocidos. Los pastizales se pierden por las pronunciadas quebradas, salpicadas con "cabanes" y rediles a los que se accede por caminos que se desprenden de la carretera, la nueva arteria que discurre entre un rosario de redondeados picos que se pueden recorrer como un camino más. La ladera norte del monte parece alargarse indefinidamente entre las cárcavas del Oillascoa, el gran barranco colector de todas las aguas de escorrentía. Los peñascos desprendidos, aplanados y ennegrecidos, semejan lápidas de un cementerio que acabó desmoronándose del espinazo cimero, que parece obra de un paciente apilamiento.
Collado axial de Bentartea
El collado de Bentartea, con una altitud de 1.337 m. supera la mayor parte de los montes de Navarra. Pero las altitudes, hoy como ayer, no representan nada para el montañero, que juzga las alturas por el grado de dificultad que entrañan para él. Más sugerente que ese dato es saber que la latitud N.43º 03' lo sitúa en el collado axial más septentrional de toda la cordillera pirenaica. Las constataciones de esta índole empiezan a ser frecuentes por esta parte del Pirineo, y el mero hecho de conocerlas infunden estímulo en el ánimo de ese caminante solitario que decae conforme se aleja de los parajes habitados y conocidos. Bentartea es un lugar perdido de la montaña, desarbolado, situado en una encrucijada de caminos antiguos y modernos, a unos 10 kms. de Roncesvalles, equivalentes a unas tres horas de caminata.
ELIZARRA, en la travesía del Changoa
Entre los collados Bentartea e Itzandorre discurre el viejo camino romano por trazado invariable desde el siglo I a.d.C. Es imposible haberlo desviado por otro sitio que no sea el hayedo de la alta ladera del monte Changoa. A su término, donde acaba el monte y aparece el Mendichipi, hay un paraje de profundo sabor rústico con la presencia de una borda, redil y manantial, que se conoce como Elizarra o Elizachar, que sigue concitando falsas interpretaciones. A unos pasos del camino, a mano izquierda conforme el caminante se dirige hacia Roncesvalles, puede verse un montón de piedras musgosas que delatan cierta disposición cuadrangular.
Lo más probable es que se trate de los restos de una antigua borda, pero hay empeño en considerar esas piedras vestigios de una capilla medieval de advocación desconocida, perteneciente a la parroquia de Valcarlos, pues el término municipal asciende hasta la cima del alargado monte axial. No se conoce referencia ninguna respecto a la existencia de una fábrica religiosa en ese paraje, casi el más inhóspito de la alta travesía pirenaica, el más sombrío, frío y envuelto en constantes nieblas, y todo aporque el paraje se llama "Elizarra", que así escrito no hay la menor duda que significa "iglesia vieja", referencia toponímica, por otra parte, muy frecuente en Navarra, que casi siempre desvela la existencia de antiguas parroquias de pueblos desaparecidos, pero nunca en las cotas más altas de la montaña. Menos verosímil es que fuera así en este hayedo del Changoa, máxime durante los siglos X y XI en que ni siquiera había en Ibañeta. Con mucha menos razón desde el siglo XII en adelante abierta a las peregrinaciones la ruta valcarlina.
A veces las cosas resultan más sencillas si se admite, como en este caso, que "Elizarra" puede ser corrupción de "lizarra", es decir “fresno”, fitónomo también muy frecuente que pasó a la toponimia rural por la asiduidad con que el ganado visitaba los parajes en que abundaba ese árbol imprescindible en su alimentación, y con los animales acudían los pastores, qque terminaban levantando bordas, que en no pocos casos pasaron a poblaciones con el nombre de "lizarraga" (fresneda). Otro caso idéntico aparece unos kilómetros antes en la ruta intrapirenaica a su paso por Leizar-Atheka, que traducido ya se ha dicho que es “puerta del fresno”, y aunque sin topónimos de esta índole, es fácil toparse con bordas viejas que la imaginación si lo pretende las convierte en ermitas perdidas.
El collado perdido de Itzandorre
Itzandorre es una angustiosa hoya que cierran las moles de Astobizcar, Orzanzurieta y Changoa, puro paisaje intrapirenaico que se puede admirar magníficamente desde el Mendichipi o Mendittipi (1.381). Desde esa perspectiva se entrevé la cara meridional del Changoa, que araña un pedregoso sendero que trepa en dirección al collado Bentartea. Hacia el sur, en todo lo alto, cuelga el arco destensado de Lepoeder sobre el que destaca el cerro Burriaguera. Comienza la última ascensión de los puertos, la más dura, hasta el balcón de Lepoeder. A la izquierda se alza la mole del Orzanzurieta, el monte más elevado de Roncesvalles, siempre al margen de la ruta. A la derecha, Astobizcar, por cuya ladera siguen rodando las blanquecinas cuarcitas silurianas, las piedras más antiguas del Pirineo, cuyo origen está en el mar que anegaba todos estos parajes hace millones de años.
Lepoeder, el puerto más alto
Lepoeder, no hay que dudarlo, simbolizó el primer "monxoi" de las tierras peninsulares. Ibañeta fue también "monte de la alegría" pese a carecer de paisaje hacia la vertiente roncesvaliana. Esa carencia la suplía con la emoción por culminar la ascensión de Valcarlos. La fuerza de estos "monxois" del Pirineo pudo ser igual a la experimentada en el universal "Mons Gaudii", "Montjoie" o "Monte do Gozo" compostelano, localizado en la cima del San Marcos. Hay lugares, sitios, enclaves, que en un tiempo tuvieron un significado, una trascendencia, y que en otro las circunstancias históricas hicieron cambiar de sino. El esplendor de la Colegiata y del hospital de peregrinos hizo enmudecer el collado en el que se gestó el Roncesvalles universal, Ibañeta, y éste a su vez acabó sepultando a Lepoeder, convertido desde el siglo XII en uno de los pasos de montaña más solitarios, exento siquiera de vestigios de monumentos o fábricas religiosas, salvo búnkers de hormigón medio enterrados. Lepoeder aparece en guías y relatos actuales traducido por "collado hermoso", y en verdad nunca nada hubo en ese paraje digno de ese calificativo. Lo es ciertamente el paisaje en la lontananza, pero los peregrinos primigenios eran incapaces de contemplar el mundo desde la perspectiva poético-lírica de un romántico, o desde la nacionalista exacerbada de un Campión o Iturralde y Suit, o desde la histórica-épica de un Sánchez Albornoz o Menéndez Pidal. Ignoraban incluso que en Roncesvalles hubiese acaecido una emboscada en la que pereció Roldán. Asomarse al balcón de Lepoeder era para ellos verse a la salida de lo más arduo del Pirineo, porque éste se consideraba que no concluía hasta las cuencas prepirenaicas de Pamplona y Aoiz-Lumbier, donde ciertamente los contrafuertes separadores de valles se deshacen por entre extensos campos de trigales.
Siempre es arriesgado aventurar significados acerca de términos descriptivos en vascuence antiguo, perdidos conceptos y modos de expresión populares y pasado el esplendor del pastoreo al que tanto deben los distintos elementos de un entorno, pero considerar el topónimo Lepoeder equivalente a "collado hermoso" es ignorar que "lepo" (cuello o collado) no se combina aquí con "eder", sino propiamente con "adar", que alude a arco, cuerno e incluso "bulto", asimilándolo de esta manera al cerro que se alza en el collado al lado de la vía romana, el Burriaguera que corona un búnker, en otro tiempo posible única referencia reseñable para los pastores que contemplaban la silueta del collado desde parajes distantes de la vertiente norte.
De Lepoeder a Ibañeta. La ruta romana
No obstante, hay empeño en desviarla por el hayedo del monte Donsimon que desciende directamente a Roncesvalles. La fiebre por los caminos viejos se acrecentó en los últimos años con el auge de las peregrinaciones a Santiago y los intentos por prestigiar la trastabillada ruta, dotándola de autenticidad y exotismo, de caminos tendidos por paisajes de gran belleza y tupidos bosques, evitando carreteras y entornos fabriles. Al llegar al paso de Lepoeder, la vía romana y el primitivo camino jacobeo, emprendían el descenso de cuatro kilómetros por los lomos del Astobizcar en dirección a Ibañeta, unos 400 metros más bajo, que era paso ineludible, no en vano fue “Summus Pyreneus”.
El camino que va por Donsimon, del que apenas quedan vestigios, se pretende concederle una trascendencia que nunca tuvo. ¿Qué tiene de especial? Que en su día deslumbrase al ilustre Don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), que visitó los lugares relacionados con la "Canción de Roldán". Estuvo en Lepoeder, probablemente tras ascender por el camino del monte. En el alto determinó sin más que era el lugar de ubicación de la "Crux Caroli", la cruz legendaria que no existió en ninguna parte. También, sobre todo, que en ese collado Roldán partió la roca con la espada "Durandal" y que el escenario de la emboscada coincidía con la subida por el Donsimon. "Lo más probable es que el desastre del 778 ocurriese, no en el camino que va de las estribaciones de Astobizcar al puerto de Ibañeta, sino en la calzada que va de la falda de Astobizcar al lado oriental de Don Simón".
Algunos dan por hecho que es tramo de origen romano. Pudo ser en un principio,. Sus constructores debieron descartarlo enseguida percatándose de los riesgos e inconvenientes que entrañaba la fuerte pendiente para el tránsito de mercancías con carros y animales de tracción. No hay que descartar tampoco que no fuese ni siquiera romano y sí ruta de la artillería del Duque de Alba en 1512, que los azadoneros enviados previamente pudieron acondicionar.1512. Luis Correa, el cronista de aquella expedición a Basse-Navarre, refirió los ímprobos esfuerzos que hubo que vencer en un monte de Roncesvalles, que no menciona, tan empinado que "casi enhiestos caminaban, pues ni añadidas azémilas a cada tiro podían tirar por el gran embargo de lodos venidas las aguas", acaso lluvias torrenciales encauzadas en el camino de la ladera del Donsimon.
El collado de Ibañeta en la historia
Ibañeta al amanecer, cuando aún la vida de los valles permanece dormida, es silencio y recogimiento en cualquier estación del año. Las nieblas de Valcarlos son frecuentes y pertinaces, y aunque las más de las veces se detienen a mitad de puerto, otras rebasan el collado y descienden enredadas entre las hayas, hasta envolver las casas e iglesias del lugar de Roncesvalles, cabecera de la llanada que ensalzó la canción de gesta. En días así, las miles de aves migratorias centroeuropeas que se desplazan hacia el sur peninsular han de permanecer a la espera en los campos franceses. La visita a Ibañeta en la fría mañana puede resultar sublime si uno cree identificar, aquí y allá, las escenas más solemnes de los escritos medievales, que flotan entre auras del legendarismo omnipresente desde el siglo IX a los literatos románticos. Las rachas de aire abren algunos claros por los que se cuela el sol que asoma por el Altobiscar. El invierno se deja notar con intensidad. Las heladas, cuando el viento sopla de norte, congelan las ramas peladas de las hayas, de las que penden cristales brillantes que tintinean al menor movimiento del aire y que acaban desprendiéndose con los primeros rayos del sol. También amanecen escarchadas las cruces que van depositando los peregrinos de los xacobeos, que enmohecidas con la humedad, se ennegrecen y pudren cual la hojarasca de los hayedos, acumulada otoño tras otoño. El prado del collado, que se vence hacia Roncesvalles, es un manto blanquecino en el que crujen las pisadas. Hay mañanas de silencio que permiten oír el paso de los caballos de humeantes lomos que cruzan de un monte a otro...
Ibañeta era el “Summus Pyreneus”, que no era para los romanos el paso más alto, sino el de mayor categoría. Por el hallazgo en el collado de un pedazo de ara votiva, pudo existir un templo dedicado al "Sol Invicto", Mithra, dios supremo que unificó a los demás dioses en el siglo III, con lo cual se trataría de la primera fábrica del collado. Ibañeta para los peregrinos fue sumopuerto de la travesía pirenaica que tanta indecisión y temor tenía que infundir. Nunca se sabrá cuanta gente en el último momento decidió no cruzar los montes y volverse para sus pueblos; muchos porque ni siquiera imaginaban que se encontrarían en la vertiente de Roncesvalles. No tiene nada de extraño que desde un principio hubiese interés en que Ibañeta contase con medios de ayuda y estímulo. Las primeras alusiones al collado proceden de los anales y crónicas francas del siglo IX, que lo calificaban de "iugum", "summitas montis", "vertice montis", "summi montis" y "celso monte", siempre desde la perspectiva de la hondonada valcarlina y pensando en el desencadenamiento de la emboscada desde un lugar elevado. Imágenes de horror y muerte que llevaron consigo los supervivientes y que no tardaron en llegar a oídos de monasterios y cronistas. El paroxismo de las alturas roncesvalianas lo alcanzó el llamado Astrónomo Lemosín (siglo X), capaz de concebir un monte tan alto que "quien lo sube le parece que toca el cielo", y que tres siglos después, con no menos sorpresa, no tuvo ningún reparo en hacer suyo Aymeric Picaud, aunque sin aclarar a qué monte exacto se refería.
Roldán murió en Rencesvals.
El collado Ibañeta
La copia de la “Chanson de Roland” que se conserva en el llamado “Manuscrito de Oxford”, compuesta por 4002 versos agrupados en estrofas, describe la partida carolingia hacia tierras aquitanas y el descalabro de la retaguardia que mandaba el conde Roldán, no en una emboscada sino en una batalla que no hubo nunca. Cuanto acaeció en Roncesvalles se atuvo a los deseos de Turoldus de concebir otros escenarios y otros enemigos, catapultados por la orla legendarista medieval, la imaginación de los juglares y el profundo afán moralizador de los monasterios. La canción de gesta desarrolla las escenas culminantes y más dramáticas con rapidez. Carlomagno llega al Pirineo y detiene la marcha en el collado de Ibañeta. Amanece el día 15 y se dispone a partir. El rey, a la vista de la hondonada de Valcarlos, exclama: “Veed los puertos y los angostos pasajes”. Roldán le responde: “Atravesad los puertos con plena confianza”. La vanguardia se pone en movimiento mientras la retaguardia se reparte entre el collado y la llanada. De pronto alguien anuncia que por la llanada cispirenaica cabalga un ejército sarraceno, que manda Marsilio. Roldán decide que hay que ir al encuentro del enemigo. Se enfrentan los ejércitos y llega la estrepitosa derrota franca por inferioridad numérica. El héroe, herido de gravedad en el último combate, logra abandonar el campo y encaramarse de nuevo al collado de Ibañeta, y desde el cerro que lo corona hace sonar el olifante que avise al rey. La escena se desarrolla en Rencesvals, un monte, mera transposición toponímica del Roncesvalles que se hizo extensible a la llanada hasta la villa de Burguete. Roldán, herido de muerte, “corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante. Siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un abrupto altozano con el rostro vuelto hacia España. Roldán ha muerto”.
Las emboscadas pasaron; la losa del tiempo se echó encima y el ámbito de los puertos y desfiladeros de Roncesvalles se encerró en silencio secular. Pero algo extraordinario aconteció en Galicia: el hallazgo milagroso del Apóstol Santiago que determinó el surgimiento de las peregrinaciones, tímidas, muy tímidas durante los siglos X y XI, cuando la gente entraba entonces por los puertos pirenaicos del Somport en Huesca y de Roncesvalles por la alta vía romana que del alto de Lepoeder descendía a Ibañeta. La primera edificación de que se tiene noticia en Ibañeta se remonta a 1071, que según José María Lacarra se trataría del "primer núcleo documentalmente conocido de lo que había de ser el gran hospital de Roncesvalles y la mención más antigua que encontramos de un santuario en este paso del Pirineo". Aquella fábrica se debe al rey asesinado Sancho Garcés IV, llamado “el de Peñalén”, que reinó de 1054 a 1076, que promovió el “Muy noble y real monasterio de Sancti Salvatoris de Ybenieta” que puso en manos de Fortunio, obispo de Álava entre 1067 y 1087 y abad de San Salvador de Leire, pero que 39 años más tarde, en 1110, habría de pasar al todopoderoso monasterio de Leire, que se hacía cargo “in portu de Auriç unum monasterium quod uocatur Sanctus Salvador”.
La donación era una de las muchas que hicieron a Leyre la infanta Ermesinda y su esposo Fortún Sánchez de Yárnoz, hermana y cuñado del rey asesinado. En 1127 cambian los reyes, cambian los obispos, cambian propósitos e intenciones, y vuelve a refundarse lo que ya existía en Ibañeta. Sancho Larrosa (1124-1142), obispo de Pamplona decide edificar un nuevo hospital a imagen y semejanza del floreciente que existía en el paso de Somport desde hacía 27 años, desde 1110. El acta fundacional precisaba entre la realidad y lo legendario: “Yo, Sancho, pecador… edifico al presente una casa para hospedar a los peregrinos en la cumbre del monte llamado Ronsasvals, junto a la capilla de Carlomagno, famosísimo rey de los francos...” (In vertice montis qui dicitur Ronsasvals). ¿Era aquella fábrica la misma que había alzado Sancho el de Peñalén, o por el contrario se daba a entender que se había construido una nueva en las inmediaciones y se le otorgaba oportunos visos legendarios a la ya existente?
Aymeric Picaud, que pasó a Navarra por esos años, bien pudo ser testigo de excepción y toparse con aquellas edificaciones: bien con las ruinas de una o bien con la nueva que citaba el obispo, pero aquel personaje no hizo más que añadir confusión y más legendarismo, entre otras razones por sus oscuras localizaciones topográficas: “En el descenso del monte se encuentra el hospital y la iglesia de Roldán donde está el peñasco que el poderoso héroe Roldán partió con su espada de arriba abajo y de tres golpes... De tres tajos hendió un peñasco sobre el que se levanta una iglesia tras la cual viene la villa de Roncesvalles”. Mucho se ha debatido al respecto. Se ha dicho que Picaud se refería claramente al “pie de puerto” por lo que la fábrica a la que aludía tenía que estar en el llano, en el lugar del Roncesvalles universal. Pero en verdad en el llano sólo podía haber bosques, vaguadas y vegetación embastecida. Lo único construido y hasta cierto punto habitado estaría en “la villa de Roncesvalles” que citaba, que los conocedores de la historia de Navarra saben que aquel lugar era el Burgo de Roncesvalles, el actual Burguete, cuatro kilómetros más al sur, donde sí existió al poco de pasar Picaud una institución de acogida, en la que hay que detenerse para aclarar la confusión en la que se sigue cayendo. Jamás pudo ver la roca partida genuina, a la que nadie prestaría atención entre tantas desperdigadas por Ibañeta. Si había alguna expuesta a la vista de los caminantes, no debe haber ninguna duda en que tenía que ser idea de los monjes, dispuestos a falsear la realidad con tal de promocionar las peregrinaciones.
En la documentación de Navarra, la más antigua mención corresponde a 1101 como Ronzasvals, en la que se refiere la fundación de un hospital por el conde de Sancho Sánchez de Erro en el centro geográfico de la llanada, la “Ecclesiam et elemosinariam de Ronzasvals” sita en “villam de Ronzasvals”. En un testamento anónimo constaba que el conde de Erro era dueño del “albergariam de Ronçisuallis”. Ronzisualle era la grafía toponímica que citaba el “Codex Calixtinus”. En 1151, por una bula de Eugenio III se tiene noticia de que la iglesia de Ronzisualle pasaba a depender del monasterio oscense de Santa Cristina de Somport. Poca o ninguna trascendencia tuvo aquella institución, tal vez por alejada del pie del puerto. En Ibañeta, el hospital del obispo Larrosa del año 1127, tampoco estaba destinado a perdurar. Las causas para su traslado pudieron estar en la dureza de la vida en el collado, inhóspito entre nevadas, vientos gélidos, nieblas, tormentas, falto de agua y sin posibilidad de cultivar nada, por lo que a los cinco años de su erección se decidió trasladarlo al llano. Iba a nacer el nuevo y definitivo enclave de Roncesvalles, que habría de chocar desde el primer momento con el genuino de la villa del Burgo de Roncesvalles. “Se trasladaron los edificios abaxo, al pie de la sierra” (Juan de Huarte), es decir, “ad radicem maximi montis Pirenei”, matizaba con magnificencia el códice anónimo “La Preciosa”.
Pero aquel nuevo hospital del no hay la menor referencia arquitectónica, ni siquiera su ubicación, iba a ganar fama muy pronto, “favorecido por reyes, nobles, papas, eclesiásticos y gentes” (Jimeno Jurío), que hizo que en sólo dos años, en 1134, fuese dotado con una partida de bienes procedentes del cabildo de la catedral Pamplona. Pero cuál sería su emplazamiento. “La Preciosa” indicaba “ad radicem maximi montis Pirenei”, y “ad” correspondía a “junto a…” o “hacia…” Nadie se atreve a indicar el lugar exacto, aunque se sospecha que pudo ser el solar de cuidado césped frente a la iglesia-colegiata de Santa María, donde hay claros vestigios de arcos fajones de acentuada curvatura, que pudieron sostener una techumbre alta y pesada, y una puerta tapiada, acaso del acceso principal de cara al monte, mucho antes de que se interpusiese la Casa de Beneficiados. Se desconocen medidas y estilo arquitectónico, aunque es factible que fuesen similares a las de Itzandegía, el hospital que pudo sustituirlo en sus funciones. A los dos años de su erección, en 1134, Sancho Larrosa, a ruegos del nuevo rey de Navarra, García Ramírez el Restaurador -que mostró desde el primer momento un gran interés por Roncesvalles-, fue favorable a seguir manteniendo el “sustento del hospital y su misión de hospedar a cuantos peregrinos vengan”. (Ad sustentationem hospitalium huius hospici atque aliquantulam refectionem peregrinorum inde transeuntium”. Se dispuso en 1135 por el obispo y el prior Ponce, y en 1137 por el prior Adeodato, que como los bienes provenían del cabildo de Pamplona, Roncesvalles debía de tener a su cargo una comunidad de canónigos regulares de San Agustín. Al frente del mismo se puso el longevo prior Sancho. En 1137 se confirmaron las donaciones del hospital recurriendo al Papa Inocencio II, que determinó que Roncesvalles quedase bajo su entera protección. “La Preciosa” difundió sus mayores loas: “La casa para todos está abierta la puerta. A enfermos y a sanos. No sólo a católicos, sino a paganos, judíos, herejes y vagabundos. En ella se lavan los pies a los hombres. Se les hace la barba, se les corta los cabellos. Aquí se atiende con mucho cuidado a los que caen enfermos”. Pero la imprecisión, las lagunas, asoman de nuevo en Roncesvalles. Los parabienes del poema podían ir dirigidos tanto a la institución promovida por el obispo como a la del rey Sancho VII que por el siglo XIII habría de alzarse. “Verum strenuissimus vir, Rex navarrorum, construxit ecclesiam hic peregrinorum”, e incluso a la que promovió el rey sucesor Teobaldo I, que es quien precisamente tomó en 1234 al hospital bajo su protección, por la caridad y el buen trato que dispensaba a los peregrinos más pobres. “Attendentes charitatem permaximan que pauperibus et infirmis benigniter exhibetur in hospitali Roscidevallis, sicut fama per orbem predicat universum”.

Ibañeta al cabo del tiempo...
“Los edificios inmediatos a San Salvador irían reduciéndose poco a poco hasta desempeñar oficios subalternos y de mero desahogo”, escribió Campión. Del mismo modo pensaba el canónigo erudito de Bayona, Jean Baptiste Daranatz: “En el siglo XII, Ibañeta estaba deshabitado. No había monasterio, ni monjes ni orden religiosa ni orden militar”. En Ibañeta, tras el desmantelamiento de 1127, debió de quedar al menos una sencilla iglesia que actuaba como refugio de caminantes y de la cual vuelve a hablarse en el siglo XVI. Las referencias escritas nunca dejaron de constatar que en el puerto había algo, aunque posiblemente mucho menos de lo que suponían. Se decía que la diócesis de Bayona comprendía Valcarlos hasta la “ecclesia Sancti Salvatoris Summi Portus”. Otro escrito de 1406 decía que Valcarlos terminaba por el sur en “la iglesia-basílica de Sant Salvador de Yueynieta.” Lo que allí quedó se vino abajo por falta de cuidados. Ibañeta fue siempre lugar inhóspito.
En muy mal estado la había encontrado Martín de Córdoba en 1586, reinando en España Felipe II; un curioso personaje que un día se presenta en Navarra como “el muy ilustre licenciado, visitador y reformador Apostólico y Real”, tras dejar un documentado informe en el que se decía: “Hay una ermita en la cumbre de los Pirineos llamada San Salvador de Ibañeta, la cual parece fue el primer edificio y principio del hospital de Roncesvalles, para recoger allí a los pobres peregrinos que pasaban y pasan, y porque dicha ermita estaba derruida, la hubimos mandado reparar y que se pusiese una campana en ella, la cual mandamos que el ermitaño que en la dicha ermita está y estuviese, taña desde que anochezca hasta una hora de la noche cada día para guía de caminantes y peregrinos que en los dichos montes les anocheciese, lo cual haga en todo tiempo del año". Diminuta campana que hoy está en la espadaña de la iglesia de Santiago.
En buen estado tras la reparación aún estaba un siglo más tarde, en 1673, pues nada malo advirtió Domenico Laffi: "Antes de abandonar la cima de los altos Pirineos, que con tanto esfuerzo habíamos escalado, reposamos en la capilla. En ella vimos una multitud de figuras y esculturas antiguas y algunas inscripciones borradas por el tiempo". Probablemente, sencillas donaciones y muestras de agradecimiento de peregrinos escritas en los muros por las mismas razones que expresó el italiano: "Dar gracias a Dios por habernos conducido sanos y salvos". No fueron en aquella ocasión las severidades del clima las causas de la destrucción de la edificación de Ibañeta, sino la barbarie y el fanatismo humanos que se encargaron de que no llegase al siglo XIX. Las tropas de la Convención Francesa que invadieron Navarra en 1794 las echaron abajo para “desagraviar”, se dijo, la matanza de la retaguardia carolingia al mando de Roldán. En ruinas la encontró entonces el filólogo alemán Wilhelm von Humboldt (1767-1835) en su segundo viaje por las regiones pirenaicas.
Y de nuevo llegó su reconstrucción, a tenor de los comentarios del ilustre arqueólogo e incansable descubridor de monumentos en España, Pedro de Madrazo (1816-1898): “En un rellano existe un edificio de insignificante arquitectura, robustecido con contrafuertes, cuyo campanario claramente denota su carácter de construcción religiosa del siglo XVI.” También por aquellos años pudo admirarla intacta el periodista y escritor catalán Juan Mañé y Flaquer (1823-1901), cuyas formas plasmó en un dibujo a plumilla. No faltó tampoco la descripción insólita de Pascual Madoz (1806-1870), jugando con la ubicación de la capilla entre las dos vertientes principales de aguas: "Las goteras que caen del tejado norte de dicha ermita, unidas con las aguas de las fuentes, siguen su curso por Valcarlos y San Juan (Pie de Puerto) hasta el océano, y las que caen al sur se juntan a la inmediata fuente, origen del río de Roncesvalles, y se dirigen al Mediterráneo". Pero el destino final de la capilla llegó con el incendio que la destruyó en 1881, provocado por unos arrieros que en ella pernoctaban, lo que demuestra que ya por entonces poco o nada quedaba en pie de las peregrinaciones a Santiago. Otros autores como José María Lacarra refieren que el incendio se produjo en 1884 y que lo provocó “una imprudencia de los soldados que formaban un cordón sanitario”, lo cual no parece concordar con lo que anotó en otro momento: “En 1882 no había sido reedificada todavía, pues ‘solamente se hizo un cubierto para los pasajeros, y aun este necesita de reparos continuos por los vientos recios, humedades y nevadas que allí caen’, según dicen en un informe los canteros y carpinteros en el pleito entre Roncesvalles y la Inclusa de Pamplona”. En 1934, tras llevarse a cabo unas excavaciones en la vieja cimentación de la capilla, fueron exhumados varios esqueletos. Aquello fue suficiente para que Radio París anunciase que se trataba de los Pares de Francia muertos en la emboscada. El paroxismo llegó a tal extremo que, según contaba Lacarra, hubo quien fue capaz de identificar "el cráneo de Roldán, por cuya posesión habían de pelear violentamente dos franceses en San Juan de Pie de Puerto". José María Jimeno Jurío refirió que en “la excavación de 1934 aparecieron bajo la cimentación del templo románico docenas de esqueletos de hombres, mujeres y niños.”
Hallazgo de esqueletos en Ibañeta
“Sobre las apasionadas divergencias locales que levantó nuestro propósito, pesó, aplastándolas, una disputa europea ocasionada por un incidente que fue así. En el alto de Ibañeta, al borde mismo de la carretera que baja como un latigazo en el aire hasta Francia, están las ruinas de las ruinas de la que desde el siglo XI se llama en escritos de autenticidad indudable, capilla de Carlomagno y de Roldán. De su primera traza no tenemos vestigio alguno. Un par de medianos grabados nos dicen cómo era antes del incendio de 1885. Ahora solo quedan cuatro paredes derruidas de mampostería menuda sin ningún orrnamento. La planta está dividida en dos mitades por un resto de cimiento transversal. Nunca se habían hecho en ella excavaciones.
El ilustrado canónigo de la colegiata Agapito Martínez Alegría solicitó permiso y ayuda económica para excavar el suelo terreo y pedregoso de la capilla. A pocos golpes de los picos quedaron descubiertos hasta doce esqueletos completos, aunque con los cráneos destrozados los más, en posición de reposo eterno, los brazos cruzados sobre el pecho y orientados en el mismo sentido, sin ninguna separación de piedra o ladrillo o lecho especialmente preparado para cada uno. Los cimientos de las paredes y de la faja transversal citada, montaban sobre algunos de estos esqueletos, es decir que no se trataba de cuerpos depositados en una capillita sino en tierra libre sobre la cual se había edificado. Algunos sillares de la primitiva construcción, que caían sobre los huesos, demostraban la antigüedad del yacimiento. Su orientación no ritual, la ausencia de crucecitas metálicas, etc., rechazan la posibilidad de que se trate de enterramiento de monjes, de lo que tampoco hay mención escrita en los archivos de la colegiata. ¿Por qué haber enterrado una docena de estos en una sesión? ¿Por qué tendrían todos ellos la edad viril que se demuestra por los dientes y suturas óseas de los esqueletos? Comenzaron entonces las peregrinaciones de curiosos y devotos de la «dulce Francia» y los hurtos de «reliquias» que obligaron a poner guardia.” Pero el collado de Ibañeta no podía permanecer sin capilla de San Salvador. Un lugar tan especial requería alguna fábrica, y se construyó la última hasta hoy, que habría de inaugurarse el Año Santo de 1965. “En 1965 sólo quedaba un informe montón de piedras… Se construyó una nueva ermita con una campana exenta que suelen hacer sonar los visitantes en recuerdo de la primitiva que se trasladó a la iglesia de Santiago” (Jaime del Burgo).
Las cruces que clavan los peregrinos
Aymeric Picaud, cuando llegó al collado de Ibañeta, se encontró con que los peregrinos dejaban "clavadas unas cruces, estandartes del Señor, tras hincarse allí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago". Las razones, que no aclara, pudieron tener que ver con una muestra de agradecimiento por haber podido alcanzar sanos y salvos la cima del Pirineo que tanto se temía, la cima del collado de Ibañeta. Otra razón más concreta y particular, a juicio de Jimeno Jurío, pudo tener que ver con el gesto de recuerdo de los soldados carolingios muertos en las dos grandes emboscadas de Valcarlos, lo cual es muy factible. Esa costumbre empezó a revivirse hoy con el auge de los Xacobeos. La gente vuelve a hincar con fervor toscas cruces hechas con ramas y palos, atadas de cualquier modo, incluso con envoltorios plásticos. Las entierran todo lo que pueden con la ayuda de piedras; se aprecia en algunas el impacto de los golpes; otras quedan astilladas…
Suelen verse en ellas mensajes escritos o pintados, deseos, fechas, nombres… Las dejan sobre el lomo abombado y herboso de un búnker enterrado que se halla frente al ábside de la capilla de San Salvador. También en el cerro junto al monolito de Roldán, o al lado de la estela de la Virgen. En el altar exterior de la capilla de San Salvador. Otros optan por ramilletes de flores silvestres y ramas de las hayas. Así, sencillas y humildes, cómo impresiona verlas escarchadas por el viento gélido de Valcarlos esos amaneceres de enero, o pudriéndose día tras día con la humedad de las nieblas, ladeadas por el viento que envía el desfiladero. Las cruces forman ya parte entrañable de Ibañeta.
Descenso de Ibañeta a Roncesvalles.
"Les Porz d'Espaigne".
El barranco de bajada de Ibañeta a Roncesvalles ni siquiera fue aludido por anales y crónicas del siglo IX. Sí en cambio por la Chanson de Roland y la Historia Turpini que ya habían desdoblado los escenarios, uno el ineludible de Valcarlos que culminaba en un lugar cimero (Ibañeta), y otro imaginado, el barranco que fue considerado “Porz d’Espaigne” y que conducía al campo de batalla de la llanada. Roldán, cuando tuvo noticia de que un ejército sarraceno se acercaba al puerto por el sur, monta en su caballo y se dirige con su gente a hacerles frente. Era aquel en definitiva el esfuerzo mayor que tuvo que hacer el autor del poema épico, Turoldus, para sacar a Roldán del escenario verdadero de su muerte (Ibañeta) y situarlo donde él había concebido el desastre carolingio de Roncesvalles, porque como sostenía Menéndez Pidal un ejército de aquella magnitud y tratándose además de Carlomagno, no podía perecer de mala manera en la emboscada de un desfiladero. Necesitaba una batalla como la de Hastings en el sureste de Inglaterra. José María Lacarra plasmó una localización de la emboscada en este barranco, que no es verosímil: "La retaguardia o segunda columna pudo muy bien ser sorprendida por los vascones que descendieran del monte Guirizu hacia la ladera del Arrañosin, aprovechando la espesura del hayedo (opacitas silvarum) de que habla Eginhardo". No se había percatado el historiador estellés que la peligrosidad del Guirizu es realmente pequeña desde la vertiente que baja a Roncesvalles y que el barranco en sí era demasiado pequeño para copar enteramente a un ejército de varios miles de hombres, caballos y pesados carros, que hubieran podido hacerse fuertes saliendo al llano.
La partida del collado hacia el sur suponía el descenso por la primera ladera peninsular del Pirineo axial, la clase de sensaciones que buscaban los peregrinos, ansiosos por dejar atrás la montaña y distinguir enseguida las primeras casas de Roncesvalles. Domenico Laffi lo dejó claro al salir del collado: "Abandonamos la capilla y empezamos a descender como un cuarto de legua hasta que descubrimos el Roncesvalles tan anhelado por nosotros, lo que nos causó tanta mayor alegría cuanto más inesperado, porque estando cubierto de montes y abundantes árboles, cuando creíamos hallarnos muy lejos, nos encontramos encima mismo de sus puertas".
El descenso es rápido y corto por la gran diferencia de las dos vertientes principales. Subir Valcarlos supone unos 20 kms. con un desnivel de 1.000 metros. Descender a Roncesvalles, algo más de dos kilómetros con un desnivel de 112 m. El enclave se halla a 950 m. Monte arriba o monte abajo, el recorrido es un delicioso paseo, único por permitir saborear enteramente un barranco pirenaico con todos sus elementos de vida a pleno rendimiento: regatas que se forman, arroyos torrenciales, misterio y encantamiento de los hayedos, elevadas laderas que hacen pensar en ataques emboscados, caminos con vestigios de antiguos, raíces descarnadas, grutas que desentrañan el macizo paleozoico, figuras zoomorfas entre las hayas... Por una de las dos vertientes en cuña del barranco tuvo que trazarse la vía romana, pero por asombroso que parezca en espacio tan reducido, se ignora por cual. A ratos aparecen vestigios firmes de lo que podría ser trazado antiguo, pero enseguida se pierde entre la hojarasca, la hierba, los hundimientos parciales del terreno, o simplemente bajo el asfalto. Camino íntegro, el único entero del puerto al llano, ancho y herboso, lo hallamos en la ladera izquierda del barranco, que sale directamente al vallecito del Arrañosin a unos cientos de metros del enclave.
Roncesvalles, ese lugar al pie del Pirineo
Roncesvalles es un diminuto lugar de Navarra adosado al Pirineo axial, cual si buscase mayor protección ante las inclemencias que vienen de Francia. Su población tiene un censo de 32 personas repartidas en 14 edificaciones, entre religiosas y particulares. Hace cinco siglos eran ochenta personas y a mediados del s. XIX, noventa que se distribuían en “34 casas que forman dos calles y una plaza” (Pascual Madoz). Roncesvalles, cabecera pirenaica de vertiente mediterránea, limita al N. con Valcarlos, al E. con Aézcoa y al S. y O. con Burguete. Las descripciones de antaño son esclarecedoras acerca de cómo era el lugar. “Está en lo más inaccesible y fragoso del Reyno; en una montaña estéril y desierta, adonde se lleva todo con grande costa y trabajo”, anotó en 1660 el canónigo hospitalero Martín Burges de Elizondo. “Se halla en el extremo norte de la igualísima llanura que corre por cuatro millas de poniente a oriente” (José de Moret) y “al pie del Pirineo a ¼ de leg. de su cima por el S., en la garganta misma y camino de Pamplona a San Juan Pie de Puerto, en medio de una pequeña llanura rodeada de cerros de alguna elevación” (Pascual Madoz)…
Aún no ha amanecido. Roncesvalles duerme. Sólo las farolas permanecen encendidas. Hay silencio y recogimiento. Ya empiezan a verse ventanas iluminadas. Las empinadas techumbres grises de latón se recortan brillantes. Ha llovido durante la noche, hace frío y una suave neblina desciende enredada entre las hayas. Los tonos plomizos del cielo y las piedras mojadas de las calles crean el marco apropiado para ese ámbito deseado y hallado. Roncesvalles se mece entre arrobadoras ensoñaciones de peregrinos que se ponen en camino. La significación del lugar hubo de provocar impresiones románticas de los intelectuales, como Josep Bédier (1864-1938), capaz de ver “praderas, bosquecillos de hermosas hayas, aguas corrientes, en donde los viajeros experimentan el inesperado aspecto, ni grandioso ni salvaje, pero sí sonriente y apacible del paisaje”, o como Arturo Campión (1854-1937), descubridor “del verdor delicadísimo y vivísimo de las hierbas y los árboles, siempre embebidos en rocío.”
Roncesvalles constituye hoy más que nunca un enclave primordial de las peregrinaciones merced al auge que los Xacobeos han infundido a un Camino de Santiago que languidecía desde el siglo XVII. No sólo siguen aumentando los caminantes que parten hacia Santiago desde el recinto navarro, sino que cada vez son más los que lo hacen desde St-Jean-Pied-de-Port al otro lado del Pirineo. Pero Roncesvalles representa mucho más que un enclave de iglesias, mausoleos reales y hospitales de peregrinos de tradición legendaria; mucho más incluso que un ámbito de magnas evocaciones carolingias y muertes trascendentes en defensa de la cristiandad. Roncesvalles es sobre todo paisaje entreverado de arrobadoras ensoñaciones, cuales las que se derivan del Astrónomo Lemosín en el siglo IX y de Aymeric Picaud en el siglo XII, acerca de cierto monte cuya "altura es tanta que parece que toca el cielo". Cuántos, desde escritores románticos a eruditos, buscaron en vano ese monte por las alturas de Bentartea, Astobiscar y Úrculu, sin percatarse de que aquélla no era una estimación topográfica, sino la consecuencia de la permanente legendarización urdida por los peregrinos en torno al collado Ibañeta -otrora, "Mons Rencesvals"-, que encarnaba el fin de las penurias e incertidumbres ante la vacuidad de un destino que se vislumbraba lejano y oscuro hasta ese instante.
Capilla y cripta del Sancti Spiritus (s. XII)
Está considerada la fábrica más misteriosa de Roncesvalles por su cometido funerario. También es la más antigua, del siglo XII. Su aura de enigma y misterio surgió por primera vez en el poema “La Preciosa”: “Como dicho templo se halla destinado a recibir muertos, carnario es llamado. Que legiones de ángeles lo hayan visitado, por dichos de muchos resulta probado”. “Tiene una bella cúpula en pirámide que lleva en lo alto una hermosa cruz”, había anotado el peregrino boloñés Domenico Laffi a su paso por Roncesvalles en 1670. La estructura debía de ser muy parecida a la actual. La techumbre a cuatro aguas se cubre con lajas calizas escamadas, que le confieren un recio aspecto. No hace tantos años eran tejas. Otra cubierta menor de idénticas características, que coincide con las proporciones originales de la capilla, acaba en una pequeña cruz florenzada sobre base cónica truncada.
En esa capilla exenta se oficiaban misas por los peregrinos fallecidos en el hospital, y posteriormente eran arrojados sus restos al osario de la parte inferior, enmarcado por cuatro toscos muros de mampostería, cuyo perímetro rondaría los 10 x 10metros, que se cubrió con una bóveda achatada que sobresale al exterior casi dos metros. Un ventanal cuadrado abierto en uno de los muros permite distinguir apenas el fondo oscuro del recinto funerario. La bóveda acabó rodeada de cuatro gruesos pilares, en los que se apoyan los arcos que dieron lugar a la capilla exenta, cuadrada de 10 x 10 m. Hacia 1612 se decidió enmarcar el conjunto bajo un claustro de 22 arcos de piedra de medio punto, enrejados y amurados hasta su mitad, ocho por la parte frontal –dos de ellos de acceso- y siete por los lados, siendo el trasero, ciego. Hubo un tiempo en que esos arcos estaban cerrados a cal y canto, como recordaba Lacarra: “Una arquería ciega rodea la capilla, desfigurando el conjunto”.
Excepto en la entrada, los otros tres pasillos del recinto se caracterizan por la presencia de grandes losas grisáceas, idénticas, alineadas unas con otras, y adosadas a los muros, con un rosario de estelas discoidales simples en arenisca con la cruz de Roncesvalles. Son tumbas de priores, canónigos y beneficiados fallecidos a lo largo del siglo XX, tal y como indica el obituario del muro posterior. No hay día en que no falte algún ramo de flores arrojado por entre las rejas. Siempre hay alguien que se acuerda de los muertos por el hecho de ser muertos. No fue, como erróneamente se cree, cementerio. Martín Burges de Elizondo, canónigo hospitalero en 1660, indicaba claramente que la gente era enterrada primero: “Y si algunos mueren en este Hospital, los entierra el canónigo que tiene la dignidad de la Enfermería.” Se ignora si alguna vez la capilla fue recinto cerrado intramuros. Su cometido y relación con lo jacobeo no ofrece ninguna sombra; fue una realidad. El misterio arranca del tiempo anterior al siglo XII, es decir, a los ecos de las emboscadas a los ejércitos de Roldán y de los condes Eblo y Aznar. No puede negarse que aquellos sucesos provocaron muchos muertos, y la misma canción de gesta admitía la posibilidad de enterramientos de combatientes en pleno campo de batalla, que sería lo propio sin tiempo ni medios para trasladar a tanta gente a sus lejanos pueblos de origen. Los versos 2943 y 2994 lo indicaban : “Tuz lur amis qu’il unt morz truvet/Ad un carner sempres les unt portet”
“Carlomagno puede que mandase construir un sepulcro para los héroes de aquella jornada”, anotó Lacarra. Es natural que remontase el vuelo la leyenda, azuzada desde Roncesvalles por priores y clérigos de la colegiata. El subprior Huarte había escrito: “Aquí hay un gran silo, cueva o carnario, que se llama sepultura de franceses, porque en ella fueron enterrados los cristianos.” Un inventario de la colegiata indicaba a mediados del siglo XVI: “La iglesia del Sancti Spiritus es una capilla subterránea donde se dice que están enterrados los doce pares y la gente de guerra que con ellos murieron”. A más llegó un siglo después el jesuita pamplonés José de Moret al afirmar que en la cripta habían sido vistos “huesos humanos y muy frecuentemente de desmedida grandeza y corpulencia germánica, de que no pocos se llevan de vuelta los peregrinos franceses. El cabildo despidió a un sacristán que los vendió a un peso de onza de plata cada hueso de los grandes”. Estos escritos determinaron que alguien tuviera la feliz ocurrencia de llamar “Silo de Carlomagno” al osario bajo la capilla.
Mucho se ha escrito acerca de si el Sancti Spiritus correspondía a la cita expresa y rotunda de Aymeric Picaud. “En el descenso del monte se encuentra el hospital y la iglesia de Roldán donde está el peñasco que el poderoso héroe partió con su espada de arriba abajo y de tres golpes…” El Sancti Spiritus debió de construirse treinta o cincuenta años después del paso del ilustre peregrino. Doménico Laffi, poderosamente impresionado por Picaud, sería aún más contundente en sus apreciaciones: “Hay una pequeña capilla que mandó levantar Carlomagno después de la muerte de Roldán y demás paladines. Tiene forma de cuadrado perfecto y no es muy alta. Está situada en el mismo lugar en que Roldán se arrodilló después de la segunda batalla. Roldán se puso de hinojos, y vuelto hacia Roncesvalles lloró por su gente. Dicen que ahí están sepultados con él sus paladines. Al pie de la puerta donde se abre la sepultura está la roca que hendió cerca de una fuente. No nos cansábamos de mirarla”.
Iglesia de Santiago o de los Peregrinos (s. XIII)
Contigua al Sancti Spiritus, a poco más de un metro, se halla otra de las edificaciones más notorias de Roncesvalles, la Iglesia de Santiago, de estilo gótico primitivo, primera y más antigua en España bajo la advocación del Apóstol. Nada relevante se dijo nunca de esta edificación en relatos de peregrinos y viajeros. No la mencionaron tampoco ni Aimeric Picaud ni “La Preciosa”, lo que parece indicar que no es fábrica anterior al siglo XIII. “Debió de construirse poco después de 1215”, escribió José Mª Lacarra, es decir, poco después de la batalla de las Navas de Tolosa, lo que ha hecho suponer que podía tratarse de la obra primigenia del rey Sancho VII el Fuerte, antes de que se decidiese por la iglesia de Santa María. Era de ese parecer Tomás Biurrun (1936), notable historiador del arte románico: “La capilla construida por Sancho el Fuerte es precisamente la capilla de Santiago, y la iglesia de la colegiata es bastante posterior.” Lo que es muy factible es que se tratase de la única iglesia a la que tenían acceso los peregrinos y lugareños, habiéndoseles prohibido quizá acudir a la iglesia de Santa María, reservada para fines y personas de mayor rango. Desde el siglo XVII fue parroquia de Roncesvalles, hasta su cierre definitivo.
La iglesia de Santiago es el edificio medieval mejor conservado de Roncesvalles”, apunta Lacarra, y ese buen estado se debe a la oportuna reparación de comienzos del siglo XX que llevó a cabo el arquitecto Florencio de Ansoleaga, que la halló casi en ruinas. Idea suya fue abrir el rosetón del hastial con la cruz de Roncesvalles en medio y remodelar la tosca espadaña para colocar en ella una pequeña campana; la legendaria campana de San Salvador de Ibañeta que ahí permanece enmudecida, agarrotada y soldada por la herrumbre. Campana que desde el siglo XVI orientaba desde el collado a los peregrinos atrapados entre las nieblas de Valcarlos o en medio de la noche. Tanta fue su fama que llegó a decirse que era la más escuchada de Europa. La iglesia está orientada a occidente y alineada a la izquierda de la calle única. Es de planta casi cuadrada (10 x 9), consta de dos tramos, y sus muros se apoyan en dos contrafuertes externos. La bóveda es de crucería y la cabecera, recta, por donde entra la luz del amanecer por un alargado ventanal ojival. El pórtico tiene tres arquivoltas sobre columnas rematadas en capiteles vegetales. En se distingue apenas un crismón trinitario. Cerrada a cal y canto, el visitante se contenta con asomarse a los ventanucos enrejados de la puerta. Apenas se distingue nada del interior; sólo la escasa luz del ventanal el muro permite apreciar una silueta, la del Apóstol sobre un pedestal -réplica del Santiago Beltza de Puente la Reina-, que hay momentos que parece recordar la gran figura de un rey Sancho VII que acaba de erguirse. La imagen apostólica ya se conocía en un inventario de 1585 de la colegiata: “Tiene un altar con su retablo nuevo, en el que hay una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús, en lo alto una imaxen de Santiago y a los lados, imaxinería de pincel nuevo.”
Iglesia de Santa María,
costeada por Sancho VII el Fuerte
En 1132, según desveló el poema “La Preciosa”, el desmantelado hospital de Ibañeta empezó a erigirse al pie del puerto. Se trataba de un hospital, un recinto expresamente dedicado a la atención y cuidado de los peregrinos. No era una iglesia, que no obstante tuvo que erigirse a la vez. Fábrica románica sin la menor duda, también bajo la advocación de Santa María, que no podía estar muy apartada, probablemente donde hoy se alza la colegiata. Si nada se supo del hospital, menos aún de aquella iglesia que en 1137 una bula de Inocencio II denominaba “Ecclesiam Sancte Marie Casa Dei de Runzasvals”. Estas diferenciaciones conviene tenerlas muy claras, a riesgo de caer en anacronismos y otros desvaríos. Aquel modesto recinto religioso, dependiente del hospital, no debió de permanecer en pie más de 62 años. Probablemente hasta 1194, año en que empezó a construirse sobre sus cimientos la nueva de Santa María por iniciativa real de Sancho, cuyas obras duraron 21 años, hasta 1215, como requería la calidad del templo, que poco después, en 1219, era consagrado, casi seguro sin la presencia del rey, enclaustrado los últimos veinte años de su vida en su castillo de Tudela. Juan de Huarte había fijado su construcción en 1208, cuatro años antes de la batalla de la decisiva batalla de las Navas de Tolosa contra el poder almohade en Al-Ándalus.
“El plano de la colegiata es una réplica del coro de Notre-Dame de París. Su crucería de ojivas se inspira en las de las iglesias de la Isla de Francia de los años 1170-1180, lo cual pone de manifiesto su relación arquitectónica con el país vecino en los tiempos de mayor auge”, escribió el profesor de filología románica húngaro Istvan Frank (1918-1955). Pero el templo fue objeto de un interminable rosario de reformas e innovaciones que no cesaron hasta tiempos recientes. Surgieron con el voraz incendio de 1445, que afectó también a las edificaciones circundantes. Otras fuentes indican que destruyó casi todo Roncesvalles. “Los efectos han podido apreciarse en la calcinación de los muros, especialmente en las bóvedas y en el triforio” (Lacarra). Hubo otros incendios en 1468, en 1626 y en 1794.La fachada, que fue reconstruida casi enteramente en 1940, es asimétrica por el torreón del siglo XIV, que quedó perfectamente ensamblado. Está orientada a occidente, alineada a la izquierda de la calle principal, según el trazado primigenio que ha de coincidir forzosamente con el de la antigua vía romana y de peregrinos. “El tímpano no es auténtico. Representa a la Virgen con el Niño en su regazo, flanqueada por dos ángeles arrodillados que sostienen estructuras arquitectónicas” (Del Burgo). En el hastial destaca por su tamaño un rosetón, producto de las reformas de 1940, que a juicio de dicha investigadora “parece ser que formaba parte de la antigua construcción”. Se accede al templo descendiendo cinco peldaños. El recinto es de tres naves; la central duplica a las laterales en anchura y altura. Las medidas que da ella son de 24,90 metros de longitud por 17,60 de ancho. 8,25 la nave mayor, cuya altura es de 15,50 metros. Consta de dos bóvedas de crucería con seis arcos fajones cada una, que se reparten en nueve columnas redondas de capiteles sencillos que alternan el grosor; cinco por el lado derecho y cuatro por el izquierdo, ya que la columna más cercana a la entrada hubo de eliminarse para sustituirla por un grueso contrafuerte rectangular del torreón exterior. La tercera bóveda, que corresponde al ábside de la cabecera, es pentagonal con alargadas vidrieras que introducen la luz de los amaneceres. “
La cabecera presenta una serie de grandes ventanales góticos, decorados con vidrieras modernas construidas en Munich en la década de 1940” (Miranda-Ramírez). Las columnas se enlazan mediante arcos ojivales sobre los que descansa un bello triforio de diez elementos, compuesto por cuatro arcos cada uno, cinco por cada lado, sobre los cuales se alzan diez amplios rosetones sostenidos por contrafuertes arqueados, que en su día proporcionaban la luz principal de la iglesia y que al quedar toda la estructura genuina enclaustrada bajo una moderna cubierta de vigas de madera y techumbre de cinc (1940), la poca luz que dejan ver las vidrieras es de potentes focos eléctricos.
La tumba del rey Sancho VII en la Capilla de San Agustín

Sancho descubrió los pasos pirenaicos siendo infante de Navarra, entre los años 1192 y 1194, en que cruza a tierras aquitanas para defender los dominios de su cuñado Ricardo I Corazón de León, rey en Inglaterra y Duque en Aquitania y Poitiers. Ricardo, al regreso de la Tercera Cruzada, no llegó a poner los pies en el sur de Francia al ser capturado y encerrado en un castillo centroeuropeo de su enemigo Leopoldo V de Austria. Las circunstancias llevaron a Sancho a defender las tierras norpirenaicas del acoso de algunos nobles ambiciosos que querían aprovecharse de la ausencia del rey inglés. Sancho se vio a la sazón combatiendo a las órdenes de Eleanor de Aquitania (1122-1204), que fue reina primero de Francia y luego de Inglaterra. No hay que descartar tampoco que el interés de Sancho por Roncesvalles tuviese que ver con una promesa a la Virgen Patrona, como siglos atrás hizo Sancho Garcés I con la de Irache cuando el asalto al castillo musulmán de Monjardín, en prueba de agradecimiento, quien sabe si por la victoria sobre los almohades. Fervor que demostró no sólo con la edificación de un templo, sino también con la manutención del hospital y el deseo expreso finalmente de ser enterrado en Roncesvalles, para lo cual habría ordenado esculpir su estatua yacente, considerada retrato genuino, y la construcción de un lujoso mausoleo para él y su esposa Clemencia. Nada impide admitir, sin embargo, que tanto sepultura y enterramiento dependiesen de su sobrino francés, que con el nombre de Teobaldo I reinó en Navarra a su muerte. Hay constancia de que Teobaldo emprendió el accidentado traslado de los restos de Sancho desde San Nicolás de Tudela al Pirineo. Los hechos son sorprendentes. Merecen un poco de atención. Sancho fallece el 7 abril de 1234 en su castillo de Tudela, donde es embalsamado. Un mes después entra en Navarra por Roncesvalles, Teobaldo, hijo de Blanca y del conde Thibaut de Champagne y de Brie, que es ungido rey. El primer acto fue disponerlo todo para el traslado regio, pero no resulto posible. Las rivalidades entre diócesis y monasterios -probablemente motivadas por la cuantiosa herencia que dejaba el rey muerto-, enrarecieron la situación de tal manera que hubo de intervenir el obispo de Pamplona, Pedro Remírez de Piérola, que amenazó con excomulgar a quien intentara tocar los restos del rey, enterrado provisionalmente en la iglesia de San Nicolás de Tudela. Allí habría de permanecer 4 años mientras no concluyeron los litigios, lo que habría de suceder en 1238, año del fallecimiento del obispo, que es cuando el Papa Gregorio IX se atreve a levantar penas y castigos, ordenando además el traslado inmediato del rey Sancho a Roncesvalles, lo que procede a llevar a cabo el rey.
El sepulcro debió de ser de factura espléndida, “decorado con ángeles, religiosos, guerreros, escudos, relieves de batallas...” La tumba la remataba la estatua yacente, la gótica efigie de Sancho que Campo considerada su auténtico retrato. El conjunto se expuso aquel año mismo año 1238 en lugar preferente de Santa María de Roncesvalles, donde habría de permanecer casi 500 años, hasta 1622 en que se determina que porque había sufrido serios desperfectos, ya fuera por humedades, robos, invasiones e incendios, debía ser desechado, procediéndose entonces a la construcción de una nueva sepultura antes de que concluyera aquel año, la cual fue empotrada en un nicho arqueado de 2,50 metros de alto en un muro lateral. José María Lacarra anotó: “Hoy, este sepulcro, con las restauraciones que se llevaron a cabo en la iglesia, ha sido desmontado también.”
Fue testigo del traslado de 1622 el subprior Juan de Huarte, que porque era persona cuidadosa con las cosas del lugar dejó las pertinentes anotaciones en un libro manuscrito titulado “Apología a favor del Cabildo de Roncesvalles”. Pero el libro, que no fue archivado entonces, terminó extraviándose, y como consecuencia nadie supo que había sido del sepulcro y de la estatua yacente, hasta el año 1890 en que el manuscrito es descubierto casualmente en una reordenación de la biblioteca de Roncesvalles. Se llevan a cabo las oportunas excavaciones en la iglesia y se descubre que el sepulcro del rey y de su esposa Clemencia no estaban, pero sí la estatua. “Las tres primeras horas de búsqueda fueron infructuosas y no se obtuvo ningún resultado cavando y levantando la tierra, hasta que al fin al toque de campana se difundió la noticia de su hallazgo” (Luis Campo). A comienzos del año siguiente fue trasladada y dispuesta en la nueva tumba de San Agustín, pero la definitiva no vendría hasta 1912, el año en el que se conmemoraba el séptimo centenario de las Navas. Nunca pudo contar el rey con mejor lugar para descansar, la capilla de San Agustín, Sala Capitular hasta comienzos del siglo XVII, recinto gótico construido durante el mandato del prior Juan García Ibáñez de Viguria, entre 1330 y 1340, y restaurado por Fermín Ansoleaga en tiempos del prior Nicolás Polit (1887-1906), según la investigadora María Antonia del Burgo. Es de planta cuadrangular y bóveda de arcos estrellados situada a 25 metros de altura.

La sala principal se comunica con otra pequeña enrejada a la que se accede subiendo cinco peldaños, en la que se guarda el sepulcro de García Ibáñez. El gran ventanal ojival del muro meridional lo ocupa la gran vidriera realizada en 1906 por el francés José Maumejean, que habría de sembrar con sus trabajos cientos de monumentos religiosos y civiles de España y que representa como es sabido escenas recreadas de la batalla de las Navas. Luis Campo afirmó: “Su talla gigantesca y la gordura desmesurada que presentó pueden orientar hacia una patología hipofisaria del monarca navarro. La tradición recoge, y sigue testificada por modernas investigaciones, que las dimensiones de la estatua sepulcral de Roncesvalles son reproducción fidedigna de las características corporales de Sancho. Se trata, pues, de una escultura funeraria en relieve, dispuesta en forma de efigie, que considero su auténtica figura que cifro en un valor máximo de 2,22 metros.” Tales deducciones partían de lo que había constatado en 1622 el subprior Huarte, que siendo testigo ocular de los restos del rey, dejó constancia de las medidas del fémur. “Tres xemes y dos dedos de largo”. El seme o jeme, según Campo, era una medida que equivalía a la distancia entre la extremidad del pulgar y el índice abierto de una misma mano, que con relación al sistema métrico decimal cifra exactamente en 13 centímetros y 9 milímetros, con lo cual el fémur mediría 62, 28 cms.La descripción anatómica de la figura pétrea del rey es insuperable por la agudeza de las observaciones.
El Albergue Itzandeguia,
enigma de Roncesvalles (s. XIII)
A unos cien metros de la capilla del Sancti Spiritus, al borde de una pequeña hondonada de verdes pastizales, se halla otra edificación envuelta en misterio. Domenico Laffi había escrito que la capilla funeraria del Sancti Spiritus estaba muy cerca del hospital de peregrinos. La situaba a occidente, lo que parece coincidir con el emplazamiento de Itzandegía. “Es un gran y bello hospital en el que los peregrinos pueden permanecer tres días. Pueden comer y dormir, y los tratan muy bien”. El edificio es una casona de piedra de 32 x 12 metros. Consta de nave única de seis tramos, cuya techumbre sostienen cinco arcos apuntados que descansan sobre los muros, que a su vez se apoyan en diez contrafuertes, cinco por cada lado. Tiene dos accesos, uno mayor, ancho como para el paso de carros, vuelto de espaldas a Roncesvalles, alzado casi un metro sobre el suelo, desnivel que no existiría hasta tanto no fue edificada la casa casi adosada. La otra puerta, menor, en el lateral derecho, permite el paso a la única planta, que en otro tiempo debió de contar con otra superior. Es edificio ciego, salvo la escasa luz que dejan pasar seis aspilleras, verticales y estrechas, en lo alto del muro que da al mediodía.
Itzandegía se cree que es obra gótica del siglo XIII, reestructurada en los dos siguientes, acaso por deterioro prematuro, ampliación o capricho de priores, obispos o reyes. El arqueólogo Pedro de Madrazo (1816-1898) fue más lejos al suponer que su origen era anterior a la iglesia de Santiago y a la misma capilla-cripta del Sancti Spiritus, pero parece claro que confundía esa edificación con el hospital del obispo Sancho Larrosa, que efectivamente es anterior a todos. La casona se conoce hoy por Itzandegía, expresión que algunos diccionarios euskéricos constatan con el significado de “lugar de bueyes”, pero obvio es admitir que no es expresión apropiada para un enclave jacobeo, salvo que el origen sea reciente y se relacione además con las tareas propias del Roncesvalles rural que también existe. “Sus características concuerdan bien con la función de un albergue. Quizás fue de siempre el dormitorio de los criados”, suponían con escasa convicción los profesores Miranda y Ramírez. No hay que descartarlo, aunque es altamente improbable por la propia calidad de la edificación. Pese a que la incógnita se cierne sobre la recia casona, hay motivos para creer que en efecto se trata de un hospital de peregrinos, una vez desmantelado el primigenio de 1132, que si se llevó a lugar más apartado bien pudo deberse a los inconvenientes que acarreaba el trasiego constante de peregrinos, el acre hedor que despedían, según la dura expresión del medievalista Américo Castro.
La Cruz de los Peregrinos

La Cruz de los Peregrinos es la más fotografiada del Camino de Santiago. Se halla a las afueras de Roncesvalles, a un lado de la carretera de Burguete, enmarcada entre hayas corpulentas y casi siempre en penumbra. Fue conocida también por “cruz vieja” porque desde 1321 debió de señalizar el límite meridional de Roncesvalles. Donde hoy está se debe a un prior de la colegiata, Francisco Polit (1866-1887). Cruz de término que nada indica que haya que relacionar con cruces carolingias o rolandianas, como reflejan algunas guías jacobeas, basándose en que en 1794 sufrió las iras de las tropas invasoras de la Convención Francesa por considerarla hito conmemorativo del descalabro de la retaguardia franca en el 778. “Hemos vengado una injuria de hace mucho tiempo a la nación francesa”, habían constatado en un informe. Pocos años antes, en 1748, la encontró entera el peregrino bearnés Jean Bonnecaze de Pardies, que impresionado por el halo que caracteriza el entorno de Roncesvalles, se aprestó a rezar “una oración por los cristianos muertos en lugar tan memorable”. El monumento lo constituye una cruz florenzada, florida o toscana, con rosetones radiales esculpidos en cada brazo, y en medio de ellos, la figura esculpida del Crucificado; debajo, la Virgen sedente con el Niño, una inscripción en la que se lee: “Esta obra fizo fazer donna Pía de Yaurrieta”, y dos retratos muy borrosos, que algunos suponen que corresponden a los del rey Sancho VII y a su esposa Clemencia y otros, a la mujer de la inscripción y a su esposo, enterrados en Roncesvalles.
La gran roca en honor de la victoria vascona
En un extremo de los jardines que enmarcan la Casa Prioral puede admirarse el más reciente de los monumentos roncesvalianos, un gran peñasco calizo de varias toneladas de la sierra de Urbasa, según Pierre Narbaitz, traído en 1978 con motivo del duodécimo centenario de la victoria vascona sobre los francos. Dos placas de bronce aclaran los motivos del acontecimiento. Una representa el duelo a caballo entre Roldán y Ferragut, el pagano que moraba en tierras de Nájera, cuyas andanzas fantásticas relató el Pseudo Turpín, y que es réplica de la misma escena esculpida en un capitel del antiguo palacio de los reyes de Navarra en Estella. Hay otras representaciones menos conocidas en Navarrete y Ochánduri, en La Rioja, y aun en la catedral de Angulema. La otra lleva una inscripción en latín: "Vascones in summi montis vertice surgentes", que corresponde a una cita entresacada de los relatos carolingios del siglo IX, que alude al levantamiento de aquella gente en Ibañeta e inmediaciones. El peñasco, por lo demás, es una alegoría de la cultura litológica, tan arraigada en Navarra, Basse Navarre y Vascongadas, que perdura en términos tan antiguos como “aitz” y “harri” -peñasco y piedra-, tan abundantes en toponimia, en aperos y herramientas, y en los dólmenes y cromlechs que construían los pastores neolíticos. No debía haberse recurrido a la caliza, sino a los esquistos devónicos del macizo de Roncesvalles.
El Hospital Nuevo (1802)
La Plaza Nueva es un recoleto rincón de Roncesvalles. A principios del s. XIX (1802), el arquitecto José Poudez levantó el Hospital Nuevo, parte del cual (foto izq) quedó destinado a viviendas particulares. Un pasadizo permite el acceso al vallecito de Arrañosin, hoy principal vía xacobea.
Casa de Beneficiados (1725)
Edificio construido a principios del siglo XVIII (1725) para cobijar al clero que se ocupaba de la atención de la colegiata -los beneficiados-, que tenían categoría inferior a los canónigos. La casona de tres pisos y ventanales idénticos es perpendicular a la fachada de la iglesia de Sta. María. En el portal neoclásico se lee: “Lorda me fecit”, y una fecha, 1725.
Casa de La Posada
La Posada es casa antigua. Es la primera edificación que se encuentra de frente quien llegue a Roncesvalles desde Pamplona. Fue mandada reparar en 1590 por el visitador Martín de Córdoba. Su cometido fue hospedar a los viajeros que no tenían derecho a asistencia en el hospital por su actividad profesional o condición social, como comerciantes, militares, etc. Hoy día sigue ejerciendo su labor de hospedaje y restaurante a pleno rendimiento, pues no hay día que no esté rodeada de gentes de paso.
Estela de la Virgen de Roncesvalles de Ibañeta,
gemela de la existente en el Alto de Mezquíriz
Cerca de las cruces que hincan los peregrinos sobre el lomo de un búnker enterrado, se halla la estela en piedra de la Virgen Patrona de Roncesvalles, vuelta hacia poniente, rodeada de ramos de flores silvestres, que es idéntica a la del alto de Mezquíriz, al término de la llanada. La de Ibañeta tiene la particularidad de estar ubicada en la confluencia exacta del cuadrivio que forman cuatro caminos milenarios: el que sube de Valcarlos, el que desciende a Roncesvalles, la vía romana de Lepoeder y el Gabarbide o Palomeras que se dirige a los pastizales de Quinto Real por la ladera del Guirizu, cuya importancia puede estar en haber sido uno de los parajes elegido por los vascones para atacar a la retaguardia de Roldán y para huir apresuradamente del lugar.
Monumento a Roldán en el cerro de Ibañeta

El cerro lo corona un peñasco de granito de dos metros que descansa sobre dos gradas. Fue erigido en 1967 en recuerdo de Roldán, cuyo nombre figura en bajorrelieve. No se tendría que haber elegido el granito, que es ajeno a la cultura navarra, sino lo propio del macizo paleozoico de Roncesvalles: un esquisto de la cantera abandonada del vallecito de Arrañosin, por donde el camino de acceso a Ibañeta y al barranco Otezulu a los pies del Astobiscar. Con anterioridad existió un arco de sillares en recuerdo de la canción de gesta, de la que pendía la Campana de la Paz, hoy en el conjunto de la nueva capilla de San Salvador. "Una campana exenta que suelen hacer sonar los visitantes en recuerdo de la primitiva" (Jaime del Burgo). Todavía pueden verse semienterrados los restos del monumento que tumbó el fuerte viento del desfiladero. Jaime del Burgo, su artífice, lo explicaba: "En un montículo frontero se erigió un monumento a Roldán. Es un monolito granítico con la reproducción de la espada Durendal y las mazas del héroe carolingio."
Los Anales no eran crónicas, sino una ordenada compilación de hechos acaecidos al cabo de los años. Los más notorios fueron catalogados y estudiados por Ramón Menéndez Pidal. Los "Anales Mettenses Priores” (hasta el 805), anónimos, escritos en Metz a los 25 años de la masacre, son los más cercanos en el tiempo y aunque “silencian el desastre son valiosísimos por cuanto anotan expresamente la ruta seguida por Carlomagno entre Aquitania y Pamplona”, puntualizaba Jimeno Jurío. Era la primera vez en que se constataba que los francos habían cruzado el "Yugo de los montes Pirineos", otra de las maneras con que identificar Ibañeta.
Los “Anales Mettenses Posteriores” (hasta el 903) también dan cuenta del retorno del monarca: “Arrojados de Pamplona los sarracenos y derruidos los muros de la ciudad, subyugados los vascones hispanos y los navarros, regresó a Francia" (in Franciam reuertitur). Los "Anales Regios", anónimos, aunque falsamente atribuidos a Eginhardo, fueron escritos a los 50 años de los hechos: "Habiendo decidido volverse (a Francia), entró en los bosques del Pirineo (Pyrenei saltum ingressus est), desde cuyas cimas los vascones habían tendido una emboscada. Al atacar a la retaguardia (extremun agmen) se extiende el tumulto por todo el ejército."

Los cronistas propiamente dichos arrancan con la figura principal de Eghinardo, el biógrafo de Carlomagno, cuyo relato “Vita Karoli Magni”, realizado 50 años después, es el más preciso y documentado: “Marchó a Hispania... Al regreso, en la misma cima de los Pirineos, tuvo que experimentar la perfidia de los vascones cuando el ejército desfilaba en larga columna, como lo exigían las angosturas del lugar. Los vascones empujaron al barranco a la columna que escoltaba la impedimenta que cerraba la marcha, provocando que los hombres se precipitasen al valle situado más abajo, y trabando la lucha los mataron hasta el último".
El llamado Astrónomo Lemosín, biógrafo de Ludovico Pío, se alejó un poco más, 60 años. Fue impreciso con los motivos de la expedición a Zaragoza, pero exacto con los escenarios de la hondonada a su entrada en España. “Decidió atravesar los escarpados Pirineos. Había una montaña muy alta de escarpadas peñas, sombría por los tupidos bosques, tenebrosos y oscuros, y con estrechos senderos que entorpecen el paso tanto de un gran ejército como de un pequeño grupo. Los hombres de la retaguardia fueron degollados en la montaña.” El llamado Poeta Sajón es el que más se alejó de los hechos, un siglo, limitándose a dar un resumen de lo que se conocía, y aunque excepcionalmente reveló lo que nadie había hecho, que el rey iba por delante y que había pasado los puertos cuando se produjo el asalto, hay que convenir que se trata de una referencia personal. "Habiendo penetrado (el rey) a su regreso en la profunda hondonada del Pirineo, cuando el ejército cansado atravesaba por los estrechos senderos, los vascones osaron poner asechanzas bajo el sumo vértice del monte. Arrebatan el inmenso botín, matando a varios ministros palatinos encargados de custodiar las riquezas".
Los Bárbaros fueron retenidos en Valcarlos
entre el 407 y 409
El desfiladero siempre estuvo presente. En el siglo V fue posible gracias a él contener durante casi dos años la invasión peninsular de los Bárbaros -suevos, alanos y vándalos- que en el invierno del 406 habían logrado romper el limes romano cruzando el Rin helado. Aquellos hechos merecen atención para comprender la trascendencia del desfiladero. Se ha calculado que pudieron ser unos 300.000 entre hombres, mujeres y niños, la mayor parte suevos, que conducidos por unos 80.000 guerreros, arrasaron la Galia y avanzaron hacia los Pirineos que tenían intención de cruzar a finales del 407 por el único lugar posible, Valcarlos, pero lo impidieron los hermanos pamploneses Dídimus y Verinianus. San Isidoro de Sevilla fue el primero en dar cuenta de aquellos hechos: "Irrumpieron con ímpetu directamente hacia los Pirineos, donde los esperaban Didymum et Veranianum, romanos nobilísimos”. Joaquín Arbeloa, medievalista navarro, conocedor del terreno, no vaciló en determinar que el éxito radicó en Ibañeta: "Apostados en las cumbres de Ibañeta, les cierran el paso con una hueste particular de siervos y colonos vascones”.
Se repitió muchas veces que los bárbaros cruzaron por la vía romana transpirenaica, lo cual resulta muy difícil de creer tratándose de miles de personas desplazándose por parajes abruptos, expuestas a vientos gélidos y a extravíos, sin manantiales, sin leña que cortar de bosques inexistentes y sin pastos para los animales. Tampoco en aquel caso los hermanos pamploneses habrían podido apostarse en ningún lugar alto para contener dos años a tanta gente. Lo mismo cabe aplicar en las emboscadas a los ejércitos carolingios en el 778 y 824, que de haber partido por la vía romana, nunca los vascones hubieran osado atacar. Hubo más casos y hubo más situaciones iguales en la historia. Los carolingios salieron por las angosturas de Valcarlos. Tránsito lento y pesado el que llevó la retaguardia atacada en estiradas columnas. Los cálculos de Ramón Menéndez Pidal los reprodujo José María Lacarra, y dan idea de que tanta gente es imposible absolutamente coparla de golpe en cualquier paraje de la travesía romana: “Los cuatro mil caballeros de la vanguardia y grueso del ejército, en fila de tres o de dos de frente con sus peones, ocuparían unos siete kilómetros de camino. La retaguardia, con sus mil caballeros y los mulos y carros de la impedimenta, ocuparían de dos a tres kilómetros”…
El último "roncesvalles", a punto de llegar en el siglo XVII
Valcarlos siempre ha sido la difícil travesía pirenaica que culminaba en Ibañeta. El collado fue relacionado al cabo del tiempo como sublime lugar de llegada de los peregrinos, como pórtico de acceso peninsular y como “cerradura de los peligrosos pasos pirenaicos”. Quien controlaba el collado impedía que nadie entrase por Valcarlos. Sólo en una ocasión gente foránea se había hecho con el collado por sorpresa. Los hechos, rigurosamente históricos, apenas se conocen y merece la pena recordarlos. Todo sucedió un 21 de marzo de 1684 que pudo ser de consecuencias nefastas para Navarra. Aquella mañana subía por Valcarlos un ejército de 10.000 hombres -6.000 de infantería y 4.000 de caballería, más otros 900 de repuesto en San Juan de Luz-, que mandaba el mariscal de Francia Bernardin Gigault, marqués de Bellefonds (1630-1694), uno de los militares favoritos del rey de Francia Luis XIV, el Rey Sol, que acababa de declarar la guerra a España por las posesiones de Luxemburgo y los Países Bajos.
Florencio Idoate, en "Rincones de la historia de Navarra" (1979), dio cuenta de aquella expedición, que aunque definió como "pequeño zarpazo" y "ligero amago", pudo convertirse en el último "roncesvalles" de la historia de haberse presentado a tiempo en el collado de Ibañeta los 800 paisanos navarros a los que a la sazón se les encomendó la misión de contención del francés. Insólito fue todo lo que ocurrió aquel día. Insólito que nadie en Navarra se percatase de que desde hora muy temprana subiese aquel ejército por Valcarlos y que lo hiciese a duras penas y con gran retardo debido a una intensa nevada caída durante la noche anterior. Insólito también que permaneciesen en Ibañeta y que, transcurridas 24 horas cabales a la espera de recibir órdenes, se retirasen hacia Francia.

Ya con el mariscal Bellefonds en Ibañeta, el Virrey de Navarra, Iñigo de Velandia, informó a la Diputación: "La última noticia que acabo de recibir es de estar ocupado el puesto principal dentro de los límites del Reyno, en la ermita de San Salvador de Ybañeta." Inmediatamente se procedió a ordenar lo acostumbrado en esos casos: la "llamada a fuero " que tanto temían oír los habitantes de los valles pirenaicos de Esteríbar, Erro y Arce, los más cercanos, obligados a acudir a la taponadura de los pasos fronterizos siempre que amenazaba el francés, cuya amarga queja oficial dirigida a las autoridades llegó días después: "Con la brevedad que pide tan peligroso accidente, sin tener tiempo para llevar provisión ninguna, habiendo sido los primeros que acudieron a la defensa de los pasos, no se les había socorrido con cosa alguna".
Valcarlos, la tierra yerma transpirenaica
Valcarlos conoció tarde la presencia humana estable hasta tanto peligros y temores de invasiones no se disiparon con la consolidación del Camino de Santiago y el establecimiento de un oportuno rosario de hospitales y monasteriolos, dependientes en un principio del monasterio de Leyre y posteriormente de Roncesvalles, que facilitaban el tránsito al puerto de Ibañeta. Así, el Capeyron Roge, el Caballo Blanco, La Reclusa, o el último, ya cercano a la cima, acaso donde se ubica el caserío Guardiano: "Cierta casa u hospital situada y puesta en el lugar llamado Gorosgaray", que los monjes de Roncesvalles compraron a los de Leyre en 1279. La primera comunidad vecinal se formó con el nombre de Irauzqueta a mediados del siglo XIII, que quiere decir, “lugar de reunión vecinal”, que pasando luego a ser parroquia de San Juan de Irauzqueta (posteriormente, de Santiago), en cuyo entorno se creó la villa de Valcarlos: el barrio de Elizalde, “al lado de la iglesia”, que aún existe. No hay que dudar que los primeros pobladores tuvieron que ser mayoritariamente franceses por razones obvias de proximidad. Los navarros tardaron en llegar, acaso porque primero urgía establecerse en los valles entre el pie cispirenaico y Pamplona. “Los habitantes de Valcarlos vivían en un estadio económico primitivo, dedicados a la ganadería y cosechando frutos naturales hasta principios del siglo XIV”, anotó Jimeno Jurío. La primera obligación fue pagar los diezmos del ganado a la recién fundada parroquia. Luego llegaron los cultivos, con los que también contribuían. “Las tierras recién roturadas y por otros predios sitos en el valle, que de poco tiempo acá han sido puestos en cultivo”, acreditaba un documento de 1333.
Luzaide, el otro nombre de Valcarlos
Desde 1998 Valcarlos no está solo. Luzaide, un topónimo local, encabeza hoy la denominación oficial, pese a que no haya estado nunca relacionado con ninguna población. Se conoce su existencia desde 1313, y debió de empezar como nombre del gran desfiladero de La Reclusa, relacionado directamente con el típico fenómeno de las turbulencias del aire que generan los espacios angostos intramontañosos. La traducción correcta es “aire angosto o viento de angosturas” que corre por las “ateas” (puertas, literalmente), que José María Iribarren definió como "gargantas o estrechuras de un valle". Hay algunas interpretaciones que pretenden derivarlo de "camino largo", concibiendo que de "aide" procede "bide", lo cual es una solución muy forzada. La distinción de territorios en esta parte norteña pirenaica debe quedar clara: El genuino Valcarlos es la parte comprendida en el llano francés de Arnéguy a las inmediaciones de St-Jean Pied de Port. El actual municipio navarro situado entre la frontera de Arnéguy-Pecocheta y el collado axial de Ibañeta sería el espacio del Luzaide local, que nunca estuvo relacionado con población alguna, insistimos.
Los montes del "Iter XXXIV"
en el Itinerario de Antonino
Pero la ruta natural de siempre por Valcarlos desde el llano de St-Jean Pied de Port conoció otra de carácter excepcional en el trazado de la vía romana XXXIV, según denominación posterior del “Itinerario de Antonino”, que arrancaba del “Imus Pyreneus” o Pirineo Bajo, ubicado en las inmediaciones del pueblo de St-Jean le Vieux y que por la aldea de St-Michel, atravesaba perpendicularmente el Pirineo en dirección a los pasos, a cada cual más alto, de Orisson, Leizar-Atheka, Itzandorre y Lepoeder, el más elevado, desde el que se divisaba Roncesvalles y desde el que se descendía a Ibañeta, unos 400 metros más bajo. A que tiempo corresponde la "Iter XXXIV", quienes la concibieron y quienes recurrieron a ella, se presta a imprecisiones y anacronismos. Lo es sostener que el invierno del 74 al 75 a.d.C. lo pasó el general Pompeyo, fundador de Pamplona, en el campamento militar levantado en terrenos de la futura Navarrería, donde el solar de la catedral, con el fin de mantenerse cerca de los pasos de Roncesvalles y recibir desde Aquitania los suministros que requería para proseguir las campañas guerreras contra el general Sertorio, sublevado en Osca, Huesca. Julio César aún no había concluido la conquista de las Galias. Faltaba Aquitania, lo que no ocurriría hasta el 55 a.d.C. tras someter Publio Craso a los últimos pueblos de la región, obligándolos a retroceder a las montañas pirenaicas. Malamente había posibilidad de trasportar mercancías. El acceso vendría muy pronto, constituyéndose en el primer paso transpirenaico que no existía tan a occidente, según opinión del historiador de Roma, Theodor Mommsen. Los primeros trabajos de medición debieron iniciarse bajo la dirección del general Marcus Vipsanius Agripa (63-12 a.d.C.), íntimo colaborador del emperador Augusto, famoso en Hispania por someter con toda crueldad e inmisericordia a los pueblos del Norte que se sublevaron enérgicamente mediante la táctica guerrillera entre los años comprendidos entre el 29 y el 19 a.d.C. Su prestigio en Roma le venía del entusiasmo que mostró siempre por las grandes obras públicas, no en vano estaba considerado el artífice de las vías que recorrían las Galias con centro en Lyon. Es revelador en ese sentido que Agripa, poco antes de guerrear en Hispania, estuviese destinado un año en Aquitania, entre el 39 y el 38 a.d.C., con la misión de sofocar los últimos coletazos rebeldes, periodo que coincide con el inicio de los trabajos de construcción de la vía interpirenaica. Trasladado precipitadamente a Roma, fue sustituido por el general Valerio Mesala Corvino en año 27 a.d.C., que también alcanzó renombre por haber sofocado los últimos alzamientos del lado norte del Pirineo, a las que acorraló finalmente en los barrancos del País de Soule o Zuberoa, una de las tres provincias vascofrancesas. Pero en aquella ocasión ya no se trataba de los últimos aquitanos insumisos, sino de vascones no romanizados, que llevaron a cabo asaltos rápidos y emboscados, presumiblemente sobre la legión que trabajaba en la apertura de la vía, en previsible oposición al trazado del camino militar que, en cualquier caso, iba a trastornar sus vidas cruzando los pastizales que frecuentaban desde la prehistoria.
Salvo aquellos incidentes, la vía tuvo que concluirse en tres años, entre el 27 a.d.C. en que toma la dirección Mesala Corvino, y el 24 a.d.C. de su inauguración, que coincide con la partida de Hispania para Aquitania de Augusto, el emperador de Roma durante cuyo mandato nació Jesucristo. César Augusto había entrado por el puerto marítimo de Tarragona con el propósito de dirigir personalmente desde tierras burgalesas las campañas del Norte peninsular, pero su hígado enfermo lo obligó a abandonar la guerra, y por Roncesvalles se cree que se trasladó a algún balneario, tal vez Dax o a algún otro de la comarca del Verán. El porqué de aquella decisión romana de alterar la ruta milenaria, pudo deberse al temor natural de las emboscadas en el desfiladero de Valcarlos a cargo de los indómitos aquitanos que tanto les costó someter. El camino por Lepoeder fue siempre arduo, difícil e inhóspito para el tránsito de grandes pueblos invasores. Lo fue también para la consolidación futura de las peregrinaciones, que nunca habría llegado de haberse mantenido activa la ruta alta. Aymeric Picaud se supone que fue de los últimos en hacer esa travesía, aunque por lo mismo que se sospecha pudo perfectamente acceder por Valcarlos como los demás en el siglo XII. He a continuación algunos apuntes de los parajes m ás relevantes de la alta travesía pirenaica.
La ardua travesía transpirenaica
La Vierge d’Orisson
El Pic Hostateguy (1.142) es un pico herboso, aledaño a la carretera, desde el que contemplar la imponente planta del macizo del Úrculu, el arco del collado Arnosteguy y las cimas del Bentarte y Leizar-Atheka, que constituyeron una clara barrera pirenaica respetada y temida antiguamente. El caminante atento a lo que hay en derredor, no tardará en distinguir un tramo de camino viejo, muy desdibujado por la incidencia de las aguas de escorrentía, que avanza cuesta arriba paralelo a la carretera. No es raro encontrarlos, aunque para ello suele necesitarse cierta perspectica aérea. Sobre un promontorio rocoso que se asoma al barranco destaca la figura de la Virgen con el Niño, vuelta de cara a Santiago, siempre rodeada de flores que depositan pastores y peregrinos y que tanto impresiona verla cercada por la niebla que sube por la hondonada hasta detenerse a sus pies. Ese lugar es el primer gran puerto que ha de acometer el peregrino para situarse plenamente en los pastizales neolíticos de Cize. Aún queda un trecho que recorrer hasta entrar en Navarra.
Elhursaro, donde una cruenta batalla
En las inmediaciones del Pic Château-Pignon (1.166), por donde pasa la estrecha carretera que sube de St-Jean Pied de Port y hoy camino jacobeo, se halla un paraje denominado Elhursaro -“suelo nevado”-, salpicado de dolinas e isleos rocosos, que debieron servir de parapetos de las tropas españolas que se enfrentaban con las francesas. El caminante de hoy debe al menos tener conocimiento de lo que significó el lugar y los muchos muertos que supuso. Era junio de 1793 cuando las fuerzas del general Ventura Caro iban a librar una cruenta batalla con las de la Convención Francesa al mando del general Moncey, que sufrió la peor parte: 4.000 bajas entre muertos y heridos. Las pérdidas españolas debieron ser mínimas. No hubo matanza general porque los invasores pudieron refugiarse en el antiguo reducto militar del Chaâteau-Pignon, atribuido al Duque de Alba del que quedan en pie sillares desperdigados y amontonados. Aquella invasión de 1793 sembró muerte y desolación por el norte de Navarra. A su paso por Roncesvalles perpetraron irracionales actos vandálicos, considerados acciones de desagravio por lo acaecido en el siglo VIII: “Destruyeron la Cruz de Roldán y comunican a su gobierno que han vengado una afrenta hecha antaño a la nación francesa”, había anotado Jaime del Burgo.
Todo había empezado a desquiciarse en el Pirineo cuatro años antes, en 1789, cuando triunfa la Revolución Francesa y los poderes del estado en Madrid y Pamplona deciden poner en marcha un “cordón militar en las fronteras por si llegaba la ocasión de intervenir”, señaló Florencio Idoate. Aquel plan preventivo consistió en abrir trincheras y caminos, cuando no clausurar otros. Todavía se ven parajes con huellas de aquellas medidas. Se llevó a cabo el atrincheramiento de las cimas desde el Lindux al Bentartea, pasando por Orzanzurieta y Astobizcar, que representaban “los pasos normales para toda ofensiva procedente de Francia” (Idoate). Y llegó el día en que la amenaza se hizo realidad. 20.000 españoles cerraron el Pirineo navarro. Otros tanto lo hicieron por Aragón y Cataluña. Los franceses eludieron la entrada por Valcarlos, conscientes de su peligrosidad. “El general Ventura Caro, después de ganar la batalla de Bentartea con la toma de Château-Pignon, debió de haber ocupado lógicamente San Juan de Pie de Puerto, pero no lo hizo" (Idoate).
El peñón de Urdanasburu
El Urdanasburu (1.233) es un "rocher", un peñón que emerge entre pastizales. En su amplia gruta suelen cobijarse caballos y ovejas los días de tormenta. Ahí sestean también en las horas más calurosas del verano hasta que el sol es menos implacable. El silencio apenas se interrumpe con el monótono murmullo de los rebaños. Al pie, la carretera se arquea para salvar un barranco que vierte a Valcarlos. El camino viejo, el romano, puede observarse como cruza ese espacio hundido, que cuelga como una cuerda destensada. Otro caso claro de retroceso de la cabecera del barranco por hundimiento uniforme del terreno.
El paso por Leizar-Atheka
La ladera herbosa del monte Leizar-Atheka (1.409) invita a su ascensión, fácil y cómoda, aunque malamente dispondrá de tiempo el peregrino que ha de llegar a Roncesvalles. Hay entornos históricos y paisajísticos que requieren su contemplación desde otras perspectivas. La cima es un afilado espinazo en el que se amontonan las rocas, que parecen depositadas una a una, pacientemente. El paisaje encara el norte. Es extenso y variado, confuso y caótico, tratándose de un macizo paleozoico. Valcarlos sigue siendo omnipresente, enmarcado por las cumbres de perfiles conocidos. Los pastizales se pierden por las pronunciadas quebradas, salpicadas con "cabanes" y rediles a los que se accede por caminos que se desprenden de la carretera, la nueva arteria que discurre entre un rosario de redondeados picos que se pueden recorrer como un camino más. La ladera norte del monte parece alargarse indefinidamente entre las cárcavas del Oillascoa, el gran barranco colector de todas las aguas de escorrentía. Los peñascos desprendidos, aplanados y ennegrecidos, semejan lápidas de un cementerio que acabó desmoronándose del espinazo cimero, que parece obra de un paciente apilamiento.
Collado axial de Bentartea
El collado de Bentartea, con una altitud de 1.337 m. supera la mayor parte de los montes de Navarra. Pero las altitudes, hoy como ayer, no representan nada para el montañero, que juzga las alturas por el grado de dificultad que entrañan para él. Más sugerente que ese dato es saber que la latitud N.43º 03' lo sitúa en el collado axial más septentrional de toda la cordillera pirenaica. Las constataciones de esta índole empiezan a ser frecuentes por esta parte del Pirineo, y el mero hecho de conocerlas infunden estímulo en el ánimo de ese caminante solitario que decae conforme se aleja de los parajes habitados y conocidos. Bentartea es un lugar perdido de la montaña, desarbolado, situado en una encrucijada de caminos antiguos y modernos, a unos 10 kms. de Roncesvalles, equivalentes a unas tres horas de caminata.
ELIZARRA, en la travesía del Changoa
Entre los collados Bentartea e Itzandorre discurre el viejo camino romano por trazado invariable desde el siglo I a.d.C. Es imposible haberlo desviado por otro sitio que no sea el hayedo de la alta ladera del monte Changoa. A su término, donde acaba el monte y aparece el Mendichipi, hay un paraje de profundo sabor rústico con la presencia de una borda, redil y manantial, que se conoce como Elizarra o Elizachar, que sigue concitando falsas interpretaciones. A unos pasos del camino, a mano izquierda conforme el caminante se dirige hacia Roncesvalles, puede verse un montón de piedras musgosas que delatan cierta disposición cuadrangular.
Lo más probable es que se trate de los restos de una antigua borda, pero hay empeño en considerar esas piedras vestigios de una capilla medieval de advocación desconocida, perteneciente a la parroquia de Valcarlos, pues el término municipal asciende hasta la cima del alargado monte axial. No se conoce referencia ninguna respecto a la existencia de una fábrica religiosa en ese paraje, casi el más inhóspito de la alta travesía pirenaica, el más sombrío, frío y envuelto en constantes nieblas, y todo aporque el paraje se llama "Elizarra", que así escrito no hay la menor duda que significa "iglesia vieja", referencia toponímica, por otra parte, muy frecuente en Navarra, que casi siempre desvela la existencia de antiguas parroquias de pueblos desaparecidos, pero nunca en las cotas más altas de la montaña. Menos verosímil es que fuera así en este hayedo del Changoa, máxime durante los siglos X y XI en que ni siquiera había en Ibañeta. Con mucha menos razón desde el siglo XII en adelante abierta a las peregrinaciones la ruta valcarlina.
A veces las cosas resultan más sencillas si se admite, como en este caso, que "Elizarra" puede ser corrupción de "lizarra", es decir “fresno”, fitónomo también muy frecuente que pasó a la toponimia rural por la asiduidad con que el ganado visitaba los parajes en que abundaba ese árbol imprescindible en su alimentación, y con los animales acudían los pastores, qque terminaban levantando bordas, que en no pocos casos pasaron a poblaciones con el nombre de "lizarraga" (fresneda). Otro caso idéntico aparece unos kilómetros antes en la ruta intrapirenaica a su paso por Leizar-Atheka, que traducido ya se ha dicho que es “puerta del fresno”, y aunque sin topónimos de esta índole, es fácil toparse con bordas viejas que la imaginación si lo pretende las convierte en ermitas perdidas.
El collado perdido de Itzandorre
Itzandorre es una angustiosa hoya que cierran las moles de Astobizcar, Orzanzurieta y Changoa, puro paisaje intrapirenaico que se puede admirar magníficamente desde el Mendichipi o Mendittipi (1.381). Desde esa perspectiva se entrevé la cara meridional del Changoa, que araña un pedregoso sendero que trepa en dirección al collado Bentartea. Hacia el sur, en todo lo alto, cuelga el arco destensado de Lepoeder sobre el que destaca el cerro Burriaguera. Comienza la última ascensión de los puertos, la más dura, hasta el balcón de Lepoeder. A la izquierda se alza la mole del Orzanzurieta, el monte más elevado de Roncesvalles, siempre al margen de la ruta. A la derecha, Astobizcar, por cuya ladera siguen rodando las blanquecinas cuarcitas silurianas, las piedras más antiguas del Pirineo, cuyo origen está en el mar que anegaba todos estos parajes hace millones de años.
Lepoeder, el puerto más alto
Lepoeder, no hay que dudarlo, simbolizó el primer "monxoi" de las tierras peninsulares. Ibañeta fue también "monte de la alegría" pese a carecer de paisaje hacia la vertiente roncesvaliana. Esa carencia la suplía con la emoción por culminar la ascensión de Valcarlos. La fuerza de estos "monxois" del Pirineo pudo ser igual a la experimentada en el universal "Mons Gaudii", "Montjoie" o "Monte do Gozo" compostelano, localizado en la cima del San Marcos. Hay lugares, sitios, enclaves, que en un tiempo tuvieron un significado, una trascendencia, y que en otro las circunstancias históricas hicieron cambiar de sino. El esplendor de la Colegiata y del hospital de peregrinos hizo enmudecer el collado en el que se gestó el Roncesvalles universal, Ibañeta, y éste a su vez acabó sepultando a Lepoeder, convertido desde el siglo XII en uno de los pasos de montaña más solitarios, exento siquiera de vestigios de monumentos o fábricas religiosas, salvo búnkers de hormigón medio enterrados. Lepoeder aparece en guías y relatos actuales traducido por "collado hermoso", y en verdad nunca nada hubo en ese paraje digno de ese calificativo. Lo es ciertamente el paisaje en la lontananza, pero los peregrinos primigenios eran incapaces de contemplar el mundo desde la perspectiva poético-lírica de un romántico, o desde la nacionalista exacerbada de un Campión o Iturralde y Suit, o desde la histórica-épica de un Sánchez Albornoz o Menéndez Pidal. Ignoraban incluso que en Roncesvalles hubiese acaecido una emboscada en la que pereció Roldán. Asomarse al balcón de Lepoeder era para ellos verse a la salida de lo más arduo del Pirineo, porque éste se consideraba que no concluía hasta las cuencas prepirenaicas de Pamplona y Aoiz-Lumbier, donde ciertamente los contrafuertes separadores de valles se deshacen por entre extensos campos de trigales.
Siempre es arriesgado aventurar significados acerca de términos descriptivos en vascuence antiguo, perdidos conceptos y modos de expresión populares y pasado el esplendor del pastoreo al que tanto deben los distintos elementos de un entorno, pero considerar el topónimo Lepoeder equivalente a "collado hermoso" es ignorar que "lepo" (cuello o collado) no se combina aquí con "eder", sino propiamente con "adar", que alude a arco, cuerno e incluso "bulto", asimilándolo de esta manera al cerro que se alza en el collado al lado de la vía romana, el Burriaguera que corona un búnker, en otro tiempo posible única referencia reseñable para los pastores que contemplaban la silueta del collado desde parajes distantes de la vertiente norte.
De Lepoeder a Ibañeta. La ruta romana
No obstante, hay empeño en desviarla por el hayedo del monte Donsimon que desciende directamente a Roncesvalles. La fiebre por los caminos viejos se acrecentó en los últimos años con el auge de las peregrinaciones a Santiago y los intentos por prestigiar la trastabillada ruta, dotándola de autenticidad y exotismo, de caminos tendidos por paisajes de gran belleza y tupidos bosques, evitando carreteras y entornos fabriles. Al llegar al paso de Lepoeder, la vía romana y el primitivo camino jacobeo, emprendían el descenso de cuatro kilómetros por los lomos del Astobizcar en dirección a Ibañeta, unos 400 metros más bajo, que era paso ineludible, no en vano fue “Summus Pyreneus”.
El camino que va por Donsimon, del que apenas quedan vestigios, se pretende concederle una trascendencia que nunca tuvo. ¿Qué tiene de especial? Que en su día deslumbrase al ilustre Don Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), que visitó los lugares relacionados con la "Canción de Roldán". Estuvo en Lepoeder, probablemente tras ascender por el camino del monte. En el alto determinó sin más que era el lugar de ubicación de la "Crux Caroli", la cruz legendaria que no existió en ninguna parte. También, sobre todo, que en ese collado Roldán partió la roca con la espada "Durandal" y que el escenario de la emboscada coincidía con la subida por el Donsimon. "Lo más probable es que el desastre del 778 ocurriese, no en el camino que va de las estribaciones de Astobizcar al puerto de Ibañeta, sino en la calzada que va de la falda de Astobizcar al lado oriental de Don Simón".
Algunos dan por hecho que es tramo de origen romano. Pudo ser en un principio,. Sus constructores debieron descartarlo enseguida percatándose de los riesgos e inconvenientes que entrañaba la fuerte pendiente para el tránsito de mercancías con carros y animales de tracción. No hay que descartar tampoco que no fuese ni siquiera romano y sí ruta de la artillería del Duque de Alba en 1512, que los azadoneros enviados previamente pudieron acondicionar.1512. Luis Correa, el cronista de aquella expedición a Basse-Navarre, refirió los ímprobos esfuerzos que hubo que vencer en un monte de Roncesvalles, que no menciona, tan empinado que "casi enhiestos caminaban, pues ni añadidas azémilas a cada tiro podían tirar por el gran embargo de lodos venidas las aguas", acaso lluvias torrenciales encauzadas en el camino de la ladera del Donsimon.
El collado de Ibañeta en la historia
Ibañeta al amanecer, cuando aún la vida de los valles permanece dormida, es silencio y recogimiento en cualquier estación del año. Las nieblas de Valcarlos son frecuentes y pertinaces, y aunque las más de las veces se detienen a mitad de puerto, otras rebasan el collado y descienden enredadas entre las hayas, hasta envolver las casas e iglesias del lugar de Roncesvalles, cabecera de la llanada que ensalzó la canción de gesta. En días así, las miles de aves migratorias centroeuropeas que se desplazan hacia el sur peninsular han de permanecer a la espera en los campos franceses. La visita a Ibañeta en la fría mañana puede resultar sublime si uno cree identificar, aquí y allá, las escenas más solemnes de los escritos medievales, que flotan entre auras del legendarismo omnipresente desde el siglo IX a los literatos románticos. Las rachas de aire abren algunos claros por los que se cuela el sol que asoma por el Altobiscar. El invierno se deja notar con intensidad. Las heladas, cuando el viento sopla de norte, congelan las ramas peladas de las hayas, de las que penden cristales brillantes que tintinean al menor movimiento del aire y que acaban desprendiéndose con los primeros rayos del sol. También amanecen escarchadas las cruces que van depositando los peregrinos de los xacobeos, que enmohecidas con la humedad, se ennegrecen y pudren cual la hojarasca de los hayedos, acumulada otoño tras otoño. El prado del collado, que se vence hacia Roncesvalles, es un manto blanquecino en el que crujen las pisadas. Hay mañanas de silencio que permiten oír el paso de los caballos de humeantes lomos que cruzan de un monte a otro...
Ibañeta era el “Summus Pyreneus”, que no era para los romanos el paso más alto, sino el de mayor categoría. Por el hallazgo en el collado de un pedazo de ara votiva, pudo existir un templo dedicado al "Sol Invicto", Mithra, dios supremo que unificó a los demás dioses en el siglo III, con lo cual se trataría de la primera fábrica del collado. Ibañeta para los peregrinos fue sumopuerto de la travesía pirenaica que tanta indecisión y temor tenía que infundir. Nunca se sabrá cuanta gente en el último momento decidió no cruzar los montes y volverse para sus pueblos; muchos porque ni siquiera imaginaban que se encontrarían en la vertiente de Roncesvalles. No tiene nada de extraño que desde un principio hubiese interés en que Ibañeta contase con medios de ayuda y estímulo. Las primeras alusiones al collado proceden de los anales y crónicas francas del siglo IX, que lo calificaban de "iugum", "summitas montis", "vertice montis", "summi montis" y "celso monte", siempre desde la perspectiva de la hondonada valcarlina y pensando en el desencadenamiento de la emboscada desde un lugar elevado. Imágenes de horror y muerte que llevaron consigo los supervivientes y que no tardaron en llegar a oídos de monasterios y cronistas. El paroxismo de las alturas roncesvalianas lo alcanzó el llamado Astrónomo Lemosín (siglo X), capaz de concebir un monte tan alto que "quien lo sube le parece que toca el cielo", y que tres siglos después, con no menos sorpresa, no tuvo ningún reparo en hacer suyo Aymeric Picaud, aunque sin aclarar a qué monte exacto se refería.
Roldán murió en Rencesvals.
El collado Ibañeta
La copia de la “Chanson de Roland” que se conserva en el llamado “Manuscrito de Oxford”, compuesta por 4002 versos agrupados en estrofas, describe la partida carolingia hacia tierras aquitanas y el descalabro de la retaguardia que mandaba el conde Roldán, no en una emboscada sino en una batalla que no hubo nunca. Cuanto acaeció en Roncesvalles se atuvo a los deseos de Turoldus de concebir otros escenarios y otros enemigos, catapultados por la orla legendarista medieval, la imaginación de los juglares y el profundo afán moralizador de los monasterios. La canción de gesta desarrolla las escenas culminantes y más dramáticas con rapidez. Carlomagno llega al Pirineo y detiene la marcha en el collado de Ibañeta. Amanece el día 15 y se dispone a partir. El rey, a la vista de la hondonada de Valcarlos, exclama: “Veed los puertos y los angostos pasajes”. Roldán le responde: “Atravesad los puertos con plena confianza”. La vanguardia se pone en movimiento mientras la retaguardia se reparte entre el collado y la llanada. De pronto alguien anuncia que por la llanada cispirenaica cabalga un ejército sarraceno, que manda Marsilio. Roldán decide que hay que ir al encuentro del enemigo. Se enfrentan los ejércitos y llega la estrepitosa derrota franca por inferioridad numérica. El héroe, herido de gravedad en el último combate, logra abandonar el campo y encaramarse de nuevo al collado de Ibañeta, y desde el cerro que lo corona hace sonar el olifante que avise al rey. La escena se desarrolla en Rencesvals, un monte, mera transposición toponímica del Roncesvalles que se hizo extensible a la llanada hasta la villa de Burguete. Roldán, herido de muerte, “corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante. Siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un abrupto altozano con el rostro vuelto hacia España. Roldán ha muerto”.
Las emboscadas pasaron; la losa del tiempo se echó encima y el ámbito de los puertos y desfiladeros de Roncesvalles se encerró en silencio secular. Pero algo extraordinario aconteció en Galicia: el hallazgo milagroso del Apóstol Santiago que determinó el surgimiento de las peregrinaciones, tímidas, muy tímidas durante los siglos X y XI, cuando la gente entraba entonces por los puertos pirenaicos del Somport en Huesca y de Roncesvalles por la alta vía romana que del alto de Lepoeder descendía a Ibañeta. La primera edificación de que se tiene noticia en Ibañeta se remonta a 1071, que según José María Lacarra se trataría del "primer núcleo documentalmente conocido de lo que había de ser el gran hospital de Roncesvalles y la mención más antigua que encontramos de un santuario en este paso del Pirineo". Aquella fábrica se debe al rey asesinado Sancho Garcés IV, llamado “el de Peñalén”, que reinó de 1054 a 1076, que promovió el “Muy noble y real monasterio de Sancti Salvatoris de Ybenieta” que puso en manos de Fortunio, obispo de Álava entre 1067 y 1087 y abad de San Salvador de Leire, pero que 39 años más tarde, en 1110, habría de pasar al todopoderoso monasterio de Leire, que se hacía cargo “in portu de Auriç unum monasterium quod uocatur Sanctus Salvador”.
La donación era una de las muchas que hicieron a Leyre la infanta Ermesinda y su esposo Fortún Sánchez de Yárnoz, hermana y cuñado del rey asesinado. En 1127 cambian los reyes, cambian los obispos, cambian propósitos e intenciones, y vuelve a refundarse lo que ya existía en Ibañeta. Sancho Larrosa (1124-1142), obispo de Pamplona decide edificar un nuevo hospital a imagen y semejanza del floreciente que existía en el paso de Somport desde hacía 27 años, desde 1110. El acta fundacional precisaba entre la realidad y lo legendario: “Yo, Sancho, pecador… edifico al presente una casa para hospedar a los peregrinos en la cumbre del monte llamado Ronsasvals, junto a la capilla de Carlomagno, famosísimo rey de los francos...” (In vertice montis qui dicitur Ronsasvals). ¿Era aquella fábrica la misma que había alzado Sancho el de Peñalén, o por el contrario se daba a entender que se había construido una nueva en las inmediaciones y se le otorgaba oportunos visos legendarios a la ya existente?
Aymeric Picaud, que pasó a Navarra por esos años, bien pudo ser testigo de excepción y toparse con aquellas edificaciones: bien con las ruinas de una o bien con la nueva que citaba el obispo, pero aquel personaje no hizo más que añadir confusión y más legendarismo, entre otras razones por sus oscuras localizaciones topográficas: “En el descenso del monte se encuentra el hospital y la iglesia de Roldán donde está el peñasco que el poderoso héroe Roldán partió con su espada de arriba abajo y de tres golpes... De tres tajos hendió un peñasco sobre el que se levanta una iglesia tras la cual viene la villa de Roncesvalles”. Mucho se ha debatido al respecto. Se ha dicho que Picaud se refería claramente al “pie de puerto” por lo que la fábrica a la que aludía tenía que estar en el llano, en el lugar del Roncesvalles universal. Pero en verdad en el llano sólo podía haber bosques, vaguadas y vegetación embastecida. Lo único construido y hasta cierto punto habitado estaría en “la villa de Roncesvalles” que citaba, que los conocedores de la historia de Navarra saben que aquel lugar era el Burgo de Roncesvalles, el actual Burguete, cuatro kilómetros más al sur, donde sí existió al poco de pasar Picaud una institución de acogida, en la que hay que detenerse para aclarar la confusión en la que se sigue cayendo. Jamás pudo ver la roca partida genuina, a la que nadie prestaría atención entre tantas desperdigadas por Ibañeta. Si había alguna expuesta a la vista de los caminantes, no debe haber ninguna duda en que tenía que ser idea de los monjes, dispuestos a falsear la realidad con tal de promocionar las peregrinaciones.
En la documentación de Navarra, la más antigua mención corresponde a 1101 como Ronzasvals, en la que se refiere la fundación de un hospital por el conde de Sancho Sánchez de Erro en el centro geográfico de la llanada, la “Ecclesiam et elemosinariam de Ronzasvals” sita en “villam de Ronzasvals”. En un testamento anónimo constaba que el conde de Erro era dueño del “albergariam de Ronçisuallis”. Ronzisualle era la grafía toponímica que citaba el “Codex Calixtinus”. En 1151, por una bula de Eugenio III se tiene noticia de que la iglesia de Ronzisualle pasaba a depender del monasterio oscense de Santa Cristina de Somport. Poca o ninguna trascendencia tuvo aquella institución, tal vez por alejada del pie del puerto. En Ibañeta, el hospital del obispo Larrosa del año 1127, tampoco estaba destinado a perdurar. Las causas para su traslado pudieron estar en la dureza de la vida en el collado, inhóspito entre nevadas, vientos gélidos, nieblas, tormentas, falto de agua y sin posibilidad de cultivar nada, por lo que a los cinco años de su erección se decidió trasladarlo al llano. Iba a nacer el nuevo y definitivo enclave de Roncesvalles, que habría de chocar desde el primer momento con el genuino de la villa del Burgo de Roncesvalles. “Se trasladaron los edificios abaxo, al pie de la sierra” (Juan de Huarte), es decir, “ad radicem maximi montis Pirenei”, matizaba con magnificencia el códice anónimo “La Preciosa”.
Pero aquel nuevo hospital del no hay la menor referencia arquitectónica, ni siquiera su ubicación, iba a ganar fama muy pronto, “favorecido por reyes, nobles, papas, eclesiásticos y gentes” (Jimeno Jurío), que hizo que en sólo dos años, en 1134, fuese dotado con una partida de bienes procedentes del cabildo de la catedral Pamplona. Pero cuál sería su emplazamiento. “La Preciosa” indicaba “ad radicem maximi montis Pirenei”, y “ad” correspondía a “junto a…” o “hacia…” Nadie se atreve a indicar el lugar exacto, aunque se sospecha que pudo ser el solar de cuidado césped frente a la iglesia-colegiata de Santa María, donde hay claros vestigios de arcos fajones de acentuada curvatura, que pudieron sostener una techumbre alta y pesada, y una puerta tapiada, acaso del acceso principal de cara al monte, mucho antes de que se interpusiese la Casa de Beneficiados. Se desconocen medidas y estilo arquitectónico, aunque es factible que fuesen similares a las de Itzandegía, el hospital que pudo sustituirlo en sus funciones. A los dos años de su erección, en 1134, Sancho Larrosa, a ruegos del nuevo rey de Navarra, García Ramírez el Restaurador -que mostró desde el primer momento un gran interés por Roncesvalles-, fue favorable a seguir manteniendo el “sustento del hospital y su misión de hospedar a cuantos peregrinos vengan”. (Ad sustentationem hospitalium huius hospici atque aliquantulam refectionem peregrinorum inde transeuntium”. Se dispuso en 1135 por el obispo y el prior Ponce, y en 1137 por el prior Adeodato, que como los bienes provenían del cabildo de Pamplona, Roncesvalles debía de tener a su cargo una comunidad de canónigos regulares de San Agustín. Al frente del mismo se puso el longevo prior Sancho. En 1137 se confirmaron las donaciones del hospital recurriendo al Papa Inocencio II, que determinó que Roncesvalles quedase bajo su entera protección. “La Preciosa” difundió sus mayores loas: “La casa para todos está abierta la puerta. A enfermos y a sanos. No sólo a católicos, sino a paganos, judíos, herejes y vagabundos. En ella se lavan los pies a los hombres. Se les hace la barba, se les corta los cabellos. Aquí se atiende con mucho cuidado a los que caen enfermos”. Pero la imprecisión, las lagunas, asoman de nuevo en Roncesvalles. Los parabienes del poema podían ir dirigidos tanto a la institución promovida por el obispo como a la del rey Sancho VII que por el siglo XIII habría de alzarse. “Verum strenuissimus vir, Rex navarrorum, construxit ecclesiam hic peregrinorum”, e incluso a la que promovió el rey sucesor Teobaldo I, que es quien precisamente tomó en 1234 al hospital bajo su protección, por la caridad y el buen trato que dispensaba a los peregrinos más pobres. “Attendentes charitatem permaximan que pauperibus et infirmis benigniter exhibetur in hospitali Roscidevallis, sicut fama per orbem predicat universum”.

Ibañeta al cabo del tiempo...
“Los edificios inmediatos a San Salvador irían reduciéndose poco a poco hasta desempeñar oficios subalternos y de mero desahogo”, escribió Campión. Del mismo modo pensaba el canónigo erudito de Bayona, Jean Baptiste Daranatz: “En el siglo XII, Ibañeta estaba deshabitado. No había monasterio, ni monjes ni orden religiosa ni orden militar”. En Ibañeta, tras el desmantelamiento de 1127, debió de quedar al menos una sencilla iglesia que actuaba como refugio de caminantes y de la cual vuelve a hablarse en el siglo XVI. Las referencias escritas nunca dejaron de constatar que en el puerto había algo, aunque posiblemente mucho menos de lo que suponían. Se decía que la diócesis de Bayona comprendía Valcarlos hasta la “ecclesia Sancti Salvatoris Summi Portus”. Otro escrito de 1406 decía que Valcarlos terminaba por el sur en “la iglesia-basílica de Sant Salvador de Yueynieta.” Lo que allí quedó se vino abajo por falta de cuidados. Ibañeta fue siempre lugar inhóspito.
En muy mal estado la había encontrado Martín de Córdoba en 1586, reinando en España Felipe II; un curioso personaje que un día se presenta en Navarra como “el muy ilustre licenciado, visitador y reformador Apostólico y Real”, tras dejar un documentado informe en el que se decía: “Hay una ermita en la cumbre de los Pirineos llamada San Salvador de Ibañeta, la cual parece fue el primer edificio y principio del hospital de Roncesvalles, para recoger allí a los pobres peregrinos que pasaban y pasan, y porque dicha ermita estaba derruida, la hubimos mandado reparar y que se pusiese una campana en ella, la cual mandamos que el ermitaño que en la dicha ermita está y estuviese, taña desde que anochezca hasta una hora de la noche cada día para guía de caminantes y peregrinos que en los dichos montes les anocheciese, lo cual haga en todo tiempo del año". Diminuta campana que hoy está en la espadaña de la iglesia de Santiago.
En buen estado tras la reparación aún estaba un siglo más tarde, en 1673, pues nada malo advirtió Domenico Laffi: "Antes de abandonar la cima de los altos Pirineos, que con tanto esfuerzo habíamos escalado, reposamos en la capilla. En ella vimos una multitud de figuras y esculturas antiguas y algunas inscripciones borradas por el tiempo". Probablemente, sencillas donaciones y muestras de agradecimiento de peregrinos escritas en los muros por las mismas razones que expresó el italiano: "Dar gracias a Dios por habernos conducido sanos y salvos". No fueron en aquella ocasión las severidades del clima las causas de la destrucción de la edificación de Ibañeta, sino la barbarie y el fanatismo humanos que se encargaron de que no llegase al siglo XIX. Las tropas de la Convención Francesa que invadieron Navarra en 1794 las echaron abajo para “desagraviar”, se dijo, la matanza de la retaguardia carolingia al mando de Roldán. En ruinas la encontró entonces el filólogo alemán Wilhelm von Humboldt (1767-1835) en su segundo viaje por las regiones pirenaicas.
Y de nuevo llegó su reconstrucción, a tenor de los comentarios del ilustre arqueólogo e incansable descubridor de monumentos en España, Pedro de Madrazo (1816-1898): “En un rellano existe un edificio de insignificante arquitectura, robustecido con contrafuertes, cuyo campanario claramente denota su carácter de construcción religiosa del siglo XVI.” También por aquellos años pudo admirarla intacta el periodista y escritor catalán Juan Mañé y Flaquer (1823-1901), cuyas formas plasmó en un dibujo a plumilla. No faltó tampoco la descripción insólita de Pascual Madoz (1806-1870), jugando con la ubicación de la capilla entre las dos vertientes principales de aguas: "Las goteras que caen del tejado norte de dicha ermita, unidas con las aguas de las fuentes, siguen su curso por Valcarlos y San Juan (Pie de Puerto) hasta el océano, y las que caen al sur se juntan a la inmediata fuente, origen del río de Roncesvalles, y se dirigen al Mediterráneo". Pero el destino final de la capilla llegó con el incendio que la destruyó en 1881, provocado por unos arrieros que en ella pernoctaban, lo que demuestra que ya por entonces poco o nada quedaba en pie de las peregrinaciones a Santiago. Otros autores como José María Lacarra refieren que el incendio se produjo en 1884 y que lo provocó “una imprudencia de los soldados que formaban un cordón sanitario”, lo cual no parece concordar con lo que anotó en otro momento: “En 1882 no había sido reedificada todavía, pues ‘solamente se hizo un cubierto para los pasajeros, y aun este necesita de reparos continuos por los vientos recios, humedades y nevadas que allí caen’, según dicen en un informe los canteros y carpinteros en el pleito entre Roncesvalles y la Inclusa de Pamplona”. En 1934, tras llevarse a cabo unas excavaciones en la vieja cimentación de la capilla, fueron exhumados varios esqueletos. Aquello fue suficiente para que Radio París anunciase que se trataba de los Pares de Francia muertos en la emboscada. El paroxismo llegó a tal extremo que, según contaba Lacarra, hubo quien fue capaz de identificar "el cráneo de Roldán, por cuya posesión habían de pelear violentamente dos franceses en San Juan de Pie de Puerto". José María Jimeno Jurío refirió que en “la excavación de 1934 aparecieron bajo la cimentación del templo románico docenas de esqueletos de hombres, mujeres y niños.”
Hallazgo de esqueletos en Ibañeta
“Sobre las apasionadas divergencias locales que levantó nuestro propósito, pesó, aplastándolas, una disputa europea ocasionada por un incidente que fue así. En el alto de Ibañeta, al borde mismo de la carretera que baja como un latigazo en el aire hasta Francia, están las ruinas de las ruinas de la que desde el siglo XI se llama en escritos de autenticidad indudable, capilla de Carlomagno y de Roldán. De su primera traza no tenemos vestigio alguno. Un par de medianos grabados nos dicen cómo era antes del incendio de 1885. Ahora solo quedan cuatro paredes derruidas de mampostería menuda sin ningún orrnamento. La planta está dividida en dos mitades por un resto de cimiento transversal. Nunca se habían hecho en ella excavaciones.
El ilustrado canónigo de la colegiata Agapito Martínez Alegría solicitó permiso y ayuda económica para excavar el suelo terreo y pedregoso de la capilla. A pocos golpes de los picos quedaron descubiertos hasta doce esqueletos completos, aunque con los cráneos destrozados los más, en posición de reposo eterno, los brazos cruzados sobre el pecho y orientados en el mismo sentido, sin ninguna separación de piedra o ladrillo o lecho especialmente preparado para cada uno. Los cimientos de las paredes y de la faja transversal citada, montaban sobre algunos de estos esqueletos, es decir que no se trataba de cuerpos depositados en una capillita sino en tierra libre sobre la cual se había edificado. Algunos sillares de la primitiva construcción, que caían sobre los huesos, demostraban la antigüedad del yacimiento. Su orientación no ritual, la ausencia de crucecitas metálicas, etc., rechazan la posibilidad de que se trate de enterramiento de monjes, de lo que tampoco hay mención escrita en los archivos de la colegiata. ¿Por qué haber enterrado una docena de estos en una sesión? ¿Por qué tendrían todos ellos la edad viril que se demuestra por los dientes y suturas óseas de los esqueletos? Comenzaron entonces las peregrinaciones de curiosos y devotos de la «dulce Francia» y los hurtos de «reliquias» que obligaron a poner guardia.” Pero el collado de Ibañeta no podía permanecer sin capilla de San Salvador. Un lugar tan especial requería alguna fábrica, y se construyó la última hasta hoy, que habría de inaugurarse el Año Santo de 1965. “En 1965 sólo quedaba un informe montón de piedras… Se construyó una nueva ermita con una campana exenta que suelen hacer sonar los visitantes en recuerdo de la primitiva que se trasladó a la iglesia de Santiago” (Jaime del Burgo).
Las cruces que clavan los peregrinos
Aymeric Picaud, cuando llegó al collado de Ibañeta, se encontró con que los peregrinos dejaban "clavadas unas cruces, estandartes del Señor, tras hincarse allí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago". Las razones, que no aclara, pudieron tener que ver con una muestra de agradecimiento por haber podido alcanzar sanos y salvos la cima del Pirineo que tanto se temía, la cima del collado de Ibañeta. Otra razón más concreta y particular, a juicio de Jimeno Jurío, pudo tener que ver con el gesto de recuerdo de los soldados carolingios muertos en las dos grandes emboscadas de Valcarlos, lo cual es muy factible. Esa costumbre empezó a revivirse hoy con el auge de los Xacobeos. La gente vuelve a hincar con fervor toscas cruces hechas con ramas y palos, atadas de cualquier modo, incluso con envoltorios plásticos. Las entierran todo lo que pueden con la ayuda de piedras; se aprecia en algunas el impacto de los golpes; otras quedan astilladas…
Suelen verse en ellas mensajes escritos o pintados, deseos, fechas, nombres… Las dejan sobre el lomo abombado y herboso de un búnker enterrado que se halla frente al ábside de la capilla de San Salvador. También en el cerro junto al monolito de Roldán, o al lado de la estela de la Virgen. En el altar exterior de la capilla de San Salvador. Otros optan por ramilletes de flores silvestres y ramas de las hayas. Así, sencillas y humildes, cómo impresiona verlas escarchadas por el viento gélido de Valcarlos esos amaneceres de enero, o pudriéndose día tras día con la humedad de las nieblas, ladeadas por el viento que envía el desfiladero. Las cruces forman ya parte entrañable de Ibañeta.
Descenso de Ibañeta a Roncesvalles.
"Les Porz d'Espaigne".
El barranco de bajada de Ibañeta a Roncesvalles ni siquiera fue aludido por anales y crónicas del siglo IX. Sí en cambio por la Chanson de Roland y la Historia Turpini que ya habían desdoblado los escenarios, uno el ineludible de Valcarlos que culminaba en un lugar cimero (Ibañeta), y otro imaginado, el barranco que fue considerado “Porz d’Espaigne” y que conducía al campo de batalla de la llanada. Roldán, cuando tuvo noticia de que un ejército sarraceno se acercaba al puerto por el sur, monta en su caballo y se dirige con su gente a hacerles frente. Era aquel en definitiva el esfuerzo mayor que tuvo que hacer el autor del poema épico, Turoldus, para sacar a Roldán del escenario verdadero de su muerte (Ibañeta) y situarlo donde él había concebido el desastre carolingio de Roncesvalles, porque como sostenía Menéndez Pidal un ejército de aquella magnitud y tratándose además de Carlomagno, no podía perecer de mala manera en la emboscada de un desfiladero. Necesitaba una batalla como la de Hastings en el sureste de Inglaterra. José María Lacarra plasmó una localización de la emboscada en este barranco, que no es verosímil: "La retaguardia o segunda columna pudo muy bien ser sorprendida por los vascones que descendieran del monte Guirizu hacia la ladera del Arrañosin, aprovechando la espesura del hayedo (opacitas silvarum) de que habla Eginhardo". No se había percatado el historiador estellés que la peligrosidad del Guirizu es realmente pequeña desde la vertiente que baja a Roncesvalles y que el barranco en sí era demasiado pequeño para copar enteramente a un ejército de varios miles de hombres, caballos y pesados carros, que hubieran podido hacerse fuertes saliendo al llano.
La partida del collado hacia el sur suponía el descenso por la primera ladera peninsular del Pirineo axial, la clase de sensaciones que buscaban los peregrinos, ansiosos por dejar atrás la montaña y distinguir enseguida las primeras casas de Roncesvalles. Domenico Laffi lo dejó claro al salir del collado: "Abandonamos la capilla y empezamos a descender como un cuarto de legua hasta que descubrimos el Roncesvalles tan anhelado por nosotros, lo que nos causó tanta mayor alegría cuanto más inesperado, porque estando cubierto de montes y abundantes árboles, cuando creíamos hallarnos muy lejos, nos encontramos encima mismo de sus puertas".
El descenso es rápido y corto por la gran diferencia de las dos vertientes principales. Subir Valcarlos supone unos 20 kms. con un desnivel de 1.000 metros. Descender a Roncesvalles, algo más de dos kilómetros con un desnivel de 112 m. El enclave se halla a 950 m. Monte arriba o monte abajo, el recorrido es un delicioso paseo, único por permitir saborear enteramente un barranco pirenaico con todos sus elementos de vida a pleno rendimiento: regatas que se forman, arroyos torrenciales, misterio y encantamiento de los hayedos, elevadas laderas que hacen pensar en ataques emboscados, caminos con vestigios de antiguos, raíces descarnadas, grutas que desentrañan el macizo paleozoico, figuras zoomorfas entre las hayas... Por una de las dos vertientes en cuña del barranco tuvo que trazarse la vía romana, pero por asombroso que parezca en espacio tan reducido, se ignora por cual. A ratos aparecen vestigios firmes de lo que podría ser trazado antiguo, pero enseguida se pierde entre la hojarasca, la hierba, los hundimientos parciales del terreno, o simplemente bajo el asfalto. Camino íntegro, el único entero del puerto al llano, ancho y herboso, lo hallamos en la ladera izquierda del barranco, que sale directamente al vallecito del Arrañosin a unos cientos de metros del enclave.
Roncesvalles, ese lugar al pie del Pirineo
Roncesvalles es un diminuto lugar de Navarra adosado al Pirineo axial, cual si buscase mayor protección ante las inclemencias que vienen de Francia. Su población tiene un censo de 32 personas repartidas en 14 edificaciones, entre religiosas y particulares. Hace cinco siglos eran ochenta personas y a mediados del s. XIX, noventa que se distribuían en “34 casas que forman dos calles y una plaza” (Pascual Madoz). Roncesvalles, cabecera pirenaica de vertiente mediterránea, limita al N. con Valcarlos, al E. con Aézcoa y al S. y O. con Burguete. Las descripciones de antaño son esclarecedoras acerca de cómo era el lugar. “Está en lo más inaccesible y fragoso del Reyno; en una montaña estéril y desierta, adonde se lleva todo con grande costa y trabajo”, anotó en 1660 el canónigo hospitalero Martín Burges de Elizondo. “Se halla en el extremo norte de la igualísima llanura que corre por cuatro millas de poniente a oriente” (José de Moret) y “al pie del Pirineo a ¼ de leg. de su cima por el S., en la garganta misma y camino de Pamplona a San Juan Pie de Puerto, en medio de una pequeña llanura rodeada de cerros de alguna elevación” (Pascual Madoz)…
Aún no ha amanecido. Roncesvalles duerme. Sólo las farolas permanecen encendidas. Hay silencio y recogimiento. Ya empiezan a verse ventanas iluminadas. Las empinadas techumbres grises de latón se recortan brillantes. Ha llovido durante la noche, hace frío y una suave neblina desciende enredada entre las hayas. Los tonos plomizos del cielo y las piedras mojadas de las calles crean el marco apropiado para ese ámbito deseado y hallado. Roncesvalles se mece entre arrobadoras ensoñaciones de peregrinos que se ponen en camino. La significación del lugar hubo de provocar impresiones románticas de los intelectuales, como Josep Bédier (1864-1938), capaz de ver “praderas, bosquecillos de hermosas hayas, aguas corrientes, en donde los viajeros experimentan el inesperado aspecto, ni grandioso ni salvaje, pero sí sonriente y apacible del paisaje”, o como Arturo Campión (1854-1937), descubridor “del verdor delicadísimo y vivísimo de las hierbas y los árboles, siempre embebidos en rocío.”
Roncesvalles constituye hoy más que nunca un enclave primordial de las peregrinaciones merced al auge que los Xacobeos han infundido a un Camino de Santiago que languidecía desde el siglo XVII. No sólo siguen aumentando los caminantes que parten hacia Santiago desde el recinto navarro, sino que cada vez son más los que lo hacen desde St-Jean-Pied-de-Port al otro lado del Pirineo. Pero Roncesvalles representa mucho más que un enclave de iglesias, mausoleos reales y hospitales de peregrinos de tradición legendaria; mucho más incluso que un ámbito de magnas evocaciones carolingias y muertes trascendentes en defensa de la cristiandad. Roncesvalles es sobre todo paisaje entreverado de arrobadoras ensoñaciones, cuales las que se derivan del Astrónomo Lemosín en el siglo IX y de Aymeric Picaud en el siglo XII, acerca de cierto monte cuya "altura es tanta que parece que toca el cielo". Cuántos, desde escritores románticos a eruditos, buscaron en vano ese monte por las alturas de Bentartea, Astobiscar y Úrculu, sin percatarse de que aquélla no era una estimación topográfica, sino la consecuencia de la permanente legendarización urdida por los peregrinos en torno al collado Ibañeta -otrora, "Mons Rencesvals"-, que encarnaba el fin de las penurias e incertidumbres ante la vacuidad de un destino que se vislumbraba lejano y oscuro hasta ese instante.
Capilla y cripta del Sancti Spiritus (s. XII)
Está considerada la fábrica más misteriosa de Roncesvalles por su cometido funerario. También es la más antigua, del siglo XII. Su aura de enigma y misterio surgió por primera vez en el poema “La Preciosa”: “Como dicho templo se halla destinado a recibir muertos, carnario es llamado. Que legiones de ángeles lo hayan visitado, por dichos de muchos resulta probado”. “Tiene una bella cúpula en pirámide que lleva en lo alto una hermosa cruz”, había anotado el peregrino boloñés Domenico Laffi a su paso por Roncesvalles en 1670. La estructura debía de ser muy parecida a la actual. La techumbre a cuatro aguas se cubre con lajas calizas escamadas, que le confieren un recio aspecto. No hace tantos años eran tejas. Otra cubierta menor de idénticas características, que coincide con las proporciones originales de la capilla, acaba en una pequeña cruz florenzada sobre base cónica truncada.
En esa capilla exenta se oficiaban misas por los peregrinos fallecidos en el hospital, y posteriormente eran arrojados sus restos al osario de la parte inferior, enmarcado por cuatro toscos muros de mampostería, cuyo perímetro rondaría los 10 x 10metros, que se cubrió con una bóveda achatada que sobresale al exterior casi dos metros. Un ventanal cuadrado abierto en uno de los muros permite distinguir apenas el fondo oscuro del recinto funerario. La bóveda acabó rodeada de cuatro gruesos pilares, en los que se apoyan los arcos que dieron lugar a la capilla exenta, cuadrada de 10 x 10 m. Hacia 1612 se decidió enmarcar el conjunto bajo un claustro de 22 arcos de piedra de medio punto, enrejados y amurados hasta su mitad, ocho por la parte frontal –dos de ellos de acceso- y siete por los lados, siendo el trasero, ciego. Hubo un tiempo en que esos arcos estaban cerrados a cal y canto, como recordaba Lacarra: “Una arquería ciega rodea la capilla, desfigurando el conjunto”.
Excepto en la entrada, los otros tres pasillos del recinto se caracterizan por la presencia de grandes losas grisáceas, idénticas, alineadas unas con otras, y adosadas a los muros, con un rosario de estelas discoidales simples en arenisca con la cruz de Roncesvalles. Son tumbas de priores, canónigos y beneficiados fallecidos a lo largo del siglo XX, tal y como indica el obituario del muro posterior. No hay día en que no falte algún ramo de flores arrojado por entre las rejas. Siempre hay alguien que se acuerda de los muertos por el hecho de ser muertos. No fue, como erróneamente se cree, cementerio. Martín Burges de Elizondo, canónigo hospitalero en 1660, indicaba claramente que la gente era enterrada primero: “Y si algunos mueren en este Hospital, los entierra el canónigo que tiene la dignidad de la Enfermería.” Se ignora si alguna vez la capilla fue recinto cerrado intramuros. Su cometido y relación con lo jacobeo no ofrece ninguna sombra; fue una realidad. El misterio arranca del tiempo anterior al siglo XII, es decir, a los ecos de las emboscadas a los ejércitos de Roldán y de los condes Eblo y Aznar. No puede negarse que aquellos sucesos provocaron muchos muertos, y la misma canción de gesta admitía la posibilidad de enterramientos de combatientes en pleno campo de batalla, que sería lo propio sin tiempo ni medios para trasladar a tanta gente a sus lejanos pueblos de origen. Los versos 2943 y 2994 lo indicaban : “Tuz lur amis qu’il unt morz truvet/Ad un carner sempres les unt portet”
“Carlomagno puede que mandase construir un sepulcro para los héroes de aquella jornada”, anotó Lacarra. Es natural que remontase el vuelo la leyenda, azuzada desde Roncesvalles por priores y clérigos de la colegiata. El subprior Huarte había escrito: “Aquí hay un gran silo, cueva o carnario, que se llama sepultura de franceses, porque en ella fueron enterrados los cristianos.” Un inventario de la colegiata indicaba a mediados del siglo XVI: “La iglesia del Sancti Spiritus es una capilla subterránea donde se dice que están enterrados los doce pares y la gente de guerra que con ellos murieron”. A más llegó un siglo después el jesuita pamplonés José de Moret al afirmar que en la cripta habían sido vistos “huesos humanos y muy frecuentemente de desmedida grandeza y corpulencia germánica, de que no pocos se llevan de vuelta los peregrinos franceses. El cabildo despidió a un sacristán que los vendió a un peso de onza de plata cada hueso de los grandes”. Estos escritos determinaron que alguien tuviera la feliz ocurrencia de llamar “Silo de Carlomagno” al osario bajo la capilla.
Mucho se ha escrito acerca de si el Sancti Spiritus correspondía a la cita expresa y rotunda de Aymeric Picaud. “En el descenso del monte se encuentra el hospital y la iglesia de Roldán donde está el peñasco que el poderoso héroe partió con su espada de arriba abajo y de tres golpes…” El Sancti Spiritus debió de construirse treinta o cincuenta años después del paso del ilustre peregrino. Doménico Laffi, poderosamente impresionado por Picaud, sería aún más contundente en sus apreciaciones: “Hay una pequeña capilla que mandó levantar Carlomagno después de la muerte de Roldán y demás paladines. Tiene forma de cuadrado perfecto y no es muy alta. Está situada en el mismo lugar en que Roldán se arrodilló después de la segunda batalla. Roldán se puso de hinojos, y vuelto hacia Roncesvalles lloró por su gente. Dicen que ahí están sepultados con él sus paladines. Al pie de la puerta donde se abre la sepultura está la roca que hendió cerca de una fuente. No nos cansábamos de mirarla”.
Iglesia de Santiago o de los Peregrinos (s. XIII)
Contigua al Sancti Spiritus, a poco más de un metro, se halla otra de las edificaciones más notorias de Roncesvalles, la Iglesia de Santiago, de estilo gótico primitivo, primera y más antigua en España bajo la advocación del Apóstol. Nada relevante se dijo nunca de esta edificación en relatos de peregrinos y viajeros. No la mencionaron tampoco ni Aimeric Picaud ni “La Preciosa”, lo que parece indicar que no es fábrica anterior al siglo XIII. “Debió de construirse poco después de 1215”, escribió José Mª Lacarra, es decir, poco después de la batalla de las Navas de Tolosa, lo que ha hecho suponer que podía tratarse de la obra primigenia del rey Sancho VII el Fuerte, antes de que se decidiese por la iglesia de Santa María. Era de ese parecer Tomás Biurrun (1936), notable historiador del arte románico: “La capilla construida por Sancho el Fuerte es precisamente la capilla de Santiago, y la iglesia de la colegiata es bastante posterior.” Lo que es muy factible es que se tratase de la única iglesia a la que tenían acceso los peregrinos y lugareños, habiéndoseles prohibido quizá acudir a la iglesia de Santa María, reservada para fines y personas de mayor rango. Desde el siglo XVII fue parroquia de Roncesvalles, hasta su cierre definitivo.
La iglesia de Santiago es el edificio medieval mejor conservado de Roncesvalles”, apunta Lacarra, y ese buen estado se debe a la oportuna reparación de comienzos del siglo XX que llevó a cabo el arquitecto Florencio de Ansoleaga, que la halló casi en ruinas. Idea suya fue abrir el rosetón del hastial con la cruz de Roncesvalles en medio y remodelar la tosca espadaña para colocar en ella una pequeña campana; la legendaria campana de San Salvador de Ibañeta que ahí permanece enmudecida, agarrotada y soldada por la herrumbre. Campana que desde el siglo XVI orientaba desde el collado a los peregrinos atrapados entre las nieblas de Valcarlos o en medio de la noche. Tanta fue su fama que llegó a decirse que era la más escuchada de Europa. La iglesia está orientada a occidente y alineada a la izquierda de la calle única. Es de planta casi cuadrada (10 x 9), consta de dos tramos, y sus muros se apoyan en dos contrafuertes externos. La bóveda es de crucería y la cabecera, recta, por donde entra la luz del amanecer por un alargado ventanal ojival. El pórtico tiene tres arquivoltas sobre columnas rematadas en capiteles vegetales. En se distingue apenas un crismón trinitario. Cerrada a cal y canto, el visitante se contenta con asomarse a los ventanucos enrejados de la puerta. Apenas se distingue nada del interior; sólo la escasa luz del ventanal el muro permite apreciar una silueta, la del Apóstol sobre un pedestal -réplica del Santiago Beltza de Puente la Reina-, que hay momentos que parece recordar la gran figura de un rey Sancho VII que acaba de erguirse. La imagen apostólica ya se conocía en un inventario de 1585 de la colegiata: “Tiene un altar con su retablo nuevo, en el que hay una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús, en lo alto una imaxen de Santiago y a los lados, imaxinería de pincel nuevo.”
Iglesia de Santa María,
costeada por Sancho VII el Fuerte
En 1132, según desveló el poema “La Preciosa”, el desmantelado hospital de Ibañeta empezó a erigirse al pie del puerto. Se trataba de un hospital, un recinto expresamente dedicado a la atención y cuidado de los peregrinos. No era una iglesia, que no obstante tuvo que erigirse a la vez. Fábrica románica sin la menor duda, también bajo la advocación de Santa María, que no podía estar muy apartada, probablemente donde hoy se alza la colegiata. Si nada se supo del hospital, menos aún de aquella iglesia que en 1137 una bula de Inocencio II denominaba “Ecclesiam Sancte Marie Casa Dei de Runzasvals”. Estas diferenciaciones conviene tenerlas muy claras, a riesgo de caer en anacronismos y otros desvaríos. Aquel modesto recinto religioso, dependiente del hospital, no debió de permanecer en pie más de 62 años. Probablemente hasta 1194, año en que empezó a construirse sobre sus cimientos la nueva de Santa María por iniciativa real de Sancho, cuyas obras duraron 21 años, hasta 1215, como requería la calidad del templo, que poco después, en 1219, era consagrado, casi seguro sin la presencia del rey, enclaustrado los últimos veinte años de su vida en su castillo de Tudela. Juan de Huarte había fijado su construcción en 1208, cuatro años antes de la batalla de la decisiva batalla de las Navas de Tolosa contra el poder almohade en Al-Ándalus.
“El plano de la colegiata es una réplica del coro de Notre-Dame de París. Su crucería de ojivas se inspira en las de las iglesias de la Isla de Francia de los años 1170-1180, lo cual pone de manifiesto su relación arquitectónica con el país vecino en los tiempos de mayor auge”, escribió el profesor de filología románica húngaro Istvan Frank (1918-1955). Pero el templo fue objeto de un interminable rosario de reformas e innovaciones que no cesaron hasta tiempos recientes. Surgieron con el voraz incendio de 1445, que afectó también a las edificaciones circundantes. Otras fuentes indican que destruyó casi todo Roncesvalles. “Los efectos han podido apreciarse en la calcinación de los muros, especialmente en las bóvedas y en el triforio” (Lacarra). Hubo otros incendios en 1468, en 1626 y en 1794.La fachada, que fue reconstruida casi enteramente en 1940, es asimétrica por el torreón del siglo XIV, que quedó perfectamente ensamblado. Está orientada a occidente, alineada a la izquierda de la calle principal, según el trazado primigenio que ha de coincidir forzosamente con el de la antigua vía romana y de peregrinos. “El tímpano no es auténtico. Representa a la Virgen con el Niño en su regazo, flanqueada por dos ángeles arrodillados que sostienen estructuras arquitectónicas” (Del Burgo). En el hastial destaca por su tamaño un rosetón, producto de las reformas de 1940, que a juicio de dicha investigadora “parece ser que formaba parte de la antigua construcción”. Se accede al templo descendiendo cinco peldaños. El recinto es de tres naves; la central duplica a las laterales en anchura y altura. Las medidas que da ella son de 24,90 metros de longitud por 17,60 de ancho. 8,25 la nave mayor, cuya altura es de 15,50 metros. Consta de dos bóvedas de crucería con seis arcos fajones cada una, que se reparten en nueve columnas redondas de capiteles sencillos que alternan el grosor; cinco por el lado derecho y cuatro por el izquierdo, ya que la columna más cercana a la entrada hubo de eliminarse para sustituirla por un grueso contrafuerte rectangular del torreón exterior. La tercera bóveda, que corresponde al ábside de la cabecera, es pentagonal con alargadas vidrieras que introducen la luz de los amaneceres. “
La cabecera presenta una serie de grandes ventanales góticos, decorados con vidrieras modernas construidas en Munich en la década de 1940” (Miranda-Ramírez). Las columnas se enlazan mediante arcos ojivales sobre los que descansa un bello triforio de diez elementos, compuesto por cuatro arcos cada uno, cinco por cada lado, sobre los cuales se alzan diez amplios rosetones sostenidos por contrafuertes arqueados, que en su día proporcionaban la luz principal de la iglesia y que al quedar toda la estructura genuina enclaustrada bajo una moderna cubierta de vigas de madera y techumbre de cinc (1940), la poca luz que dejan ver las vidrieras es de potentes focos eléctricos.
La tumba del rey Sancho VII en la Capilla de San Agustín

Sancho descubrió los pasos pirenaicos siendo infante de Navarra, entre los años 1192 y 1194, en que cruza a tierras aquitanas para defender los dominios de su cuñado Ricardo I Corazón de León, rey en Inglaterra y Duque en Aquitania y Poitiers. Ricardo, al regreso de la Tercera Cruzada, no llegó a poner los pies en el sur de Francia al ser capturado y encerrado en un castillo centroeuropeo de su enemigo Leopoldo V de Austria. Las circunstancias llevaron a Sancho a defender las tierras norpirenaicas del acoso de algunos nobles ambiciosos que querían aprovecharse de la ausencia del rey inglés. Sancho se vio a la sazón combatiendo a las órdenes de Eleanor de Aquitania (1122-1204), que fue reina primero de Francia y luego de Inglaterra. No hay que descartar tampoco que el interés de Sancho por Roncesvalles tuviese que ver con una promesa a la Virgen Patrona, como siglos atrás hizo Sancho Garcés I con la de Irache cuando el asalto al castillo musulmán de Monjardín, en prueba de agradecimiento, quien sabe si por la victoria sobre los almohades. Fervor que demostró no sólo con la edificación de un templo, sino también con la manutención del hospital y el deseo expreso finalmente de ser enterrado en Roncesvalles, para lo cual habría ordenado esculpir su estatua yacente, considerada retrato genuino, y la construcción de un lujoso mausoleo para él y su esposa Clemencia. Nada impide admitir, sin embargo, que tanto sepultura y enterramiento dependiesen de su sobrino francés, que con el nombre de Teobaldo I reinó en Navarra a su muerte. Hay constancia de que Teobaldo emprendió el accidentado traslado de los restos de Sancho desde San Nicolás de Tudela al Pirineo. Los hechos son sorprendentes. Merecen un poco de atención. Sancho fallece el 7 abril de 1234 en su castillo de Tudela, donde es embalsamado. Un mes después entra en Navarra por Roncesvalles, Teobaldo, hijo de Blanca y del conde Thibaut de Champagne y de Brie, que es ungido rey. El primer acto fue disponerlo todo para el traslado regio, pero no resulto posible. Las rivalidades entre diócesis y monasterios -probablemente motivadas por la cuantiosa herencia que dejaba el rey muerto-, enrarecieron la situación de tal manera que hubo de intervenir el obispo de Pamplona, Pedro Remírez de Piérola, que amenazó con excomulgar a quien intentara tocar los restos del rey, enterrado provisionalmente en la iglesia de San Nicolás de Tudela. Allí habría de permanecer 4 años mientras no concluyeron los litigios, lo que habría de suceder en 1238, año del fallecimiento del obispo, que es cuando el Papa Gregorio IX se atreve a levantar penas y castigos, ordenando además el traslado inmediato del rey Sancho a Roncesvalles, lo que procede a llevar a cabo el rey.
El sepulcro debió de ser de factura espléndida, “decorado con ángeles, religiosos, guerreros, escudos, relieves de batallas...” La tumba la remataba la estatua yacente, la gótica efigie de Sancho que Campo considerada su auténtico retrato. El conjunto se expuso aquel año mismo año 1238 en lugar preferente de Santa María de Roncesvalles, donde habría de permanecer casi 500 años, hasta 1622 en que se determina que porque había sufrido serios desperfectos, ya fuera por humedades, robos, invasiones e incendios, debía ser desechado, procediéndose entonces a la construcción de una nueva sepultura antes de que concluyera aquel año, la cual fue empotrada en un nicho arqueado de 2,50 metros de alto en un muro lateral. José María Lacarra anotó: “Hoy, este sepulcro, con las restauraciones que se llevaron a cabo en la iglesia, ha sido desmontado también.”
Fue testigo del traslado de 1622 el subprior Juan de Huarte, que porque era persona cuidadosa con las cosas del lugar dejó las pertinentes anotaciones en un libro manuscrito titulado “Apología a favor del Cabildo de Roncesvalles”. Pero el libro, que no fue archivado entonces, terminó extraviándose, y como consecuencia nadie supo que había sido del sepulcro y de la estatua yacente, hasta el año 1890 en que el manuscrito es descubierto casualmente en una reordenación de la biblioteca de Roncesvalles. Se llevan a cabo las oportunas excavaciones en la iglesia y se descubre que el sepulcro del rey y de su esposa Clemencia no estaban, pero sí la estatua. “Las tres primeras horas de búsqueda fueron infructuosas y no se obtuvo ningún resultado cavando y levantando la tierra, hasta que al fin al toque de campana se difundió la noticia de su hallazgo” (Luis Campo). A comienzos del año siguiente fue trasladada y dispuesta en la nueva tumba de San Agustín, pero la definitiva no vendría hasta 1912, el año en el que se conmemoraba el séptimo centenario de las Navas. Nunca pudo contar el rey con mejor lugar para descansar, la capilla de San Agustín, Sala Capitular hasta comienzos del siglo XVII, recinto gótico construido durante el mandato del prior Juan García Ibáñez de Viguria, entre 1330 y 1340, y restaurado por Fermín Ansoleaga en tiempos del prior Nicolás Polit (1887-1906), según la investigadora María Antonia del Burgo. Es de planta cuadrangular y bóveda de arcos estrellados situada a 25 metros de altura.

La sala principal se comunica con otra pequeña enrejada a la que se accede subiendo cinco peldaños, en la que se guarda el sepulcro de García Ibáñez. El gran ventanal ojival del muro meridional lo ocupa la gran vidriera realizada en 1906 por el francés José Maumejean, que habría de sembrar con sus trabajos cientos de monumentos religiosos y civiles de España y que representa como es sabido escenas recreadas de la batalla de las Navas. Luis Campo afirmó: “Su talla gigantesca y la gordura desmesurada que presentó pueden orientar hacia una patología hipofisaria del monarca navarro. La tradición recoge, y sigue testificada por modernas investigaciones, que las dimensiones de la estatua sepulcral de Roncesvalles son reproducción fidedigna de las características corporales de Sancho. Se trata, pues, de una escultura funeraria en relieve, dispuesta en forma de efigie, que considero su auténtica figura que cifro en un valor máximo de 2,22 metros.” Tales deducciones partían de lo que había constatado en 1622 el subprior Huarte, que siendo testigo ocular de los restos del rey, dejó constancia de las medidas del fémur. “Tres xemes y dos dedos de largo”. El seme o jeme, según Campo, era una medida que equivalía a la distancia entre la extremidad del pulgar y el índice abierto de una misma mano, que con relación al sistema métrico decimal cifra exactamente en 13 centímetros y 9 milímetros, con lo cual el fémur mediría 62, 28 cms.La descripción anatómica de la figura pétrea del rey es insuperable por la agudeza de las observaciones.
El Albergue Itzandeguia,
enigma de Roncesvalles (s. XIII)
A unos cien metros de la capilla del Sancti Spiritus, al borde de una pequeña hondonada de verdes pastizales, se halla otra edificación envuelta en misterio. Domenico Laffi había escrito que la capilla funeraria del Sancti Spiritus estaba muy cerca del hospital de peregrinos. La situaba a occidente, lo que parece coincidir con el emplazamiento de Itzandegía. “Es un gran y bello hospital en el que los peregrinos pueden permanecer tres días. Pueden comer y dormir, y los tratan muy bien”. El edificio es una casona de piedra de 32 x 12 metros. Consta de nave única de seis tramos, cuya techumbre sostienen cinco arcos apuntados que descansan sobre los muros, que a su vez se apoyan en diez contrafuertes, cinco por cada lado. Tiene dos accesos, uno mayor, ancho como para el paso de carros, vuelto de espaldas a Roncesvalles, alzado casi un metro sobre el suelo, desnivel que no existiría hasta tanto no fue edificada la casa casi adosada. La otra puerta, menor, en el lateral derecho, permite el paso a la única planta, que en otro tiempo debió de contar con otra superior. Es edificio ciego, salvo la escasa luz que dejan pasar seis aspilleras, verticales y estrechas, en lo alto del muro que da al mediodía.
Itzandegía se cree que es obra gótica del siglo XIII, reestructurada en los dos siguientes, acaso por deterioro prematuro, ampliación o capricho de priores, obispos o reyes. El arqueólogo Pedro de Madrazo (1816-1898) fue más lejos al suponer que su origen era anterior a la iglesia de Santiago y a la misma capilla-cripta del Sancti Spiritus, pero parece claro que confundía esa edificación con el hospital del obispo Sancho Larrosa, que efectivamente es anterior a todos. La casona se conoce hoy por Itzandegía, expresión que algunos diccionarios euskéricos constatan con el significado de “lugar de bueyes”, pero obvio es admitir que no es expresión apropiada para un enclave jacobeo, salvo que el origen sea reciente y se relacione además con las tareas propias del Roncesvalles rural que también existe. “Sus características concuerdan bien con la función de un albergue. Quizás fue de siempre el dormitorio de los criados”, suponían con escasa convicción los profesores Miranda y Ramírez. No hay que descartarlo, aunque es altamente improbable por la propia calidad de la edificación. Pese a que la incógnita se cierne sobre la recia casona, hay motivos para creer que en efecto se trata de un hospital de peregrinos, una vez desmantelado el primigenio de 1132, que si se llevó a lugar más apartado bien pudo deberse a los inconvenientes que acarreaba el trasiego constante de peregrinos, el acre hedor que despedían, según la dura expresión del medievalista Américo Castro.
La Cruz de los Peregrinos

La Cruz de los Peregrinos es la más fotografiada del Camino de Santiago. Se halla a las afueras de Roncesvalles, a un lado de la carretera de Burguete, enmarcada entre hayas corpulentas y casi siempre en penumbra. Fue conocida también por “cruz vieja” porque desde 1321 debió de señalizar el límite meridional de Roncesvalles. Donde hoy está se debe a un prior de la colegiata, Francisco Polit (1866-1887). Cruz de término que nada indica que haya que relacionar con cruces carolingias o rolandianas, como reflejan algunas guías jacobeas, basándose en que en 1794 sufrió las iras de las tropas invasoras de la Convención Francesa por considerarla hito conmemorativo del descalabro de la retaguardia franca en el 778. “Hemos vengado una injuria de hace mucho tiempo a la nación francesa”, habían constatado en un informe. Pocos años antes, en 1748, la encontró entera el peregrino bearnés Jean Bonnecaze de Pardies, que impresionado por el halo que caracteriza el entorno de Roncesvalles, se aprestó a rezar “una oración por los cristianos muertos en lugar tan memorable”. El monumento lo constituye una cruz florenzada, florida o toscana, con rosetones radiales esculpidos en cada brazo, y en medio de ellos, la figura esculpida del Crucificado; debajo, la Virgen sedente con el Niño, una inscripción en la que se lee: “Esta obra fizo fazer donna Pía de Yaurrieta”, y dos retratos muy borrosos, que algunos suponen que corresponden a los del rey Sancho VII y a su esposa Clemencia y otros, a la mujer de la inscripción y a su esposo, enterrados en Roncesvalles.
La gran roca en honor de la victoria vascona
En un extremo de los jardines que enmarcan la Casa Prioral puede admirarse el más reciente de los monumentos roncesvalianos, un gran peñasco calizo de varias toneladas de la sierra de Urbasa, según Pierre Narbaitz, traído en 1978 con motivo del duodécimo centenario de la victoria vascona sobre los francos. Dos placas de bronce aclaran los motivos del acontecimiento. Una representa el duelo a caballo entre Roldán y Ferragut, el pagano que moraba en tierras de Nájera, cuyas andanzas fantásticas relató el Pseudo Turpín, y que es réplica de la misma escena esculpida en un capitel del antiguo palacio de los reyes de Navarra en Estella. Hay otras representaciones menos conocidas en Navarrete y Ochánduri, en La Rioja, y aun en la catedral de Angulema. La otra lleva una inscripción en latín: "Vascones in summi montis vertice surgentes", que corresponde a una cita entresacada de los relatos carolingios del siglo IX, que alude al levantamiento de aquella gente en Ibañeta e inmediaciones. El peñasco, por lo demás, es una alegoría de la cultura litológica, tan arraigada en Navarra, Basse Navarre y Vascongadas, que perdura en términos tan antiguos como “aitz” y “harri” -peñasco y piedra-, tan abundantes en toponimia, en aperos y herramientas, y en los dólmenes y cromlechs que construían los pastores neolíticos. No debía haberse recurrido a la caliza, sino a los esquistos devónicos del macizo de Roncesvalles.El Hospital Nuevo (1802)
La Plaza Nueva es un recoleto rincón de Roncesvalles. A principios del s. XIX (1802), el arquitecto José Poudez levantó el Hospital Nuevo, parte del cual (foto izq) quedó destinado a viviendas particulares. Un pasadizo permite el acceso al vallecito de Arrañosin, hoy principal vía xacobea.
Casa de Beneficiados (1725)
Edificio construido a principios del siglo XVIII (1725) para cobijar al clero que se ocupaba de la atención de la colegiata -los beneficiados-, que tenían categoría inferior a los canónigos. La casona de tres pisos y ventanales idénticos es perpendicular a la fachada de la iglesia de Sta. María. En el portal neoclásico se lee: “Lorda me fecit”, y una fecha, 1725.
Casa de La Posada
La Posada es casa antigua. Es la primera edificación que se encuentra de frente quien llegue a Roncesvalles desde Pamplona. Fue mandada reparar en 1590 por el visitador Martín de Córdoba. Su cometido fue hospedar a los viajeros que no tenían derecho a asistencia en el hospital por su actividad profesional o condición social, como comerciantes, militares, etc. Hoy día sigue ejerciendo su labor de hospedaje y restaurante a pleno rendimiento, pues no hay día que no esté rodeada de gentes de paso.
Estela de la Virgen de Roncesvalles de Ibañeta,
gemela de la existente en el Alto de Mezquíriz
Cerca de las cruces que hincan los peregrinos sobre el lomo de un búnker enterrado, se halla la estela en piedra de la Virgen Patrona de Roncesvalles, vuelta hacia poniente, rodeada de ramos de flores silvestres, que es idéntica a la del alto de Mezquíriz, al término de la llanada. La de Ibañeta tiene la particularidad de estar ubicada en la confluencia exacta del cuadrivio que forman cuatro caminos milenarios: el que sube de Valcarlos, el que desciende a Roncesvalles, la vía romana de Lepoeder y el Gabarbide o Palomeras que se dirige a los pastizales de Quinto Real por la ladera del Guirizu, cuya importancia puede estar en haber sido uno de los parajes elegido por los vascones para atacar a la retaguardia de Roldán y para huir apresuradamente del lugar.Monumento a Roldán en el cerro de Ibañeta

El cerro lo corona un peñasco de granito de dos metros que descansa sobre dos gradas. Fue erigido en 1967 en recuerdo de Roldán, cuyo nombre figura en bajorrelieve. No se tendría que haber elegido el granito, que es ajeno a la cultura navarra, sino lo propio del macizo paleozoico de Roncesvalles: un esquisto de la cantera abandonada del vallecito de Arrañosin, por donde el camino de acceso a Ibañeta y al barranco Otezulu a los pies del Astobiscar. Con anterioridad existió un arco de sillares en recuerdo de la canción de gesta, de la que pendía la Campana de la Paz, hoy en el conjunto de la nueva capilla de San Salvador. "Una campana exenta que suelen hacer sonar los visitantes en recuerdo de la primitiva" (Jaime del Burgo). Todavía pueden verse semienterrados los restos del monumento que tumbó el fuerte viento del desfiladero. Jaime del Burgo, su artífice, lo explicaba: "En un montículo frontero se erigió un monumento a Roldán. Es un monolito granítico con la reproducción de la espada Durendal y las mazas del héroe carolingio."
